22/07/2025
Jubilar Villa Rosita, la comunidad de que se comprometió a cuidar a sus miembros hasta el final.
Una vida elegida, autopromovida, codiseñada, cooperativa, corresponsable, inspiradora. También hay retos.
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Inmobiliario. Residencial
ENVEJECER EN COMPAÑÍA
Así es la vida en un 'cohousing' de mayores: "No queríamos acabar en una residencia"
Vivir en comunidad no es solo cosa de jóvenes ni de hippies. En Torrelodones, un grupo de mayores ha elegido compartir la jubilación, la soledad y los cuidados
Por José Ramón Pérez. Torrelodones
Fotografía: Sergio Beleña
19/07/2025 - 05:00
EC EXCLUSIVO
Los hábitos residenciales de los mayores están cambiando en España. El número de hogares compartidos por personas de 65 a 84 años sin lazos familiares en una vivienda no en propiedad se ha triplicado entre 2011 y 2021, pasando de 13.540 a 43.257, según los Censos de Población y de Viviendas.
Aunque se trata de un fenómeno minoritario –suponen el 0,9% de los hogares con mayores–, esta cifra representa a personas con trayectorias vitales diversas: desde quienes dependen de pensiones mínimas o han vivido divorcios, desahucios o la pérdida de la red familiar, hasta quienes exploran nuevas formas de convivencia para afrontar la soledad y garantizar los cuidados.
En la Colonia de Torrelodones (Madrid) se encuentra Jubilar Villa Rosita, una comunidad de cohousing colaborativo para personas de 50 o más años. Sus instalaciones, inauguradas el pasado noviembre, comprenden 29 viviendas adaptadas y amplias zonas comunes para propiciar el encuentro entre sus 41 vecinos, comprometidos a apoyarse mutuamente hasta el final de la vida, también en situaciones de dependencia.
El modelo del que beben surgió en los años sesenta en Dinamarca como respuesta al creciente individualismo y debilitamiento de los lazos familiares tradicionales. El país nórdico prohibió en 1987 la construcción de residencias de ancianos. “Apostaron por desinstitucionalizar los cuidados y atender a las personas mayores en sus hogares”, explica Heitor G. Lantarón, arquitecto especializado en envejecimiento. “La atención domiciliaria personalizada hace el modelo viable. Sin ella, surgen muchos problemas”, reconoce.
Una nueva vida
En el portón de entrada a Villa Rosita nos recibe Sonsoles. Fotógrafa ya jubilada, integra junto a su marido, Manel, el “grupo semilla” que impulsó el proyecto en 2015. “Dejar Carabanchel tras 40 años fue como un desprendimiento”, admite. Aun así, asegura que aquí ha recuperado el espíritu de barrio. “Sales de casa y no sabes cuándo vas a volver. Te cruzas con alguien, pasas por la lavandería, visitas el huerto o acabas tomando el aperitivo”.
La vida comunitaria no se limita a compartir espacios, sino también el día a día. “Un grupo hace meditación, otro se reúne a escuchar música u organiza sesiones de cine. ¡Qué bien lo pasamos la noche de San Juan!”, recuerda Sonsoles.
Villa Rosita pretende ser un dique contra la soledad no deseada, un sentimiento de aislamiento indeseado que afecta a dos de cada diez mayores de 74 años. La prevalencia de esta percepción entre los mayores ha crecido casi ocho puntos desde 2021 y afecta más a quienes viven en grandes ciudades (25,1%) que en municipios pequeños (12,7%), al contrario de lo que ocurre con los jóvenes.
Pese a ello, los vecinos de Villa Rosita tienen claro que quieren huir de la institucionalidad y de las rutinas impuestas. “No queríamos acabar en una residencia tradicional, donde te dicen cuándo levantarte, comer y dormir”, asegura Manel. Esa elección también es una apuesta consciente por una forma de vida diferente.
“Tras una vida cultivando lo individual, ahora queremos crear algo compartido. Los que venimos de la mentalidad hippie de los sesenta soñábamos con vivir en comunidad, y aunque la vida nos llevó por otros caminos, al final el círculo se cierra”, asegura Ricardo, profesor de cine nacido en Buenos Aires.
Así, este modelo marca un cambio de paradigma. “La vivienda es uno de los últimos reductos de la individualidad. El cohousing rompe con esa lógica tradicional y apuesta por una convivencia más colectiva”, explica Juan Antonio Módenes, investigador asociado en el Centro de Estudios Demográficos (CED).
Pero vivir en comunidad exige implicación activa. En Villa Rosita, los vecinos se organizan en comisiones que asumen desde las tareas cotidianas hasta la toma de decisiones clave. Esa gestión compartida convierte el proyecto en una experiencia profundamente colectiva.
