22/05/2026
Observar cómo alguien se retira de nuestra vida suele ser tan revelador como observar cómo llegó. El final de una relación —sea de pareja, amistad o vínculo familiar— muchas veces expone aspectos del carácter que antes podían pasar desapercibidos. Hay personas que, al irse, lo hacen desde la honestidad, el respeto y la responsabilidad afectiva; otras, en cambio, se retiran desde la evasión, la crueldad, la indiferencia o incluso sacando lo peor de sí: palabras hirientes, desprecio, traición o actitudes corrientes que dejan una marca amarga.
La manera en que alguien termina un vínculo suele hablar de sus recursos emocionales: de su capacidad para tolerar culpa, frustración, conflicto y despedida. Quien hiere innecesariamente al irse quizá no siempre está mostrando quién era durante toda la relación, pero sí cómo maneja el dolor, el miedo o la incomodidad. A veces destruir, humillar o irse de forma ruin es más fácil que afrontar una conversación digna.
Y ahí aparece una reflexión importante: no todo final define nuestro valor; muchas veces define la madurez —o inmadurez— de quien se va. Que alguien salga de nuestra vida de forma desleal o mezquina puede doler, pero también enseña que no todas las personas saben cerrar ciclos con la misma integridad con la que los abren. Al final, la forma en que alguien se despide también es una forma de decir quién es cuando ya no tiene interés en quedarse.
Sergio Rodríguez B.
Psicoanalista