EFéMERO

EFéMERO Red social de EFéMERO división de moda de la Asociación Cultural Beltane

A historia da moda é unha disciplina pouco estudiada dende o ámbito universitario, sendo precisa unha revisión dos estudios publicados nos anos cincuenta e unha actualización da relación existente entre a arte e a moda, tanto coma polo seu valor histórico intrínseco como para a súa utilidade na análise histórico-artístico das obras figurativas. Nestas xornadas, realizadas baixo o amparo da Unviers

idade de Verán, da USC, aportarase unha visión ampla e xeral da historia da moda, dende a Idade Media, como época na que reaparece o concepto de moda e que será o que marcará a evolución do deseño occidental, ata o mundo Contemporáneo, remarcando a estreita unión existente entre os deseñadores e os creadores de vangarda, que converterán a moda nun obxecto artístico máis, momento en que a vestimenta entra nos museos e figuras como Elsa Schiaparelli ou Yves Saint Laurent son considerados artistas e non só deseñadores. As distintas conferencias abarcaran temas moi variados, dende o mundo funerario ó cinematográfico, dos ballets rusos á creación actual de moda inspirada en patróns tradicionais, etc...

12/04/2025

VESTIR LA MUERTE. LUTO Y DUELO EN LA ÉPOCA BAJOMEDIEVAL

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1. DE VESTIR AL MU**TO A VESTIR LA MUERTE: EL PAPEL COMUNICADOR DE LA INDUMENTARIA

Entrando de pleno en la codificación del luto, en cómo y bajo qué circunstancias se expresa en las actas notariales, cabría destacar la importancia que adquieren los colores como indicadores del estatus social, el estado civil y la condición moral (Martínez Martínez, 2003: 53).

Desde el prisma de la historia de la muerte, el uso del color se vincula tanto a ritos ante-mortem como a ritos post-mortem, perteneciendo el blanco a los primeros, y el negro a los segundos. La propia lengua latina se hace eco de esa relación desde tiempos remotos, existiendo términos como atratus para designar a aquellas personas que en la antigua Roma vestían de luto riguroso (Requena Jiménez, 2012: 212). La tradición cristiana medieval recogerá ese legado, mostrándose especialmente categórica en la adopción de códigos simbólicos en ceremonias de carácter colectivo, especialmente en los velatorios y los entierros, a los que desde el siglo XIV se les asigna incontestablemente el color negro (Ariés, 1987: 143; Nogales Rincón, 2016: 327-350).

1.1. Blanco para vestir a los mu***os: sábanas y mortajas

Como sabemos a través de testimonios literarios, arqueológicos y de las propias fuentes primarias, los cuerpos se depositaban en fosas simples, envueltos en mortajas (mortualia) y acompañados de escasos efectos personales. Las telas que se usaban eran de colores claros y habitualmente de lino, símbolo de pureza. Tal y como sucede con las alusiones relativas a la enfermedad, es bastante común que no encontremos referencias explícitas a estos sudarios o al protocolo seguido para lavar y amortajar al difunto, ni siquiera al coste ordinario de dicho proceso más allá del deseo expreso de que “sia feta la mortalla” que Galcerà de Quexans solicita como acción comprendida dentro de los 30 sueldos que destina a asuntos píos3 . Tampoco los notarios parecen especialmente interesados en reflejar este momento. Por un lado, debido a las nulas repercusiones jurídicas que suponía. Por otro, por pertenecer a la más estricta intimidad familiar.

En cambio, esta información sí que aparece cuando el titular pide inhumarse con el hábito de alguna orden religiosa, una tendencia idéntica a la estudiada en otros espacios peninsulares (Nieto Soria y Sanz Sancho, 2002: 195), extensible a los primeros momentos de la modernidad (Palacios Martínez y Pérez Calvo, 2009: 29). Un claro ejemplo de ello lo observamos en el testamento de Joana, esposa “del molt honorable e molt magnífic don Pere de Rocafull”, perteneciente a la nobleza oriolana. Además de solicitar que sus restos descansasen en la Iglesia de Sant Francesc de la ciudad de Valencia junto a su progenitor –rasgo de por sí llamativo debido a la distancia entre ambas ciudades‒, en el mismo documento pide vestir un hábito religioso durante el sepelio4 .

Pero salvo los ejemplos citados, las últimas voluntades de los testadores de la Gobernación de Orihuela no aportan muchos más datos sobre cómo debía asearse o vestirse el cuerpo del finado. Tan solo a través de los legados píos se intuye la presencia femenina en este momento, puesto que el peso de los cuidados durante la enfermedad, agonía y muerte recaía fundamentalmente sobre las mujeres del entorno directo, las cuales podían percibir a cambio una compensación económica o material, normalmente en ropajes o paños sin manufacturar. Vemos esa solidaridad femenina en las últimas voluntades de la testadora ilicitana Franscisca Gómez, esposa de Luis Méndez, cuando hace entrega de una sábana a su consuegra Constaça por atenderla durante su enfermedad5 .

