18/11/2025
EL AUTISMO QUE SANA
Hace unos días mi hijo, que es autista (eso ya lo saben), se sentó al lado de un chico que tenía el alma rota y las fuerzas conmovedoramente disminuidas.
Primero, con su curiosidad de toda la vida, Sebastián (así se llama, y eso también lo saben) lo miró como quien mira preguntándose cuánto dolor había atravesado a su compañero de silla.
Le sonrió, lo tomó de la mano (sí, mi hijo el que no quiere tocar ni que lo toquen), y con la expresión más cálida y comprensiva le consoló sin saber, quizá, qué es consolar, pero sabiendo que allí estaban dos seres, dos espejos:
conozco de tu dolor, conozco lo que se siente, yo también he estado roto, el mundo me ha lastimado de todas las formas y jamás ha encontrado, ni encontrará, la manera de extinguir el brillo que nos sostiene.
Luego tocó el pecho del chico quien prefirió no oponerse, no asustarse, y no tuvo de otra que regresar una sonrisa que iluminó todos los rincones oscuros de su ser.
Mi hijo, feliz con la respuesta, saltó, agitó sus manos, en esa danza que para mí es jubilosa vida.
Sé que muchos dirán que mi interpretación más se asemeja a un delirio que a la realidad, pero alguien dijo que hay cosas que solo se comprenden con el corazón (creo que fue un piloto de avión que escribió sobre un niño príncipe perdido en el desierto que venía de las estrellas y que tenía una flor mascota).
Solo quería contarles eso: que sanar es un atributo de quienes saben lo que vive el otro desde su propia experiencia, la que el mundo literalmente les tatúa en su piel, y que ellos, los que no tienen palabras para consolar y contener, los “no verbales”, los “sin empatía”, los "severos", tienen el gesto y la ternura que podría sanar, restaurar cualquier alma rota de este indiferente planeta.
Si tan solo les dieran la oportunidad...
Angela Corredor🪶