21/05/2026
¡Hola, amigos!:
El próximo jueves, 21 de mayo, culminamos esta vigésimo quinta temporada de “Cine con Otros Ojos” que venimos organizando en colaboración con el Ayuntamiento proyectando en la Casa Municipal de Cultura la película “Green Border”, de Agnieszka Holland, en sesiones de 5:30 y 8:30 de la tarde, con la localidad a 4 euros.
Adjuntamos la sinopsis facilitada por la distribuidora, el comentario preparado por Diego López, proponente de la película, y una reproducción del cartel.
Un abrazo ¡y un estupendo verano!
Asociación Otrosojos
SINOPSIS DE LA PELICULA:
En los traicioneros y pantanosos bosques que conforman la llamada 'frontera verde' entre Bielorrusia y Polonia, los refugiados de Oriente Medio y África que intentan llegar a la Unión Europea se ven atrapados en una crisis geopolítica diseñada cínicamente por el dictador bielorruso Alexander Lukashenko. En un intento de provocar a Europa, se atrae a los refugiados a la frontera con propaganda que promete un paso fácil a la UE. En esta guerra oculta se entrecruzan las vidas de Julia, una joven activista que ha renunciado a su cómoda vida, Jan, un joven guardia de fronteras, y una familia siria.
COMENTARIO:
Europa, territorio hostil
Resaltaba en uno de mis textos recientes el poder que tiene el cine como herramienta de denuncia. No se trata únicamente de entretener: el cine también revela verdades incómodas, expone injusticias y da voz a quienes han sido silenciados. Tiene la capacidad de despertar conciencias, generar reflexión y, en algunos casos, impulsar cambios reales en la sociedad.
En los tiempos convulsos que vivimos, donde periodistas y reporteros son amenazados e incluso asesinados por el simple hecho de informar y cuestionar el poder, películas como Green Border, y cineastas valientes como Agnieszka Holland, resultan imprescindibles para visibilizar atrocidades que, de otro modo, quedarían ocultas e impunes. La directora polaca ha demostrado a lo largo de su carrera un firme compromiso con la memoria histórica y los derechos humanos. Ya lo hizo en la aclamada Europa, Europa (1990) y en la intensa In Darkness (2011), ambas ambientadas en los oscuros años de la Segunda Guerra Mundial. En ellas, como en Green Border, Holland deja patente su mirada crítica, profundamente ética y humana, que interpela al espectador desde el primer plano.
Green Border, aunque se presenta como una obra de ficción, se acerca con tal realismo al presente que podría confundirse con un documental. Rodada en un expresivo blanco y negro, retrata la angustiosa situación de cientos de refugiados procedentes de Oriente Medio y África -representados aquí por una familia siria- atrapados en los inhóspitos bosques pantanosos de la frontera entre Bielorrusia y Polonia. Allí, en su desesperado intento por alcanzar el sueño europeo, son víctimas de un sufrimiento constante: persecuciones, agresiones, maltrato físico, deshumanización, devoluciones forzadas… Todo como parte de una estrategia geopolítica deliberada, orquestada por el dictador bielorruso Alexander Lukashenko, que utiliza a estas personas vulnerables como arma política para presionar a la Unión Europea.
La inmigración, hoy más que nunca, se ha convertido en un terreno de lucha ideológica y una herramienta siniestra en el tablero político. Si bien se han realizado múltiples películas sobre esta temática, pocas alcanzan la contundencia narrativa y la carga ética de Green Border. Tal es la fuerza de su denuncia que, tras su estreno en Polonia, Holland necesitó escolta personal debido a las amenazas recibidas por parte de grupos de ultraderecha alentados por miembros del anterior gobierno polaco. Una respuesta que no hace más que confirmar la incomodidad -y la necesidad- de su mirada.
Uno de los grandes aciertos de la película es su estructura coral. La historia no se limita al sufrimiento de los refugiados: también muestra el dilema moral de un guardia fronterizo atrapado entre el deber y la conciencia, y el compromiso de una activista que, a pesar de los obstáculos legales y la indiferencia institucional, lucha por proteger a los más vulnerables. Estos tres puntos de vista enriquecen la narrativa y permiten al espectador entender la complejidad del conflicto, sin caer en el maniqueísmo ni en los discursos fáciles.
Green Border es una película dura, incómoda y profundamente necesaria. Una obra que no deja indiferente, que confronta, interpela y obliga a mirar de frente una realidad que Europa prefiere ignorar. Porque, como recuerda Holland con cada plano, detrás de las cifras y los titulares, hay seres humanos. Con mayúscula. Y eso, en estos tiempos oscuros, nunca debe olvidarse.