25/02/2026
“Hombres de todas las religiones, de todos los pueblos, de todas las clases: vosotros sois todos mis hermanos y todos mis hermanos tienen derecho a mi amor. Amaos los unos a los otros y mi Padre os amará, aproximaos al que sufre y no le digáis que merece su sufrimiento.
Tratad más bien de aliviarle cuanto podáis, pues la verdadera caridad no mira hacia el pasado, sino que mira y se fija tan sólo en el presente.
Id a la casa del pobre y abrazadle como a vuestro hermano, distinguid esas riquezas y no tengáis que desear nunca las riquezas de otro de vuestros hermanos, cerrad la puerta a la tristeza y por grande que sea el rigor de vuestros enemigos, pensad en la recompensa que se os ha ofrecido si fueseis pacientes y misericordiosos.
Hermanos míos, yo os lo digo, el que no trate a los hombres como hermanos no será recibido en la casa de mi Padre, el que diga este hombre no es de mi patria, no entrará en la patria del Padre, el que haga dos partes, una para su familia y otra para sí, no gozará de los dones y de los favores del Padre, el que no combata la adversa fortuna en nombre de la Familia Universal, apegándose tan sólo a los bienes de su padre de su madre, no verá la alegría de la casa paterna y no encontrará más que el abandono y el aislamiento después de la muerte.
Por ello, os digo, “abandonad a vuestro padre y a vuestra madre, a vuestros hermanos y a vuestras hermanas, antes que complaceros en el olvido de la ley de Dios”.
Esta Ley exige el conmovedor sacrificio del fuerte en favor del débil y de toda la familia esparcida por toda la tierra.
Vosotros tenéis una familia y yo tengo una Gran Familia: mirad, he ahí los miembros de mi familia, he ahí los hijos de mis hermanos. Por eso así os digo: hermanos míos, amigos míos, hijos míos: haced los preparativos de viaje y marchad hacia la patria del Padre Celeste; los pobres serán recibidos los primeros, y todos los ricos que hubieran abandonado todo cuando tienen para seguirme, también tomarán parte en la alegría general; cuando os encontréis en la abundancia, dad gracias a Dios por lo que se os ha dado y compartirlo como buenos hermanos; cuando os encontráis en la pobreza, pedid a Dios cuanto os haga falta y recordad que todos sois hermanos, romped la cadena que os liga al egoísmo, al orgullo, al vicio, a la tibieza y al desaliento, puesto que yo he venido a libertaros del pecado y de la muerte.
Sí, del pecado y de la muerte.
Vosotros que estáis afligidos, venid a mí y yo os aliviaré; vosotros los que lloráis, venid y os consolaré; vosotros que estáis cansados, venid hacia mí y encontraréis descanso en mí; vosotros, pobres y pecadores, humildes y abandonados, venid a mí y yo os daré la paz, el calor y el amor.
Muchos de vosotros no entenderéis mis palabras, pero yo os lo tengo que decir así: empequeñeceos para hacer sobre salir a los demás; no tengáis que hacer nunca a ninguno de vuestros hermanos, lo que no quisierais que os hicieran ellos a vosotros, siempre que podáis hacer algo a favor de vuestros hermanos, hacedles siempre aquello que vosotros quisierais que ellos os hiciesen a vosotros, y que el más fuerte entre vosotros sea el servidor de todos.
¿Vosotros no os dais cuenta que hasta que no os pongáis a la altura de los niños, no entraréis en el Reino de mi Padre?
Yo tuve que hacerme muy pequeñito hace tanto tiempo, ahora también me he tenido que hacer muy pequeñito, y por eso no he ido a menos.
Yo espero que vosotros me entendáis y que lo hagáis igual que yo. Si vosotros me hubierais conocido cuando era en el Reino de mi Padre, me podríais haber visto como un relámpago u oírme como un trueno, que es lo que muchas personas esperaban.
Pero no he podido venir así porque estaba previsto que viniera y conviviera entre vosotros, y para convivir entre vosotros he tenido que ser y soy igual a vosotros, mi espíritu ha tenido que entrar en un cuerpo como vosotros. Si no hubiera sido así, ¿cómo hubiera comido y bebido con muchos de los que estáis aquí? ¿Cómo podía haber enseñado como estoy haciendo, y adonde voy, si yo no me hubiera rebajado a la altura que estoy?
Y vuelvo a deciros que eso es lo que debéis hacer vosotros, pero vamos a dejar esto y vamos a hablar del presente, preparando el porvenir. Si ponéis un poco de silencio, yo voy a hablaros algo de Dios, algo de nuestro Padre. Mirad y oid. Mi Padre conoce vuestra debilidad y Él nos espera con los brazos abiertos, Él nos espera y nos llama a con cariño; corramos y arrojémonos todos en sus brazos, y por difícil que sea vuestro pecado, Él os perdonará.
Daos cuenta lo que voy a deciros: si mi Padre es también el vuestro, mi habitación será igualmente la vuestra, pues dejad a los mu***os y venid a habitar con los vivos. Yo le preguntaría a nuestro Padre, y así lo hago: “Padre mío, ¿qué he de mostrar yo a mis hermanos para que crean en ti? Yo les he perdonado, Padre mío, perdónales tú también. Mi Padre sólo desea una cosa de vosotros: que no os pongáis delante de falsas imágenes creadas por el hombre, ¿cómo decís que Dios se ha alejado de vosotros?
Si vosotros le pedís las cosas y antes que os dé una respuesta, os vais a arrodillaros delante de esas falsas imágenes que están creadas por el hombre, ¿creéis que si talláis un trozo de madera y le pedís después, os puede dar mucho?
Creéis que si cogéis una escayola y hacéis vosotros mismos esa imagen, ¿os puede dar mucho?
Vosotros tenéis delante de vuestros ojos al Reino de los Cielos y no lo veis, pero algún día pienso que no tardando mucho le conozcáis y le veáis, y así es como reconoceréis a vuestro Padre, que tanto estáis esperando conocerle”.
Extracto de una charla del Padre Leonardo, 29 de marzo de 1992.