06/10/2025
Lo que está ocurriendo en Gaza es una catástrofe humanitaria inaceptable. Día tras día, miles de civiles indefensos, muchos de ellos niños, pagan con sus vidas, su salud y su dignidad el precio de una violencia que no distingue entre combatientes y población inocente. La destrucción de hogares, escuelas y hospitales no puede ser justificada bajo ningún pretexto.
Del mismo modo, deben condenarse sin ambigüedades los ataques perpetrados contra la población civil israelí que desencadenaron la actual espiral de violencia.
Sin embargo, la respuesta en Gaza del estado de Israel ha desbordado cualquier límite de proporcionalidad y ha convertido a la población civil en víctima de un castigo colectivo insoportable. Privar a comunidades enteras de agua, electricidad, alimentos y refugio no es defensa: es una violación flagrante de los principios más básicos de humanidad y derecho internacional.
El mundo no puede permanecer impasible ante este horror. Callar equivale a ser cómplices de la devastación. Es urgente exigir un alto al fuego inmediato, la entrada sin trabas de ayuda humanitaria y un compromiso real con una solución justa que garantice la paz, la libertad y la dignidad de todos los pueblos de la región.
No podemos olvidar, además, que Gaza no es el único escenario donde la guerra arrasa vidas inocentes. En múltiples rincones del planeta —desde Oriente Medio hasta África y otras regiones olvidadas— existen conflictos armados que generan la misma desolación: niños que crecen entre escombros, familias desplazadas, comunidades enteras condenadas al hambre y al miedo. Cada guerra, en cualquier lugar del mundo, es una derrota de la humanidad.
La historia juzgará a quienes hoy decidan mirar hacia otro lado. Nuestra obligación moral es clara: alzar la voz contra la barbarie y defender la vida sin matices ni silencios, allí donde se encuentre amenazada.