22/03/2024
Más de 180.000 personas viven en condiciones de pobreza y vulnerabilidad en los campamentos de refugiados saharauis de Argelia. Una crisis de refugiados olvidada, que se remonta en primera instancia a los que huyeron de la guerra de finales de 1975 y que, tras 48, años han criado hasta tres generaciones de descendientes que no conocen la tierra por la que sus padres y abuelos lucharon, causa por la que fueron expulsados o huyeron. Su situación como refugiados es pues una de las más prolongadas del mundo.
Miles de mujeres, niños y ancianos huyeron de la guerra y se instalaron en la hamada argelina fronteriza. La hamada es una de las zonas climáticas más duras del mundo.“Que Alá te condene a vivir en la hamada” es un antigua maldición en la cultura de los pueblos nómadas beduinos del Sáhara. Allí acabaron miles de familias rotas buscando refugio, cargando con lo que podían, algunas con sus jaimas a cuestas, la mayoría acabando en campos en los que tuvieron que construir precarias casas de adobe. Sin servicios, han tenido que depender de la ayuda externa para conseguir agua y alimentos, y teniendo que construir rudimentarias letrinas desde que iniciaron un exilio que aún hoy dura.
Al comienzo de la instalación de los campamentos, la búsqueda del agua se convirtió en un problema grave debido al exceso de sales y yodo en los pozos, y la falta de tratamiento de la poca agua existente en el Tinduf. La mayoría de los refugiados pasó a depender principalmente del reparto de agua en camiones y de los alimentos de Naciones Unidas; y así sigue siendo más de cuatro décadas después. El agua que se transporta en la actualidad es agua subterránea, obtenido de pozos profundos, en algunos casos a las afueras de los campamentos, y en otros casos, a varios kilómetros de distancia.
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