“Los proyectos de cohousing tienen elementos comunes: la cooperativa es la propietaria, no hay división horizontal y se concede la cesión de uso de los inmuebles. En el resto de cuestiones, cada grupo lleva su dinámica por un camino u otro”, cuenta Manel. “Queremos dar a conocer el proyecto y que inspire a nuevas iniciativas desde lo público”, añade Sonsoles.
Los retos del modelo
Ese empuje choca con la inmovilidad institucional y la falta de un marco legal claro. “Ha sido agotador explicar constantemente qué es una comunidad como esta. No existe una regulación específica en la que encaje, por lo que ha habido que adaptar el proyecto a normativas existentes para avanzar con los trámites”, asegura el arquitecto Miguel Ángel Piquet (MMN Arquitectos).
Asimismo, el cohousing es un modelo habitacional exigente, que requiere un alto grado de compromiso, cohesión y paciencia. “El grupo inicial debe ser bastante compacto”, reconoce Manel. “Aquí vivimos con gente que conocemos desde años. Estos proyectos suelen tardar diez años en consolidarse, y en ese tiempo entra y sale mucha gente”.
En su desarrollo, “lo primero es conformar y cohesionar el grupo. Después ya van el diseño, la construcción y la convivencia, que siempre es un reto”, explica Manel. El grupo ha seguido la metodología de la asociación Jubilares, cuya experiencia ha sido clave para orientar cada etapa del proceso. “En todas las comunidades hay conflictos. El grupo no crece sin ellos. Ahora estamos realizando formaciones y talleres para resolverlos mejor”, reconoce.
Entre las principales limitaciones del modelo del cohousing, los expertos destacan las barreras económicas y la falta de diversidad social. “Sigue siendo una opción minoritaria, orientada sobre todo a personas con cierto nivel adquisitivo”, apunta Módenes. A esto se suma una selección de ocupantes que, en muchos casos, “no suele ser integradora”, según Irene Lebrusán, profesora de Sociología en la Universidad Autónoma de Madrid.
Lebrusán critica que la mayoría de estos proyectos estén dirigidos exclusivamente a mayores, lo que supone “una pérdida para la sociedad; lo intergeneracional tiene mucha riqueza”. En Villa Rosita apostaron por la convivencia entre generaciones desde sus inicios. “Reservamos cinco viviendas para familias jóvenes, pero finalmente ninguna se incorporó por motivos económicos. Muchos jóvenes no pueden afrontar una hipoteca porque destinan la mayor parte de sus ingresos al alquiler”, afirma Sonsoles.
Los desafíos de la convivencia intergeneracional no solo son de acceso, sino también de continuidad. “La llegada de la segunda generación es uno de los principales focos de conflicto”, advierte Lantarón, en base a la experiencia de los países nórdicos. “La primera generación luchó por encontrar un solar, construir el proyecto y asentarse. Pero cuando empieza a fallecer, los nuevos vecinos suelen querer realizar cambios, lo que genera tensiones internas”.
Pese a las dificultades, las iniciativas de cohousing evidencian que el malestar con el modelo habitacional no es patrimonio exclusivo de las generaciones más jóvenes. Uno de cada diez hogares con personas mayores de 65 años declaraba estar insatisfecho con su vivienda en 2023, según la Encuesta de Condiciones de Vida. Asimismo, aunque son el grupo con mayor acceso a la propiedad, cada vez más mayores viven de alquiler en condiciones de mercado: han crecido del 2,9 % al 5,2 % en la última década, cifra que asciende al 7,5 % si se incluyen los alquileres bonificados.
La arquitectura que cuida
En Villa Rosita, el diseño de las instalaciones no solo responde a motivos estéticos. Como en otros proyectos de cohousing, la arquitectura está pensada para favorecer la autonomía de sus habitantes y garantizar que los espacios sean accesibles y funcionales en todas las etapas de la vida.
“Las habitaciones permiten que una silla de ruedas pueda girar sin dificultad, y el baño, de estilo geriátrico, está conectado directamente con el dormitorio”, explica Sonsoles. Estos detalles son claves para garantizar el envejecimiento en casa.
“Hay que eliminar las barreras físicas para que las personas mayores puedan moverse libremente o, si lo necesitan, recibir ayuda de un cuidador. También deben poder reconocer el espacio como su hogar, incorporando elementos que les ayuden a orientarse, sobre todo en casos de demencia”, subraya Lantarón. “Si la vivienda no está bien pensada, acabarán teniendo que mudarse”.
Junto a las 29 viviendas privadas, el complejo cuenta con otras cinco habitaciones; hoy destinadas a visitantes, pero con un propósito más amplio a largo plazo. “Ahora las usamos para hospedar a familiares o a visitantes que quieren conocer el proyecto, pero también están preparadas para acoger, cuando llegue el momento, a cuidadores a tiempo completo, o incluso para afrontar situaciones excepcionales, como un posible confinamiento”, explica Manel.
