12/05/2026
El 12 de mayo de 1775 nació María de la Consolación Azlor, conocida como La Condesa de Bureta, una noble que fue una destacada he***na de los Sitios de Zaragoza contra los franceses.
Nacida en Gerona, de familia ilustre, era hija de Manuel Azlor y Urríes Virto de Vera, jefe de la rama menor del ducado de los Villahermosa, y de Petronila Tadea de Villavicencio y Villavicencio, perteneciente a la rama jerezana de los duques de San Lorenzo. Su padre, militar de carrera, se hallaba destinado en Gerona ostentando el cargo de gobernador y regidor cuando la futura he***na vino al mundo. De ellos recibirá una esmerada educación, en la que no se descuidó el culto a la música, arte y literatura. De carácter vivaz e ingenioso, fue tenida también por una excelente conversadora, muy valorada en los salones de tertulias.
En 1794 se casó con el conde de Bureta, prendado por su belleza y cultura. Matrimonio que duró casi una década hasta la muerte de él.
En la Guerra de la Independencia, durante los dos asedios que sufrió la ciudad de Zaragoza, la de Bureta (como se la conocía entre el pueblo llano) tuvo un relevante papel. De su casa palacio salieron abundantes raciones de comida y vino para la tropa que ella mismo ayudó a repartir, llegando a los puntos de mayor peligro para dar enardecidas palabras de ánimo a los defensores.
En el transcurso del primer sitio, los franceses bombardearon el Santo Hospital de Nuestra Señora de Gracia, atestado por más de dos mil heridos y gran cantidad de dementes y niños, Consuelo, junto a otros valientes, entró en el gran edificio en llamas rescatando a muchos infelices del fuego y de los escombros, en una operación heroica. La penetración, al día siguiente, de los franceses por la parte del Coso, hizo cundir el pánico entre el paisanaje que huyendo en desbandada arroja las armas. Ella, se echó a la calle arengando a los que aún combatían y recriminando severamente a los que daban la espalda al enemigo, conminándoles a coger los fusiles. En tal tarea se hallaba, cuando fueron a comunicarle que los imperiales acechaban las inmediaciones de su casa. Al instante corrió al palacio (donde tenía acogidas mujeres que habían perdido su hogar, religiosos, enfermos y niños) y parapetándose tras un cañón, en la puerta del mismo, esperó a pie firme el ataque del enemigo.
Tantas penalidades parecieron terminar en agosto, fecha en la que los franceses levantaron el sitio. Aprovechando la tregua, contrajo matrimonio con Pedro María Ric y Monserrat, por estas fechas regente de la Real Audiencia. Entre tanto, la ciudad se afanaba en reconstruir las desechas fortificaciones, tarea en la que Consuelo también se involucró, obviando su estado de buena esperanza, lo que la llevará a sufrir un ab**to.
Los franceses volvieron en diciembre, dando lugar al segundo sitio. Pese a encontrarse convaleciente halla el modo de ser útil cosiendo, desde su lecho, sacos terreros o rasgando el delicado ajuar para convertirlo en vendas. Cuando pudo ponerse en pie, su menuda figura volvió a hacerse familiar por calles y trincheras animando al combate y repartiendo víveres. A esta actividad diaria hay que añadir el cuidado prodigado a la cantidad de enfermos que poblaban su casa, afectados por la tremenda epidemia de tifus que asolaba la ciudad, gastando con ellos elevadas sumas de dinero en botica. Tanta generosidad la llevó a vaciar sus despensas, bodega y bolsillo, obligándola a conocer la pobreza.
Tras la capitulación de la ciudad, en febrero de 1809, Ric, con fundado temor a las represalias, tiene que sacarla de Zaragoza poniéndola a salvo en su casa natal de Fonz (Huesca). Los franceses, dueños de Huesca, se dejaban ver por las inmediaciones de Fonz, visión que le hizo concebir, lo que llamó “una bonita idea”. Con la inestimable ayuda de su marido, para su puesta en marcha solicitó la ayuda de la guerrilla y de todos los foncenses, a los que levantó en armas, consiguiendo derrotar a varias columnas, que previamente fueron atraídas hacia el río. Este enfrentamiento se conoce como la batalla del Cinca, saldándose con 881 bajas francesas y la captura de 600 prisioneros.
De tierras altoaragonesas emprende la familia un largo periplo que les llevará a Cádiz, destino de Ric como diputado a Cortes por Aragón. Allí vivirán pobremente en una única habitación donde cuida de los suyos y de la pequeña Pilar, nacida durante el viaje. La triste situación por la que pasan la obliga a comprar de fiado, porque el sueldo del diputado no llegará. Su estado de ánimo, por las circunstancias de la guerra, no es mejor y, según escribe, viste exclusivamente de negro, negándose a asistir a fiestas y saraos, porque le parece del todo inadecuado participar en diversiones cuando tantos patriotas están muriendo en defensa de España.
Liberada Zaragoza, llegan a la ciudad en octubre de 1813. Pese a hallar su casa saqueada vive dulces momentos, en los que tiene el honor de recibir a Fernando VII anunciándole que en sus entrañas lleva un nuevo defensor de la corona, noticia que el rey acoge proponiéndose como padrino de lo que venga.
Llegado el momento del parto éste se complica terriblemente sin que el doctor pueda hacer nada por salvar la vida del niño. La madre queda debilitada. La enorme pérdida de sangre y la infección contraída le merman las defensas, acabando con su vida diecinueve días después. La noticia del fallecimiento llenó de dolor a los zaragozanos. El multitudinario funeral se celebró en la iglesia de San Felipe, siendo depositados sus restos junto a los del niño, colocado cuidadosamente sobre el regazo.
Fue condecorada por Fernando VII, con todas las distinciones concedidas a los defensores de la patria.