11/03/2026
EL OASIS DE RADU
Radu vive en el Oasis, un vergel que se enfanga cuando llueve, pero sin fuentes ni grifos que arrojen una sola gota de agua limpia.
El Oasis es el refugio de Radu y de sus muchos amigos: los animales. En ese paraíso tenía un chamizo de maderas desgastadas, uralita y plásticos protectores, con una puerta rescatada de algún derribo que le permitía dormir a pierna suelta… siempre que se lo consentían las ratas.
Fue por las ratas por lo que empezamos a tratarlo. Por entonces Radu pastoreaba por cañadas y hondonadas un rebaño de cabras, siempre tras los pastos, atento a la m***a, al ordeño y al destete. Cada cabeza tenía su nombre —la Florina, el Ionel, la Marinela, el Vasile—, cada una sus querencias y apegos, todas protegidas paternalmente por Radu. Su sueldo, cien euros mensuales, no alcanzaba siquiera para cubrir los gastos de cerveza, y terminó por dejar el pastoreo.
Por aquella época, cuando regresaba a su oasis y el sueño reparador le cerraba ojos y oídos, los chillidos de las ratas hambrientas lo despertaban sin remedio. Radu nos pidió veinte euros para levantar una barrera de cemento. Se los dimos y nunca volvió a pedir nada más.
Hasta que llegaron las borrascas. El techo del chamizo se volvió un colador, la puerta quién sabe dónde acabó, y los gatos y perros que lo arropaban por las noches comenzaron a tiritar y a quejarse del frío. En el vergel sin agua del Oasis los animales campan a sus anchas: gallinas ruidosas, pavos, perros, gatos, patos y hasta un cerdo vietnamita han llegado a hospedarse allí.
Gallinas, pavos y patos tienen dueño. Los perros no son de nadie. Pero todos saben dónde dormir cuando hace frío: en la chabola de Radu. Lo mismo que los gatos, tan cautos para hacer amigos, que allí conviven con los perros en una calma casi paradisiaca.
Cuando llegaron las sucesivas borrascas muchos en el asentamiento intercedieron por él: le cala la lluvia, pasa mucho frío, apenas come, ha pescado un catarro que hasta le asquea la cerveza…
Esto último seguro que no es cierto, porque Radu ni a las puertas de la muerte rechazaría un vaso de cerveza.
La cerveza es su compañera ideal: le alegra las horas malas, le abre aún más su sonrisa natural, le esponja el corazón. Cuando ha bebido un poco de más canta bajito, cuenta historias de Teleorman y reparte toda la comida que le regalaron en el supermercado. Nunca conocí a nadie con tan buen vino: a este hombre el vino lo engrandece…
Y él corrige siempre, con una sonrisa:
—Calla, calla, mi mejor amiga es la cerveza.
Lo cierto es que Radu tiene muchos amigos. Me atrevería a decir que todos sus conocidos lo son: junto con la cerveza, los perros, los gatos y las gallinas. Todos menos las ratas.
Y cuando, sentado en el suelo, extiende la mano a la puerta de la parroquia, llama “amigo” o “amiga” tanto a quienes abren el monedero como a quienes lo cierran; a quienes le dan las buenas noches y a quienes pasan corriendo sin mirarlo. Para él todos son amigos, y a todos les regala su sonrisa abierta.
Radu, que en rumano significa “alegre” o “feliz”, hace honor a su nombre.
Pero cuando llegaron las sucesivas borrascas la sonrisa de Radu empezó a apagarse. Ahora, a la entrada de la parroquia, ya no extendía la mano a las feligresas. Machaconamente, como en una jaculatoria, repetía:
—Que alguien me dé cemento, arena, ladrillos…
—Que alguien me ayude a levantar mi chabolita.
Quién puede resistirse a semejante oración.
Radu no estaba pidiendo que le tocara la bonoloto ni que una herencia inesperada lo despertara millonario. Ni siquiera imaginaba las turbias maneras de hacerse rico: negociar con venenos adictivos, comerciar con armas en zonas de conflicto, traficar con seres humanos.
Tampoco pedía a la vida —ni al ayuntamiento— una vivienda digna, objetivo seguramente más inalcanzable que el premio de la bonoloto.
A él le bastaba con cuidar de sus gatos y perros, llevarse bien con propios y ajenos, beber algunas cervezas y, sobre todo, tener una chabola de madera ma**za, con una puerta fuerte y una defensa de cemento capaz de burlar a las ratas.
Y Radu logró su propósito. No importa demasiado cómo lo consiguió, porque esta es una historia de algo mucho más simple: de cómo, cuando la vida se vuelve injusta y todas las puertas parecen cerradas, a veces basta una puerta de madera, un poco de cemento y un techo que no gotee para sostener la vida de un hombre.