10/10/2026
AJÓ APDH, 10/10/2026
El modelo que propone occidente de productividad al cien por ciento, no solo implica el extractivismo de los bienes comunes, el despojo de soberanía territorial y jurídica por la rentabilidad económica, también es despojo del impulso vital que motiva a cada persona a estudiar, crear, amar, acompañar, cuidar, en SER una persona humana con toda sus complejidades y riquezas.
A través de la presión social digital estamos siendo testigos de lo que se califica como "pornografía de la productividad", conducente a la auto explotación para ser la persona trabajadora "dignificada en su sacrificio", que por su puesto es muy redituable a la política empresarial de explotación extrativista, incluyendo el extractivismo humano que hacen las plataformas de movilidad.
Es la persecución del éxito social y el dinero como distintivo meritorio.
Un enamoramiento de modelos de éxito fantasioso e inalcanzable, una conducta adictiva a la aprobación pública, esos otros que reconocen bajo las apariencias lujosas a un trabajador o trabajadora determinada a triunfar.
Un atentado ideológico a los derechos laborales, de mínima, por desvalorizar el descanso y el tiempo dedicado a la familia y la recreación, a la cultura, a tener una vida social solidaria y en desarrollo con su comunidad, a la cultura en todo su abanico de facetas, como piedra preciosa, que aplica en cada momento junto al disfrute de las artes y tradiciones ancestrales.
Las narrativas de la productividad no son nuevas, en el siglo XVIII Benjamín Franklin impuso el lema "tiempo es dinero" para que no se use el tiempo en otra cosa que no sea trabajar. Estas narrativas perciben al dinero como única meta en la vida, ya no como medio para la adquisición de lo necesario para vivir dignamente, sino una carrera por la riqueza destinada a la ostentación y a una supuesta libertad que le daría ese poder socio económico. Libertad que no tiene mientras lucha enriquecerse y nunca tendrá, porqué será esclavo de su codicia.
Lo infructuoso de este impulso extractivista de la propia vida, deja un vacío aciago en la persona que soñaba para sí alcanzar la opulencia del lujo que se nos vende desde las pantallas, pero también desde los discursos del decadente capitalismo occidental.
No es posible la vida sin Derechos.