13/10/2026
Una vez, tendría yo siete u ocho años, le grité a un torero «hijo de p**a, asesino». Mi padre concentró en su faz toda la furia del mundo, me miró como miraría Sarah Santaolalla el Monumento al Sagrado Corazón de Jesús del Cerro de los Ángeles, me llevó a casa y allí me obsequió con una bronca de autor, de las que se adhieren a la memoria in saecula saeculorum. Y muy bien que hizo.
Renegué del antitaurinismo mucho después, en cuarto de carrera, cuando una compañera que soñaba con ser concejala de Cultura de Podemos —no es broma— celebró en plena clase de Historia del Periodismo Español la prohibición de las corridas de toros en Cataluña. Alegué que no me gustaban, que la cancelación no radicaba en el ecologismo, sino en la hispanofobia, y defendí, en plan Evelyn Beatrice Hall, con cierta ingenuidad, que los aficionados pudieran ir cuanto y cuando quisieran. «Entonces, ¿también legalizamos las drogas?», me preguntó indignadísima. «Sí», respondí. No vean cómo se puso.
El animalismo neurótico, febril y cerril me acercó al mundo del toro, y se encargaron de llevarme a Las Ventas los amigos taurinos, sobre todo, los periodistas Javier Romero y Chapu Apaolaza, autor de un libro maravilloso, 7 de julio (Libros del KO, 2016), que me sirvió, si no de evangelio, sí de catecismo. Ni el cordobés ni el donostiarra me persuadieron en exceso, todo hay que decirlo: pensé que opondría mayor resistencia.
Lee en nuestra web el artículo €3 publicado originalmente en el libro '51 periodistas hablan de toros' de la Fundación del Toro de Lidia (enlace en stories)