05/08/2026
UN RÍO ABANDONADO
Por Eduardo Pérez Barrau. Foro B21
No dejo de pensar, estos días de verano, con la mayor afluencia de visitantes y turistas, en la imagen que ofrece el río Vero a su paso por nuestra ciudad. Contemplo perplejo un cauce lleno de maleza, selvático, como un campo abandonado a su suerte, pero con más suciedad y basura. Un entorno degradado, ni natural ni urbano, dejado de la mano de Dios. Una estampa desoladora, imposible de ver en otras poblaciones, donde se vive de cara al río y se disfruta de una arteria natural que humaniza y embellece la vida de la ciudad.
Lo cierto es que nunca he visto una dejadez igual en ninguna de las ciudades por las que me muevo habitualmente. Zaragoza ha convertido la ribera del Ebro en un gran parque. Algo parecido ha hecho Lérida con el Segre. Huesca ha reformado el cauce del Isuela para adecentarlo en la zona de la universidad y, aquí al lado, Monzón ha logrado que el Sosa discurra entre zonas verdes restauradas y caminos transitables.
En Barbastro, sin embargo, se ha optado justo por lo contrario. Aquí, el Ayuntamiento presenta el estado de abandono del cauce del Vero como una cuestión técnica. Como si la maleza tuviera vía libre entre el hormigón del encauzamiento; como si el río, artificialmente constreñido y encajonado, no necesitara cuidados. “Qué equivocados están en Zaragoza, Lérida y Monzón con sus parques fluviales”, se escucha desde el consistorio.
El mantenimiento del Vero a su paso por la ciudad -salvo el tramo que discurre por el barrio de San Juan, que conserva todo su encanto natural- es prácticamente inexistente. Se limita a una siega anual con tractor y a la retirada puntual de algunos enseres y basuras. Corte sin lavado… y hasta el año que viene. Un apaño insuficiente que, además, cada año se retrasa más, ofreciendo una imagen de abandono difícilmente justificable.
El tramo urbano del río debería ser una gran avenida verde para disfrute de los vecinos; un espacio naturalizado, abierto a la ciudad. Un jardín desde el que contemplar un paisaje a escala natural y humana, tanto desde los puentes que lo atraviesan como a pie de cauce. Un pulmón natural y recreativo como el que ya disfrutan otras ciudades, pero que aquí se antoja imposible de conseguir.