16/06/2024
Era una tarde ancha del cálido verano anticipado que se nos echa encima, cada año más pronto que tarde.
Era antes de ayer y creo que era viernes. Se me pierden las fechas y las horas se me resbalan de las manos como agua que corre a no sé qué lugar donde, al parecer, el tiempo se construye con material de inútil esperanza y de memoria.
Era una tarde inabarcable en Lavapiés.
Unas niñas andaban a lo suyo jugando, me imagino, al escondite inglés, mientras otros adolescentes hacían una pachanga soñando con llegar a ser Mbapé cualquiera o un Vinicios. Para eso están los sueños.
Una mujer con ojos de haber llorado un poco, me preguntó si podía sentarse en el banco donde yo fumaba y, cuando lo hizo, me preguntó la hora, como podría haberme preguntado si hacía calor o frio. Le respondí con una sonrisa, que yo del tema del paso de las horas sabía poco, porque se me escapaban siempre de las manos y que escribía versos intentando practicar el .arte de engañarlas. Sonrió y miró la bolsa que colgaba de mi hombro izquierdo. Me dijo qué bonita. Le dije que me la había Pintado mi amigo Abel https://www.facebook.com/abel.barcenillayanguas/
Esta me la hecho especialmente para mí. Es como un personaje "turulato", le dije y sonrió con más ganas. Y nos quedamos mirando al infinito con la tranquilidad de sentirnos acompañadas. Abrí la bolsa, saqué el cuaderno de dibujar ausencias, saqué el lápiz más duro del estuche, saqué unos colorines y me arrojé a la tarea. Ella me dijo gracias y se alejó sonriente por la calle Sombrerete, camino a la plaza de Lavapiés.
Andaba yo pensando en esa hora abstracta, en la conversación que había tenido un rato antes con una compañera de luchas y de sueños en cuanto a posibles proyectos que compartir en el presente continuo. Y también sonreí, porque le había llevado una lista con una mínima descripción, como si fuera una carta Papá Noel o a los reyes magos, tanto m***a m***a tanto. Es curiosa cuando menos esta manera, estas ganas de jugar con la gente que aprecio, que admiro, que sueño, que aprendo. A veces lo pienso y me digo ternura. A veces lo pienso y me digo patético. A saber.
Andaba yo pensando cómo nombrar la causa palestina y cambié de cuaderno. Saqué el de silencios. Anoté entre asteriscos que me miraban bizqueando "premeditada masacre de un pueblo con niñas con niños llorando corriendo buscando unos brazos de madre donde refugiarse del terror de un estado que viene buscando de siempre este genocidio con la vergüenza cómplice de las hordas superdemocráticas del norte del mundo y esta viejaeuropa congelándose de frio en su alma con nosotras (las personas) dentro. A veces escribo sin puntos ni comas, con puras minúsculas, sin signos ni señales que puedan encarcelas a las palabras cuando fluyen solas, al dictado del otro que viene conmigo, que me acompaña para que no me acostumbre a mis privilegios y escriba "que son la exención de una carga para que la soporten otras". Y como decía Borges en un relato desgarrador. "En esas andaba, cuando de repente lo borró la descarga"
Pues en esas andaba yo, cuando de repente, la marabunta. La policía envuelta en sirenas, saliendo de coches; unos con viseras y cascos de antidisturbios, otros con gafas de sol, otros de paisano que ya andaban cerca como cámaras de vigilancia de andar por la calle. Y en la plaza, negros.
Un control antidrogas, me dijo un anciano del barrio que se acercó a la escena. No, dijo otra, una chica del barrio que milita en colectivo feminista y que la conozco de alguna asamblea. Redada ra***ta dijimos las dos al unísono. Huyeron los pájaros hacia los tejados a ver la ignominia. Salieron corriendo las madres que daban la merienda a sus criaturas. ¡Contra la pared! ¡Las manos en alto! ¡Aquí la vergüenza ajena, aquí las mochilas! Contra la pared y nadie se mueva, como un se sienten c**o, que ya nos sonaba en la historia sangrada de nuestra memoria.
