22/03/2026
DÍA INTERNACIONAL DEL AGUA 22 DE MARZO
En Torrico, el agua ha trazado durante siglos un mapa hecho de arroyos, fuentes, vertientes, valles, vegas y pozos que sostuvieron la vida y la memoria de nuestro pueblo. Cada nombre guarda una historia y al pronunciarlos parece que el paisaje entero despierta.
Cuando llegan las lluvias, el arroyo de la Ballesta y el de Corralejo se llenan de rumor y recorren nuestras tierras, el arroyo de Cabeza Rulla o el de La Chorrera bajando alegres y refrescando los campos. El de la Dehesa, el del Estanque, el del Galillo, el de la Huerta, el de Juan Merín, el de Lancharejo, el de las Lomas, el de las Matanzas y el de la Media Legua, dibujando surcos que solo los ojos hechos al campo saben seguir. Y nos acordamos del arroyo que va a los Molinos, que recuerda jornadas de harina y pan, el del Oso, el del Pilón, el del Pradejón y el de la Pradera o del Cubo, sin olvidarnos del de la Fuente de la Serrana, del Reguerillo, el del Tuerto, el del Venero del Azogue, el del Prado, el de los Frailes, que discurre cercano a Bienvenida, y así todos van tejiendo Torrico con sus contornos.
Las fuentes y pilones salpican el término como estrellas de agua clara. La del Mojón del Corchito, la de la Canaleja, la de Piedra o la de la Serrana, lugares de paso obligado, donde las caballerías bebían y las gentes llenaban los cántaros. La fuente de Tarrarra y la Fuentezuela ofrecían su frescor en los días de verano, mientras las fuentes de Malavado y las de los Pilones guardaban su secreto entre cultivos, pastos y veredas. Y qué decir de El Caño, el Pilón de las Ranas o el Pilar, abrevaderos recios, hechos en piedra granítica, verdadera belleza en el paisaje. En torno a ellos se hablaba del tiempo, de la cosecha, de la familia, y no pocas veces, también de sueños y preocupaciones que el agua parecía escuchar en silencio.
Las vertientes de Valdepalacios, de Galalón, de la Pileta de la Zorra, de Cabeza Rulla y de los Baldíos recogen con paciencia cada gota de lluvia que se filtra entre las tierras, alimentando manantiales y pequeñas corrientes. Lugares donde el suelo rezuma humedad incluso en días secos, recordando que, bajo la superficie, el agua sigue viva. Los valles del Vilano, de la Chorrera y de la Hondonada encauzan estos hilos de agua y los convierten en refugio de sombra y verdor. En la Hondonada, antaño, muchos pozos en pequeñas parcelas privadas servían para lavar la ropa; allí se mezclaban el jabón, las risas, las confidencias y el chapoteo, mientras las manos trabajaban en el agua fría.
La Vega de la Matanza se extiende como un tapiz fértil donde el agua ha ido dejando, su huella de barro y vida. El Baño de la Culebra conserva un nombre que invita a imaginar antiguas anécdotas, quizá algún susto entre risas nerviosas, mientras el sol caía sobre las jaras y encinas.
Los pozos públicos, durante generaciones siendo el corazón del abastecimiento diario, esos que han visto subir y bajar cubos con esfuerzo. El de Boceza, el del Melchor, el pozo Nuevo, el de la Serrana, el de la Cuesta Joachín, el de la Ballesta. El pozo de los Mu***os, el de los Mozos y los del Concejo, de usos comunales, mientras el pozo de la Hondonada, con forma de noria, recuerda los viejos ingenios para elevar el agua. El Pozón, el de la Fuentezuela, el del Pilar y el pozo de la Fuente de la Canaleja que completan este rosario de brocales que marcan el paisaje humano de Torrico. Muchos de nosotros aún recordamos el pozo y las distintas fuentes que hubo en la Plaza y el pozo del Charcón, hoy cenagados, pero vivos en la memoria de quienes crecimos viéndolos y oyendo el eco de los cubos en su interior y la caída del agua en las botijas.
Así, nombrar los arroyos, fuentes, vertientes, valles, vegas y pozos de Torrico es también nombrar a sus gentes, sus trabajos y sus recuerdos. El agua que corre por el arroyo de la Ballesta, el que mana en la Fuente de la Serrana o que se esconde en el pozo de Boceza es la misma que ha dado vida al pueblo durante siglos. Cuidar estos lugares, mantener limpios sus cauces y no dejar que se pierdan sus nombres es una forma de honrar el pasado y de asegurar que las futuras generaciones sigan escuchando, en el término de Torrico, el antiguo rumor del agua que todo lo une.
Entre todos estos nombres del agua, la presa de Tarrarra brilla como un recuerdo especial en la memoria de Torrico. Allí donde el arroyo se remansa se levantaba, hace siglos, un molino que marcaba el ritmo de muchas jornadas de trabajo y del que quedan algunos restos. Las aguas detenidas movían la rueda, y el rumor grave de la molienda se mezclaba con las voces de los vecinos que llegaban con sus sacos de grano, con el chirrido de los carros y con las risas de los niños que correteaban por la orilla. Cerca del molino, los restos de un batán recuerdan el tiempo en que la fuerza del agua servía, también, para golpear y ablandar la lana y los paños, llenando el aire de golpes rítmicos y espuma.
Nos llegó un dibujo de cómo era la presa de Tarrarra hace unos ochenta años, su autor es Mariano Aragón Arroyo, un miembro de la familia de los Tarrarras que nació y vivió en dicho paraje. Se ven los edificios del molino, las casas, un alfar con su horno y cómo no, el agua.
Y así, los arroyos de Torrico, cada uno con su carácter, cada uno con su voz, pero todos con el mismo latido, formando parte de algo inmenso, de ese entramado que encuentra su destino final en el Tajo, río que nos baña por la parte más al sur. Allí, el molino de las Aceñas del Conde aprovechaba un caudal mucho más constante y poderoso, por eso podía moler más días al año que los pequeños molinos de arroyo y molinetes que se levantaron en los cauces de los que llevaban más caudal, pero siempre pendientes de la generosidad de las lluvias. Por eso, un pueblo que, durante generaciones, supo escuchar y aprovechar la energía del agua, una tierra que supo guardar cada gota que le llegaba y aprovecharla sin ruido, como un secreto que solo el campo entiende, ahí nace la vida.