28/05/2026
Un gran día.
El 28 de mayo del año 722 se produjo la batalla de Covadonga entre los cristianos que poblaban las zonas montañosas de Asturias y las tropas del califato omeya de Damasco, que resultaron derrotadas, en un paraje próximo a Cangas de Onís (Asturias). Es considerada el nacimiento del Reino de Asturias y el inicio de la resistencia cristiana a la conquista musulmana de España.
Tras la caída del reino visigodo, el bereber Otman ben Neza, conocido por los cristianos como Munuza, fue nombrado valí del tercio noroccidental de la península. Su autoridad fue desafiada por algunos dirigentes astures que decidieron rebelarse negándose a pagar los impuestos exigidos, el jaray y el yizia. Tras algunas acciones de castigo a cargo de tropas musulmanas, Munuza solicitó el envio de refuerzos desde Córdoba. Aunque se restó importancia a lo que estaba sucediendo en el extremo norte, Córdoba envió al mando de Al Qama refuerzos a la zona.
Pelayo esperó a los musulmanes en un lugar estratégico, como el angosto valle de Cangas de los Picos de Europa cuyo fondo cierra el monte Auseva, donde un atacante ordenado no dispone de espacio para maniobrar y pierde la eficacia que el número y la organización podrían otorgarle. El enfrentamiento se produjo en la cueva de Covadonga y se saldó con la completa derrota de los sarracenos. Se desconocen las dimensiones exactas del ejército de Pelayo (aunque las crónicas árabes hablan de 300 hombres) o el de Al Qama, aunque los recientes descubrimientos arqueológicos hacen pensar que las fuerzas cristianas de la región eran de varios miles y que la rebelión de Pelayo y, consecuentemente, las tropas musulmanas de Al Qama, eran de una entidad tal que no cabría calificar al enfrentamiento de escaramuza. La cuestión es que las tropas sarracenas fueron diezmadas, obligando a Munuza a escapar de Gijón, donde se hallaba en ese momento. Al Qama halló la muerte en este lance, mientras que sus fuerzas sufrieron grandes pérdidas en su desordenada huida.
La Batalla de Covadonga tuvo una amplia difusión en la historiografía posterior como detonante del establecimiento de una insurrección organizada que desembocaría en la fundación, en principio, del reino independiente de Asturias, y de otros reinos cristianos al norte de la península.
Mitificada y convertida en un acontecimiento épico, desde hace décadas se niega la versión más épica de la batalla. Mientras que la mayoría de académicos no duda de la existencia del enfrentamiento, algunos historiadores han puesto en duda su existencia, incluso la del mismo Don Pelayo. Es mucho más difícil proponer que no existió que sostener que existió. Existen hasta documentos islámicos del siglo X, donde lo mencionan como un rey rebelde que se alzó contra el califa de Damasco. El único argumento contra la existencia de Pelayo es que la crónica mozárabe de 754 no lo menciona, como tampoco menciona a otros personajes y acontecimientos que sabemos que ocurrieron. Hay tal cúmulo de testimonios sobre Pelayo que hace insostenible afirmar que no existió. En cuanto a la batalla está claro que está mitificada y que no se trató de una gran batalla, aunque tampoco de una escaramuza sin más, ya que una simple escaramuza no le hubiera otorgado a Pelayo el prestigio para ser nombrado líder ni perder una escaramuza habría obligado a los musulmanes a retirarse de Gijón. No es un caso excepcional con respecto a otros acontecimientos de la Alta Edad Media, donde la ausencia de fuentes fiables es un obstáculo para el conocimiento. Sea como fuere, Covadonga ha tenido una gran trascendencia como "mito fundacional", habiéndose además convertido la zona en un importante lugar de peregrinaje religioso.
Las crónicas cristianas posteriores llegaron a magnificar esta batalla, llegando a considerarla nada menos que el punto de partida de "la salvación de Hispania". Las crónicas árabes nombran el acontecimiento aunque le restaron importancia al acontecimiento. El cronista musulmán al-Maqqari, afirma que las huestes de Al Qama decidieron retirarse de las montañas astures porque al fin y al cabo allí sólo había "treinta asnos salvajes", por lo que se preguntaron "¿qué daño pueden hacernos?"».
Una frase lapidaria que se volverá en su contra. Lo cierto es que ese territorio habitado por “treinta asnos” resistió al dominio musulmán y dio inicio a la contención y paulatino avance cristiano frente al Islam durante el resto de la Edad Media en la vieja piel de toro.