04/08/2026
TODO LO QUE SE REPRIME, GERMINA.
Tenemos la obligación, continuada en el tiempo, de alimentar y difundir el ejemplo de aquellos jóvenes, mujeres y hombres, que desde la fidelidad a unos ideales de libertad, tolerancia y pluralidad, pagaron con su propia vida esa lealtad a aquella II República que les permitió y enseñó a crecer ambicionando una sociedad más igualitaria, justa y solidaria que en la que nacieron sus padres y también ellos mismos. Pero el empeño, en la más extrema persecución al disidente, al no afecto -que podía terminar, y terminó en muchas ocasiones, en denigración personal y en muerte-, lo frustró las balas al amanecer durante muchos días, cientos de ellos, en muchas paredones de muchas ciudades a partir de muchos e injustos procesos sumarísimos de los infinitos consejos de guerra que sentenciaron a civiles y militares en la España de Franco sin otra causa probada que la desafección al régimen, tan contrario a esa victoria final que prometía las notas de La Jóven Guardia. (No olvidamos a los que fueron hechos desaparecer sin más razón)
Esos jóvenes pasarían a ser, también, ejemplo para los sobrevivientes que mantuvieron lel desafío al régimen dentro y fuera de país durante más de cuarenta años, bien pasada la muerte del dictador, para convertirse en la memoria de los valores democráticos, en bandera de la libertad y en imagen real del antifascismo. Ellas y ellos, mujeres y hombres, la esperanza frustrada. Fueron más que muchos, demasiados, durante un tiempo demasiado largo como pago a lo que no tenía que haber sucedido jamás.
La dictadura reventó ell patrón de mujer nueva, de compañera con perfil democrático con las fusiladas (entre otras y sólo como ejemplo) en Es Molinar (Palma), Candeleda (Ávila), en la finca El Aguaucho o en Guillena (Sevilla), en el cementerio de A Caridad (Franco, Asturias), en Zufre (Huelva), en el cementerio de Farasdués (Zaragoza), en el Camp de la Bota (Barcelona), en Grazalema (Cádiz), en Paterna (Valencia), en el cementerio municipal de Albacete, en el cementerio de Ciriego (Santander)… y lamentablemente en otros muchos, demasiados también, para ignorar la ignominia.
Todas son rosas rojas, como las trece madrileñas del 5 de agosto de 1939, asesinadas junto a sus 43 compañeros de la JSU en el cementerio del Este. En realidad, fueron catorce.
Pero la tragedia tiene memoria también si hay supervivencia. Y la hubo. Se impuso el olvido, pero se generó conciencia de colectivo, de victima por la represión sufrida. Guardianas de esta memoria fueron, durante los años más duros, sus propias compañeras que, sobrevivientes a la crueldad y misoginia de la dictadura, actuaron inconscientes del valor futuro que ello suponía, manteniendo vivo el recuerdo y valor de lo que es la resistencia. Recordemos a algunas de ellas: Co**ha Carretero, Carmen Cuesta, Nieves Torres, Julia Vellisca, María Borrel, Mariana Ginestá, Teresa Pamiès, Argimina Hompanera, Aurora Arnáiz, Juana Doña, Rosario Sánchez Mora, Mercedes Núñez, Josefina Amalia Villa, Carmen Rodríguez Campoamor, Adelaida Abarca, Mercedes Gómez Otero, Neus Catalá, Leonor Estévez, Carmen Arrojo, Cecilia Cerdeño, María Salvo, Pilar Claudín, Carmen Cerviño… cuyo empeño fue básico pero rotundo para el trabajo presente en memoria así como fundamental para su estadía definitiva en el más corto plazo de tiempo posible.