25/05/2026
Hace un tiempo una amiga me dijo que estaba preocupada por mí. Me veía emocionada, vulnerable, conectada con el dolor, llorando a ratos, removida por cosas profundas de la vida y de las personas. Me dijo que me veía mal. Y recuerdo responderle algo que sigo sintiendo profundamente: precisamente ahí era donde mejor estaba.
Porque durante mucho tiempo entendí “estar bien” como estar controlada, fuerte, productiva, contenida, funcional, incluso cuando por dentro una parte de mí se iba apagando lentamente. Como si la estabilidad emocional consistiera en no quebrarse nunca, no emocionarse demasiado, no llorar, no amar intensamente, no sentir miedo, no sentir tristeza, no necesitar a nadie.
Y ahora creo que hay algo profundamente problemático en esa idea. Porque sentir no es necesariamente estar rota. A veces es exactamente lo contrario. A veces significa que el corazón sigue vivo.
Claro que hay que aprender a sostenerse, a no desbordarse constantemente, a no vivir arrasadas por cada emoción. Pero otra cosa muy distinta es aspirar a una especie de anestesia elegante donde ya nada nos atraviese demasiado.
Yo no quiero convertirme en alguien incapaz de conmoverse para sobrevivir. Quiero seguir sintiendo el dolor cuando algo duele y la belleza cuando algo es hermoso. Quiero poder llorar viendo el cielo, emocionarme con una conversación, con una canción, con una caricia, con una despedida, con el milagro extraño y frágil de estar vivos.
Porque quizá estar bien no sea no flaquear nunca. Quizá estar bien también sea poder sentir sin avergonzarse de tener corazón.