Contra la pared, supuestos malvados. Una fila de adolescentes, de jóvenes que hace un momento estaban riendo, hablando, soñando en la plaza con un mundo nuevo. Y el mismo patrón, la misma constante en el algoritmo: todos eran negros.
Me acordé de Mame en la calle del Oso, yo estaba en la entrada a la calle por Mesón de paredes. Venía del espacio que compartíamos con el Sindicato de Manteros. No me dejaron pasar. Me fui por detrás, por Embajadores y estaba cortado. Pude ver a Mame sentado en un poyete de entrada al edificio. Llevaba trece años corriendo con su manta a cuestas perseguido por la marca España, Y cayó rendido como una gacela que cae malherida por el mero sonido de los disparos de los cazadores reales de reinos.
Me puse a llorar sin consuelo, como lloro ahora mismo. ¡Ha mu**to, cabrones! Llevaba una vida corriendo, dije llorando como lloro ahora cuando lo recuerdo. No veo la escritura de todas las lágrimas que llevo aún dentro en memoria de aquél episodio que sigue ocurriendo, aquí, ahora mismo, en este presente continuo. Ahí están, delante de estos ojos que vieron naufragios incluso antes que la ley mordaza. No puedo hacer nada que gritar "redada ra***ta a la vista". Y no acude nadie. La indiferencia es lo que crea verdadera inseguridad ciudadana.
Y me acuerdo se Samba, de Samba Martine y su muerte en el CIE de Aluche abandonada a su suerte tirada en un pasillo de esa cárcel para condenadas de la tierra...
https://www.eldiario.es/desalambre/grito-ahogado-samba-martine-intentos_1_1514274.html
Y me acuerdo de Kiala, haciendo conmigo teatro en uno de los escenarios de emergencias sobre el viaje desde el Congo Kinsasa hasta nuestros días dorados de pantallas táctiles y coltán que mata como en Palestina ahora se mata con drones (de coltán también) y otras sofisticadas maneras de muerte para la inocencia...
Y me acuerdo de Arif y Depánama y Hasan y Soag y Sahin...
Y me acuerdo de Fama, de Fátima, de Fatumatu, de mujeres amigas nombradas con un mismo nombre de varias maneras, que son arrojadas a su propio abismo por los suyos mismos, con la carga añadida de la memoria de ese patriarcado, hetero, homófobo y colonial por si fuera poco.
Después del registro, de las humillaciones, de las voces graves del ordeno y mando, de repartir documentos que habían entregado los de la parte negra para identificarlos. Después del miedo a ser detenidos por cualquier mirada, de perder los pocos papeles que tienen, del miedo a ser ilegales en este antiguo mundo que expolió sus tierras con el colonialismo y sigue expoliando con libre mercado y saqueo global. Después de ese trance de más de una hora de angustia, los dejaron "libres". La policía, con nuestros impuestos, dejó de jugar a ladrones y buenos y se largó como vino entre el ruido de las sirenas con el que empieza y acaba el espectáculo de esta sociedad nuestra.
Y ahí nos quedamos la chica que dijo conmigo "redada ra***ta", mirando al infinito de la plaza vacía donde no volvieron ni los mismos pájaros que antes la inundaban entre risas frescas y dibujos de ausencias y nuevos cuadernos con silencios nuevos.
Y se hizo el silencio tras del espectáculo. Y no aplaudió nadie.
Y se hizo el silencio igual que un oscuro antes de caer el telón sobre el escenario.
Y se hizo el silencio.
Silencio brutal.
https://www.google.com/search?q=Mame+Mbay%C3%A9&oq=Mame+Mbay%C3%A9&gs_lcrp=EgZjaHJvbWUyBggAEEUYOdIBCDc0NTJqMGo5qAIAsAIB&sourceid=chrome&ie=UTF-8
M
Samba Martine, enferma de VIH, fue diez veces al médico del centro. Solo fue llevada al hospital una vez, el día de su muerte, para "descartar una patología psiquiátrica"