03/05/2026
La visita de María Isabel Álvaro Zamora ayer en Terrer no fue una conferencia más. Fue la llegada de una voz que ya conocía nuestra torre mudéjar desde hace años, porque la había estudiado, documentado y defendido. Profesora universitaria, investigadora y una de las grandes especialistas en cerámica histórica y arte mudéjar en Aragón, ha dedicado su trayectoria a reconstruir la historia de las piezas cerámicas y de los espacios donde el arte, la técnica y el pensamiento religioso se encuentran. Su labor nace de la memoria, el estudio y la defensa del patrimonio.
Su llegada a Terrer se produjo de forma totalmente altruista, a petición de nuestra asociación cultural, movida por el vínculo que ella misma había establecido con la torre a través de su investigación. Fue ella quien documentó en su día la existencia de las salseras y ataifores que formaban parte del conjunto mudéjar, y quien advirtió y dejó constancia de su desaparición tras la restauración de los años noventa.
Isabel regresó a un lugar que había defendido desde el conocimiento y la responsabilidad. Durante su intervención nos habló de otras torres, del arte mudéjar y de los antiguos alfareros que lo hicieron posible, de cómo la cerámica no era solo decoración, sino lenguaje. Nos explicó que, desde la mirada islámica que impregna este arte, toda obra humana es perecedera: bella, significativa, pero destinada a desaparecer, porque solo lo eterno pertenece a lo divino.
A partir de ahí nos llevó a comprender el valor de lo frágil, de aquello que precisamente por su condición efímera se vuelve irrepetible. Cada pieza perdida no es solo un objeto menos, sino una parte de la historia que deja de poder leerse. En ese recorrido histórico también nos recordó que en los cuatro paños de la torre llegó a existir en su día un conjunto decorativo formado por hasta 132 platos cerámicos, integrados en la arquitectura como parte de un programa ornamental cuidadosamente concebido. No eran elementos aislados ni decorativos sin más, sino parte de un lenguaje visual donde la repetición, el ritmo y la composición daban sentido al conjunto.
En ese mismo contexto recordó algo esencial: aquellas salseras y ataifores no eran elementos secundarios. Formaban parte de un conjunto excepcional del siglo XIV, incorporado bajo el mecenazgo de Benedicto XIII, cuando aún era cardenal. Piezas únicas, distintas a las de otras torres mudéjares, que otorgaban a nuestro patrimonio un carácter singular y reconocible. Su ausencia hoy no es un detalle menor: es una ruptura en la lectura histórica de la torre, una herida en su relato.
Pero más allá del dato o de la denuncia, su presencia dejó una enseñanza más profunda: que el patrimonio no es solo conservar lo que queda, sino comprender también lo que falta. Que incluso los elementos más humildes eran parte de un lenguaje completo, donde lo pequeño sostenía lo grande. Eran memoria, equilibrio y autenticidad, la huella de quienes construyeron sin saber que un día habría que defender su obra.
Junto a ello, contamos con una exposición encargada desde la asociación a Néstor Pablo Roldán, de CERÁMICA SAEDILE, quien, a través del arte del barro y del pincel, nos acercó a una cuidada reproducción de aquellas piezas que un día formaron parte de la torre. No eran simples copias, sino una interpretación respetuosa del oficio de los antiguos maestros alfareros, donde la técnica heredada y el conocimiento tradicional vuelven a dar forma a una memoria que parecía perdida.
Es un lujo contar con personas comprometidas, cada una desde su ámbito, pero unidas por la cerámica y por la memoria que esta encierra. Tanto Isabel como Néstor hacen posible que nuestro legado vuelva a cobrar vida, devolviéndonos la mirada sobre lo que un día formó parte de la torre y hoy permanece ausente. Con su trabajo, desde el estudio y desde el arte, materializan aquello que fue sustraído y entre todos mantenemos viva esa voluntad de recordar un legado, del que esperamos no desaparezca del todo.