1.2. Negro para vestir a los vivos: draps de dol

Mientras que el color de la mortaja es blanco o de un tono claro en asimilación a la pureza, las ropas que llevan los familiares del difunto son invariablemente oscuras (Requena Jiménez, 2012: 209-218). Pero antes de conocer cuáles eran estas prendas o draps de dol, cabe apelar a una lógica que afecta a todo el guardarropa medieval.

Como apuntan varios autores, la moda de este periodo no fue totalmente homogénea (García Marsilla, 2007: 88). No existe un traje tradicional, un modelo único entendido como un patrón inamovible. Es por ello que creemos que no está de más insistir en la diferencia entre vestimenta tradicional y vestimenta de luto, aunque ésta última habitualmente se haya usado en ritos colectivos de carácter comunitario y popular. A su vez, tampoco se debe pensar que eran prendas poco prácticas, pues en su mayoría estaban pensadas para acompañar a los familiares de los difuntos, convertidos, durante el resto de sus días, en la más especial de todas las sociedades (Fernández Conde, 2008: 406). Sin ir más lejos, en el caso de las viudas, la ropa de duelo (tanto la de invierno como la de verano) se incluye dentro de la partida reservada a su alimentación y manutención (tenentur mariti haeredes dare viduae vestes lugubres) siempre y cuando no se haya pagado la totalidad de la dote y el creix. Así se recoge en la legislación valenciana, tan ambigua en ciertos puntos, pero al mismo tan pragmática respecto al destino de los bienes dotales durante el any de plor que sigue a la muerte del esposo (Guillot Aliaga, 2001: 274).

Dejando de lado estas consideraciones de tipo jurídico, en las cláusulas testamentarias se mencionan una serie de prendas sobrias asociadas claramente al duelo, casi siempre confeccionadas sobre lana o lino de color pardo o negro. Se trata de prendas exteriores, con un claro predominio del paño de bruneta ‒tejido de lana teñida y muy saturada6 ‒, el burel ‒de la misma fibra, apagado y de aspecto tosco‒ y el paño local dihuité. Muy puntualmente, y solo en el caso de los más pudientes, registramos la estameña y otras telas de importación7 . Por el contrario, no encontramos el satén, la seda, el terciopelo, el damasco o el forro de piel, tan abundantes en los ambientes cortesanos de finales del Cuatrocientos (García Marsilla, 2007: 361).

Adentrándonos en este ropero luctuoso, e intentando acotar por largura o cantidad de tela las prendas usadas, podríamos distinguir entre aquellas piezas pensadas para cubrir el cuerpo entero, las concebidas para tapar el torso y las que caerían sobre los hombros.

Tal y como se aprecia en la tabla (Fig. 1), gramalles, gonelles, mongils, clotxes y samarres cubrirían dos terceras partes del cuerpo, mientras que los jubones únicamente abrigarían la parte superior. Los capirotes y los mantos, por su parte, se enmarcarían en el tercio superior de la figura, y tendrían forma puntiaguda, extendiéndose ligeramente sobre los hombros.

Los mantos tenían una largura variable, aunque en ningún caso llegaban a igualar a las capas. Ejemplos de mantos los encontramos en las últimas voluntades de Joana, mujer de Alfonso de Fontes, vecina de Elche, cuando solicita a sus albaceas que se destine una partida importante de paño oscuro para la elaboración de estas prendas, las cuales tras su muerte serían entregadas a las beneficiarias, su hermana Francesca, esposa de Antoni Doco, y sus dos nietas Joana e Isabel8 . Idéntica tendencia se aprecia en el codicilo del alcayt Francesc d´Ezpuig, habitante de Orihuela, donde expresa que se entregue a las mujeres de su entorno, incluyendo a su suegra y a las esposas de sus afines, “drap per a sengles mantilles”9 .

En las últimas voluntades del caballero oriolano Pere Masquefa, fechadas en el verano de 1492, observamos un amplio y nutrido muestrario de textiles destinados, con toda seguridad, a la confección de prendas de luto10. Una situación muy similar se da en los testamentos de los más acaudalados, en los que las prendas enumeradas son más abundantes debido a un mayor poder adquisitivo, pero también a la existencia de distintos beneficiarios fuera del estricto ámbito de los convivientes y la unidad familiar.

