28/11/2024
El poeta sevillano Manuel Mantero nació en 1930, el mismo año de nacimiento que José Manuel García Gómez. Muy pronto se despertó en ellos la vocación del verso. De esa vocación nació una amistad que fue también epistolar con cartas que fueron cruzándose en los años cincuenta y sesenta. En las páginas de la revista de poesía Caleta, que dirigió García Gómez, Mantero publicó algunos de sus versos.
El primer poema que publica en Caleta, en su novena marea, es “Aquel Manuel Mantero” con dedicatoria para Rafael Laffón. No deja de ser curioso que en esa entrega de Caleta aparezcan de manera consecutiva Mantero, Ángel García López y Julia Uceda, los tres desaparecidos durante 2024.
“Mínima de la desesperanza” figura en el número 10 de Caleta, número navideño. En la duodécima Caleta Mantero entrega sus “Mínimas de amor por primavera”, a doble página. En las siguientes entregas de la revista publica “Razón” y ya, en una segunda época de la revista, en un número de 1967, la “Oda a la alegría o martirio de Thomas Merton”.
Las cartas de Mantero a García Gómez muestran un sincero afecto en tiempos difíciles en los que el franquismo golpeaba fieramente. Se encontraron varias veces en aquellos años de poesía vivida y respirada. El primer encuentro se produjo en 1954 en Sevilla. Hay una foto tomada en la Plaza de España en la que posan, además de Mantero y García Gómez, el poeta uruguayo Generoso Medina, el sevillano Manuel García Viñó y el roteño Ángel García López.
En las memorias de Mantero, Había una ventana de colores, hay un retrato de valor incalculable que el sevillano deja de su amigo gaditano:
José Manuel hacía una revista, Caleta. Nombre indicado, ya que salía en Cádiz. La revista estaba bien editada. En ella publiqué yo mis primeros versos verdaderos. Era moreno hasta casi parecer gitano. Y extravertido. Una de nuestras bromas consistía en llegarnos a la casa donde viviera Cernuda en Sevilla en la calle Aire y preguntar si allí vivía don Luis Cernuda. Hartos ya de decir que no, un día contestaron que vivía en la casa de al lado y que había dicho que le avisaran.
Se enamoró de una hija del catedrático Royo como un adolescente. Antes se había enamorado de una secretaria de José María Pemán y según me contó el Opus Dei impidió que esos amores siguieran adelante. Pemán lo apreciaba, pero él la tenía tomada con Pemán. Una vez, en Sevilla, colmados de vino, José Manuel y yo, le pusimos un telegrama de texto insultante; Pemán lo olvidó, con su generosidad habitual. Otra vez en una lectura mía de poemas en Cádiz, ¡en su Cádiz!, aprovechamos para dudar en público de Pemán como poeta y el comentario suyo al enterarse fue: ¡Esos niños!
Cuando me casé –mil novecientos sesenta y tres– el regalo que José Manuel nos ofreció a mi mujer y a mí en su casa de la calle Cervantes fue un concierto flamenco a cargo de un cantaor amigo suyo.
Pasaron los años, se casó a gusto, y fundó y dirigió en Cádiz un colegio que hoy dirige un hijo suyo, también poeta. Su revista, Caleta, queda como un punto de referencia necesario en aquellos años de renacer andaluz.
Este relato y retrato de Mantero sintetiza lo mucho que unió a ambos en aquellos años de desvelos personales y líricos. Muestra de ello es esta carta fechada en Sevilla el 6 de mayo de 1959:
José Manuel, ¿Cuántos sonetos, ¿cuántos versos hace que te conozco? ¿Y cómo me vino esta amistad con vosotros los poetas de Cádiz? Entrañablemente os tengo en mi corazón: Tejada, Carlos y Antonio Murciano, Julio Mariscal… y tú, José Manuel, verdadero y fiel a tus murallas salinamente ventiladas. Recuerdo la primera vez que nos vimos, allá en la calle Laraña. Tú me esperabas en unión de Ángel García López. Habías venido de Cádiz con Generoso Medina, el poeta uruguayo. Nuestra amistad tenía base y futuro. Eran tiempos ( y era ayer mismo) de afilar la pluma y la intención. Luchábamos por nosotros mismos, por nuestro verso. Hoy, José Manuel, quizá sea preciso luchar menos. Las piezas del mecano van uniéndose apaciguadamente. Podemos caminar por nuestro propio paso. Pero hemos empuñado una lanza de hermosura para defender algo inaudito: Andalucía. Bajo ese palio dulce quiero verte hoy: Andalucía nuestra, la que no se casó con ningún inglés como dijera Federico, Andalucía que nos nutre y nos engaña. Andalucía madre novia, lancinante y preciosa como un buen sueño, rica de hazaña aventurera y cambiante, luminosa, para la vida y para la muerte acostumbrada de los días. Tú y yo, José Manuel, nos hemos empeñado quizá más que nadie – vanidades aparte- en defender a la madre escupida, a la novia manoseada, en juntar ímpetus, en armonizar voluntades y ofrecer a todos una disciplina, un orden, una empresa y un realce. Y nos hemos empeñado en esto exageradamente a veces, casi con la violencia porque la violencia es bella conveniente a veces
¿Qué otra cosa fue – y es- tu «Caleta” que un amarre andaluz de poetas, ¿hecho con sentido propio? A ti y a mí nos duele Andalucía, nos alegra y nos conturba. Manos de fuera la intentan tocar, y ella se evade como un gorrión voluntario. Piernas de fuera la quieren inmovilizar, y ella se desposee con la ignorancia de una duquesa que se ignora entre amapolas nativas. Labios de fuera la persiguen con besos, y ella se dispersa como un chorro de fuente oprimido por un dedo. Esto es lo que nos quema y lo que nos une: amor a la tierra, fidelidad al sitio. De aquí, centro vivo, tenemos que partir, y saltar a la altura, de nuestro propio nacimiento entrañado y oloroso. Pero yo venía a hablar de ti, a «presentarte». Somos muy ceremoniosos. «Presentarte». ¿No estás ya presente? Habla tú por mí. Hablarás del amor en la poesía. No hace mucho Neruda afirmaba a un periodista que quien no escriba de amor por estimarlo atrasado es un memo o algo parecido. Un memo, digo yo, o otra cosa peor. Hablar del amor, como de la muerte o de Dios, es tremendo. Pero los andaluces somos también tremendos. Tremendos para decir tú lo tuyo aquí esta noche, con gripe, tremendos para encontrarnos aquí, una noche cualquiera, en Sevilla, en Andalucía, y romper tú a hablar enamoradamente, y yo a callarme y colgarme de los flecos del milagro de la poesía.
En una carta anterior a ésta Mantero mostraba su preocupación por la progresiva huida de los poetas de Sevilla con García Viñó en Madrid, Aquilino Duque en Alemania y Julia Uceda en Huelva antes de su marcha de España. Mantero terminará yéndose a Estados Unidos, alejándose de un entorno poco propicio para la creación.
No consta que volviera a encontrarse con su amigo José Manuel García Gómez, pero sí volvió a dejar muestras de su afecto hacia él cuando participó en el documental En medio de las olas, dedicado a la memoria del poeta gaditano y estrenado en 2009.