06/08/2026
El agotamiento de quienes cuidamos colonias felinas
Parece que se nos olvida que detrás de cada colonia felina hay personas. En la inmensa mayoría, mujeres. Mujeres que llevan años alimentando, rescatando, esterilizando, limpiando, llevando animales al veterinario, buscando adopciones y soportando un desgaste físico y psicológico enorme.
La pregunta es sencilla: ¿de qué sirve aprobar una ley si luego no se garantiza su cumplimiento?
Ocurre con muchas normas destinadas a proteger a los más vulnerables. Existen leyes para proteger a las mujeres, a la infancia, a las personas dependientes, a las personas con discapacidad y también existe la Ley de Bienestar Animal. Pero una ley sin recursos, sin medios económicos, sin protocolos claros y sin voluntad de hacerla cumplir acaba convirtiéndose, demasiadas veces, en una promesa vacía.
Mientras tanto, quienes estamos sobre el terreno hacemos auténticos malabares para seguir adelante. Organizamos mercadillos solidarios, rifas, sorteos, campañas de donaciones, vendemos objetos de segunda mano, buscamos socios y cualquier iniciativa que permita reunir unos euros más. Todo vale cuando se trata de salvar una vida. Todo vale para alimentar, esterilizar, medicar y rescatar animales que han sido abandonados, maltratados o simplemente olvidados.
Vemos gatos envenenados, atropellados, enfermos, maltratados o asesinados. Denunciamos, reclamamos y pedimos ayuda. Y, aun así, demasiadas veces sentimos que nada cambia.
Los ayuntamientos tienen responsabilidades en la gestión ética de las colonias felinas. No debería depender del bolsillo, del tiempo y de la salud de un grupo de voluntarias que una colonia esté alimentada, esterilizada y controlada.
Después de muchos años llega un momento en el que el cuerpo y la mente dicen basta. No porque dejemos de querer a los animales, sino porque el agotamiento de luchar contra la indiferencia termina pasando factura.
No pedimos privilegios. Pedimos que las leyes se cumplan. Que los presupuestos destinados al bienestar animal se ejecuten. Que existan medios suficientes. Que quien incumpla la ley, sea un particular o una administración, responda por ello.
Porque detrás de cada gato hay una vida. Y detrás de cada colonia hay personas que llevan demasiado tiempo sosteniendo, casi en solitario, una responsabilidad que debería ser compartida por toda la sociedad.
Seguiremos alzando la voz. No por nosotras, sino por quienes no pueden hacerlo. Porque proteger a los animales también dice mucho de la sociedad que queremos construir.
A veces se nos olvida que detrás de cada colonia felina hay personas. Y en la gran mayoría de los casos, mujeres. Mujeres que llevan años alimentando, rescatando, esterilizando, limpiando, llevando animales al veterinario, buscando adopciones y aguantando un desgaste físico y mental enorme.
La pregunta es bastante simple: ¿de qué sirve aprobar una ley si luego no se asegura que se cumpla?
Pasa con muchas normas pensadas para proteger a los más vulnerables. Hay leyes para proteger a las mujeres, a la infancia, a las personas dependientes, a las personas con discapacidad y también existe la Ley de Bienestar Animal. Pero una ley sin recursos, sin dinero, sin protocolos claros y sin ganas reales de hacerla cumplir acaba siendo, muchas veces, una promesa vacía.
Mientras tanto, quienes estamos en el terreno hacemos auténticos malabares para seguir adelante. Organizamos mercadillos solidarios, rifas, sorteos, campañas de donaciones, vendemos cosas de segunda mano, buscamos socios y cualquier idea que ayude a sacar unos euros más. Todo vale cuando se trata de salvar una vida. Todo vale para alimentar, esterilizar, medicar y rescatar animales que han sido abandonados, maltratados o simplemente olvidados.
Vemos gatos envenenados, atropellados, enfermos, maltratados o asesinados. Denunciamos, reclamamos y pedimos ayuda. Y aun así, demasiadas veces sentimos que nada cambia.
Los ayuntamientos tienen responsabilidad en la gestión ética de las colonias felinas. No debería depender del bolsillo, del tiempo y de la salud de un grupo de voluntarias que una colonia esté alimentada, esterilizada y controlada.
Después de muchos años, llega un momento en el que el cuerpo y la mente dicen basta. No porque dejemos de querer a los animales, sino porque el cansancio de luchar contra la indiferencia acaba pasando factura.
No pedimos privilegios. Pedimos que las leyes se cumplan. Que los presupuestos destinados al bienestar animal se utilicen de verdad. Que haya medios suficientes. Que quien incumpla la ley, sea un particular o una administración, responda por ello.
Porque detrás de cada gato hay una vida. Y detrás de cada colonia hay personas que llevan demasiado tiempo sosteniendo, casi en solitario, una responsabilidad que debería ser de toda la sociedad.
Seguiremos alzando la voz. No por nosotras, sino por quienes no pueden hacerlo. Porque cómo tratamos a los animales también dice mucho del tipo de sociedad que queremos ser.
Cumplir la Ley de Bienestar Animal no es una opción. Es una obligación. Y cada día de retraso se paga con sufrimiento, tanto animal como humano.