Menos frecuentes, en cambio, son los mongils11 (con mucho más vuelo y holgura que las prendas anteriores), y las túnicas de gran tamaño conocidas como clotxes. Su presencia en los testamentos de la Gobernación es anecdótica comparada con los primeros objetos que hemos visto. Lo mismo sucede con el capuz, pieza del grupo de los sobretodos, cuya aparición se constata en cronologías más tardías, ganando popularidad en época moderna12.

Aunque es posible realizar una taxonomía gracias a los datos que nos aportan los documentos post-mortem ‒incluidos los inventarios‒, lo cierto es que el proceso de trasformación de la materia prima o paño en la prenda acabada se omite en el acta notarial. Los testamentos y codicilos no suelen aportar información sobre el tamaño y calidad de los paños de bruneta, pero no parece descabellado que se entregasen a tejedores locales o que se procesasen en pequeños talleres domésticos en los que se daría salida al stock de fibras y tejidos más austeros. Asimismo, en ningún momento hemos detectado ninguna interrupción en su aparición, supuesta adquisición y uso dentro de la franja cronológica examinada. Sin embargo, todo indica que ganaron relevancia entre las clases populares y burguesía urbana conforme nos aproximamos al inicio de los tiempos modernos. Tal vez por una cuestión de moda y emulación, fenómeno propio del mundo urbano tardomedieval. Tanto es así que a menudo se legaban no sólo a familiares, sino también a pobres e incluso al servicio doméstico (García Marsilla, 2014: 239), siendo esta una práctica extendida entre las clases más pudientes de la Orihuela del siglo XV. Observamos esta pauta, entre otros testamentos examinados, en el testimonio de Juana, viuda de Pedro Ferrández, quien en sus últimas voluntades solicita que el día de su entierro sean vestidos dos pobres con drap burell, incluyéndose esta pequeña partida dentro de las donaciones que se hacen a familiares para la confección de gramalles, en el caso de los varones, y de mantell, para las féminas13.

Comentario aparte dentro de este universo de la indumentaria merece el velo. Su abandono diario se documenta a finales del siglo XIV, momento en el que en el ámbito castellano pasa a ser usado de forma exclusiva por viudas y religiosas, es decir, por mujeres con un rango especial (Martínez Martínez, 2003). En principio podríamos pensar que, junto a la gonella sería la prenda femenina por excelencia, pues no cabe duda de su importancia y presencia cotidiana, sin embargo, la experiencia histórica demuestra que en la Edad Media fue usado por ambos sexos a modo de pañoleta. Es por ello que se hace necesario trazar una línea divisoria cuando aparece mencionado en las últimas voluntades.

El velo adquiría un papel sancionatorio en el caso de las mujeres en calidad de herederas, usufructuarias o administradoras, pasando de lo prescriptivo a lo obligatorio ligado a la sumisión (Muzzarelli et al., 2014; Muzzarelli, 2016). El mismo escritor Jaume Roig se hace eco de esta realidad. En su célebre obra l´Espill, considerada una de las piezas más misóginas de la literatura catalana medieval, expone a través de una voz femenina lo siguiente: “Sposes som les professes, monges, frareses, totes de Déu: lo vel que·ns veu al cap portar, nos fa membrar per cert indici l´esposalici; per ço·l portam e lo lexam en tals afés”14. Esta afirmación refuerza la idea del velo como una prenda íntimamente relacionada con el estado civil de la mujer que lo llevaba; un objeto que, más que llamativo, transmitiría un mensaje a todo aquel que tratase a su propietaria.

Por último, cabe matizar que dentro de este particular ropero o capítulo dedicado a la indumentaria no encontraríamos apenas reflejadas otras hechuras y prendas interiores, semi-interiores y trajes de debajo que debieron llevarse a diario. Es el caso de las camisas labradas y listadas, los bonetes, los tocados y otras prendas para cubrir el cuerpo como los tabardos. Objetos que coexistían en el apartado textil junto a la ropa de hogar, las joyas y otros legados de carácter personal, pero que quedan fuera de ese particular escaparate postmortem que hemos tenido la ocasión de observar.
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VESTIR LA MUERTE. LUTO Y DUELO EN EL CÓDIGO INDUMENTARIO ORIOLANO EN ÉPOCA BAJOMEDIEVAL
Ana Isabel Castro Carbonell
Dra. en Historia Medieval por la Universidad de Alicante

https://rua.ua.es/dspace/bitstream/10045/117846/1/CuadHistPatrimCultBajoSegura_9_08.pdf

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Cubierta
[Mujeres vestidas de negro con pañuelo en la cabeza y mantilla sobre los hombros conversando en la puerta de una iglesia]
Wunderlich, Otto (1886-1975), Fotógrafo
Archivo Wunderlich
Fotografía tomada entre 1930 y 1936

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Santiago De Compostela

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