07/12/2019
Vivimos en un mundo que parece construirse a espaldas de los valores evangélicos. Ves a alguien y le preguntas: “¿Cómo estás?”. Casi siempre la respuesta es contarte sus problemas de salud, económicos y hasta su no muy halagüeña vida sentimental.
Parece que el motor del mundo es el materialismo, el placer, el consumismo, el libertinaje o la corrupción. Los principales titulares de los periódicos, la televisión y la radio nos hablan de violencia, guerras, hambre y violación de los derechos humanos.
Esto hace que la gente tenga cara de amargura y tristeza y no disfrute de la vida, aunque trate de disimularlo comprando un coche o un apartamento en la playa y unos viajes exóticos; o que viva deseando lo que no es posible lograr.
Como cristianos, también aturdidos por estas noticias o la insatisfacción, a veces estamos tentados de arrojar la toalla y no luchar. Tampoco esto te hará feliz.
¿Por qué nos extrañamos de este potingue de situaciones? Jesús nos lo anunció ya: “Llega la hora en que os dispersaréis cada uno por vuestro lado y me dejaréis sólo. En el mundo tendréis tribulación. Pero, ¡ánimo! Yo he vencido al mundo”.
Los cristianos no somos “profetas de desgracias” ni del mal humor, amargura y tristeza. Para San Pablo: “Sobre estas cosas triunfamos por Aquel, que nos amó”.
¿Te vas a quedar anclado en todas estas cosas, que nos llevan a la muerte? ¿No crees que Cristo ha resucitado y con Él, también hemos resucitado tú y yo?
Estamos comprometidos a ser “sembradores de esperanza” en este mundo que, aunque lo trate de tapar, vive en la infelicidad y la desesperación.