Pese a ello, el acceso a cuidados profesionales a domicilio no está garantizado por ahora. “Hemos contactado con Servicios Sociales de Torrelodones, pero de momento no existe un protocolo establecido para atender un proyecto como este”, reconoce Sonsoles. “Cuando haya aquí varias personas enfermas, lo lógico sería que sea un profesional el que se desplace. Seguiremos dialogando con la administración para encontrar una solución a largo plazo”.
Mientras tanto, los vecinos exploran fórmulas de apoyo y cuidados mutuos que refuercen su autonomía. Se inspiran en iniciativas similares, donde pequeños gestos cotidianos, como acordar descorrer las cortinas cada mañana, permiten activar una red de cuidados informales. Si alguien no lo hace, se interpreta como una posible señal de alerta que invita a actuar.
Además de los cuidados, la arquitectura de los cohousing fomenta la cercanía entre los vecinos, al facilitar el contacto visual y la interacción mutua. “Poder mirar desde una ventana las zonas comunes multiplica las oportunidades de interacción espontánea”, explica Lantarón. Por ello, “es vital ofrecer espacios diversos para reunirse, que permitan acoger a grupos pequeños y a toda la comunidad”, fomentando una vida compartida y activa.
Paseando por las extensas zonas ajardinadas de la finca, nos cruzamos con Javier, que poda con paciencia una rama rebelde. “Por ahora nos encargamos nosotros del huerto y el jardín”, explica Sofía, que lo acompaña mientras cuida unas hortensias que trasplantó de su antigua casa. “Tenemos plantadas berenjenas, calabacines, pepinos, judías verdes, calabazas… Esta finca es un sueño hecho realidad. Disfruto mucho de la compañía, las actividades y del tiempo al aire libre”, resume.
Antes de mudarse a Villa Rosita, Sofía vivía en Las Matas (Las Rozas de Madrid), población que se encuentra a apenas diez minutos en coche. “Es fundamental que estas comunidades se ubiquen en los barrios donde el grupo ha vivido toda la vida, para que las personas puedan mantener su red social”, afirma Lantarón. “En ocasiones, se ven obligadas a desplazarse lejos por las dificultades para acceder a suelo, y esto puede no ser tan beneficioso”.
En pleno sol de justicia de julio, la mayoría de los vecinos se resguarda en sus viviendas. Uno de los grandes logros constructivos de Villa Rosita es su eficiencia energética, condición exigida por la cooperativa desde el inicio del proyecto. “Se buscó un alto nivel de aislamiento y se instalaron equipos de climatización de bajo consumo y paneles solares”, detalla el arquitecto Miguel Ángel Piquet. Una casa para toda la vida no solo debe adaptarse a sus habitantes, sino también protegerlos del entorno sin renunciar a la sostenibilidad.
Precarios hasta la vejez
No todas las formas de convivencia compartida en la vejez responden al mismo espíritu. Iniciativas como Villa Rosita parten de un proyecto colectivo autogestionado, en el que un grupo de personas decide organizarse para envejecer acompañadas, desde la autonomía y el apoyo mutuo. En cambio, el coliving suele ser una solución impuesta por la precariedad económica y la falta de alternativas habitacionales. Los datos del INE expuestos previamente reflejan precisamente casos de personas mayores que comparten piso con desconocidos ante la imposibilidad de afrontar un alquiler en solitario.
“Aunque ahora sea un fenómeno minoritario, puede anticipar una tendencia en el futuro”, señala Módenes, investigador del CED. “Si el acceso a la propiedad sigue siendo tan limitado para los jóvenes, es fácil imaginar que dentro de 20 o 30 años una parte significativa de la población mayor vivirá de alquiler en condiciones de inseguridad. Hoy las cifras son aún pequeñas y manejables, pero si no se actúa con políticas de vivienda para prevenirlo, podríamos enfrentarnos a un problema estructural en el futuro”.
“Tendemos a pensar que al cumplir 65 años todas las desigualdades desaparecen, como si la edad igualara a todo el mundo, pero no es así: las clases sociales siguen operando en la vejez”, advierte la socióloga Irene Lebrusán.
“El coliving, que se presenta con frecuencia como una solución innovadora, es el compartir piso de toda la vida y supone una privación del derecho a una vivienda digna. La vivienda es también un refugio emocional y psicológico. Tener que compartir baño o cocina con desconocidos puede ser profundamente desestabilizador”.
Vivir en comunidad no es solo cosa de jóvenes ni de hippies. En Torrelodones, un grupo de mayores ha elegido compartir la jubilación, la soledad y los cuidados