03/09/2026
Querido Hermano Templario, considera cómo el Salvador del mundo, tras desgarrar la muerte y alzarse impasible y glorioso, pisó esta tierra cuarenta días más. Días de fuego en los que se entregó a los Apóstoles, esculpiendo a golpe de pruebas innegables la verdad de su resurrección, abrasando sus corazones con el verbo encendido del reino de Dios.
Porque si cada palabra que brotó de sus labios en su vida mortal fue brújula hacia la gloria, cuánto más ardientes y definitivos habrían de ser sus acentos tras la victoria sobre el sepulcro. Ya se desprendía de su presencia corporal y ellos, por fin, ensanchaban el alma para beber la sabiduría de las alturas. Les abrió el arcano de su Iglesia, ese reino donde Él impera como Rey soberano, gobernando por fuera con ministros y por dentro derramando gracias que incendian el alma, la santifican y la arrastran incontenible hacia la bienaventuranza eterna.
Saturados de esa doctrina celestial y sellados a fuego en la fe de su resurrección, el divino Maestro alzó el vuelo hacia los cielos. Entró en la ciudad imperial como el más noble y augusto de los triunfadores, coronado por el botín de su propia sangre, guiando a aquel ejército de almas rescatadas porque así lo exigía su gloria y lo reclamaba nuestra salvación.
Era de justicia que aquel que se abajó hasta el fango, llegando a clamar yo soy gusano y no hombre, fuese ensalzado no sólo sobre la humanidad entera, sino por encima de las legiones angélicas, sentado a la diestra del Padre en majestad infinita.
Urgitaba a su infinita bondad arrancarnos la venda y mostrarnos que su reino no es de barro, que desprecia los oropeles efímeros de este mundo para reinar en lo eterno. Aquí no pesa el oro, ni los títulos, ni el aplauso fatuo; en los surcos de nuestra Hermandad no hay rangos que valgan, pues todos somos iguales ante el altar del sacrificio, donde la única jerarquía se escribe con la sangre del amor a Dios, la entrega al prójimo y la espada desnuda en defensa de nuestra fe y de nuestra Santa Madre Iglesia.
Su ascensión fue el grito desgarrador que nos recuerda nuestra verdadera patria: este mundo no es hogar, es mazmorra y destierro. Nuestra carne camina por el polvo, pero el alma, pura y anhelante, debe volar incesantemente hacia donde mora nuestro único Bien, allá en los cielos.
FTAT NNDNN 🌹❤🌹