14/06/2026
1° premio del XIII Certamen de Relatos Cortos
El día que la tierra se cansó de sujetarnos.
Laura Crespillo López
El día que la Tierra se cansó de sujetarnos de Laureana Dorleans (Pseudónimo) Mira, me vas a disculpar si me voy por las ramas, pero hoy tengo el cuerpo como si me hubieran dado una paliza de palos. Te estaba contando lo de la sábana, sí, pero antes tengo que decirte que el hijo de la Paqui ha vuelto a pintar la moto de ese verde horroroso que hace daño a la vista. La ha dejado arrancada justo debajo de mi ventana, soltando un humo que sube directo a mis macetas. Yo no sé qué mal he hecho yo en esta vida para tener este vecindario. En fin. Estaba yo tendiendo la sábana de hilo de mi madre, que en paz descanse. Una sábana con más años que el sol, de esas que pesan el doble cuando están mojadas y que una lava a mano por respeto, porque parece que si la metes en la lavadora se va a ofender de tanta modernidad. La alcé, la sacudí con fuerza para quitarle las arrugas y, en ese momento, se me vino un mechón a la cara. Solté una mano apenas un segundo para apartármelo… y la sábana se quedó allí. Suspendida. En mitad del aire, como si estuviera apoyada en una mesa invisible. Ni subía ni bajaba. Me quedé mirándola con las pinzas en la mano y la boca abierta, pensando que igual me había dado un parraque. Porque aquí, cuando aprieta el calor, no te calienta: te empuja. Te arrastra por la calle como si fueras una bolsa vacía y te hace ver visiones. —¡Mari Carmen! —me gritó Julián, el de la farmacia, desde la acera de enfrente. Asomé la cabeza por el balcón. Venía con la bata manchada de Dios sabe qué, como siempre, y sudando a mares. —¿Qué quieres, Julián? ¿No ves que estoy ocupada con un fenómeno? —le dije, señalando la sábana.
Él levantó la cabeza, se secó la frente con la manga y ni se inmutó. —Pues mira, ya que estamos… la báscula de la botica dice que peso tres kilos. Que se ha vuelto loca. Yo lo miré. Luego miré la sábana. Luego lo volví a mirar a él, que tiene una barriga que no baja de los noventa kilos ni harto de sopas. —Julián, tú no has pesado tres kilos ni cuando naciste. —Pues eso digo yo. Que me siento ligero, Mari Carmen. Como si me hubieran quitado los huesos. Y allí se quedó, plantado en mitad de la calle, rascándose la barriga y mirando hacia arriba con una cara de tonto que no podía con ella. Aquello no era bonito, qué va. Era un incordio. Porque a ver quién es la guapa que recoge una colada que ha decidido quedarse a vivir en el aire. El jazmín de la Purita empezó también con sus tonterías. Los pétalos se le desprendían y subían rectos hacia arriba, como si el cielo fuera un aspirador gigante. Y el gato tuerto de la esquina pegó un salto para cazar una mosca y se quedó un segundo largo allí colgado, con las patas abiertas y una cara de susto que me dio hasta la risa. Una risa floja, de esas que te dan cuando te das cuenta de que el mundo se ha vuelto tarumba. Me senté en el poyo. Me encendí un pitillo —sí, ya sé que no debo, pero no me des la charla tú también— y me quedé contemplando aquel disparate. Las macetas parecían pesar menos que un suspiro y las cortinas se salían por las ventanas como si quisieran echar a volar hacia el mar.
Me levanté a por los jureles, porque por mucho que se acabe el mundo, aquí se come a las dos. Caminar era rarísimo. Como cuando vas a la playa y la ola se lleva la arena de debajo de tus pies y te quedas como en el aire. En la plaza, el chorro de la fuente subía tan alto que se perdía en el azul. Los niños estaban encantados, claro, pegando brincos de tres metros como si fueran saltamontes. Una cría salió disparada con el globo atado a la muñeca y la madre pegó un grito que se oyó hasta en la otra punta del pueblo. Entré en la pescadería. La Encarni estaba limpiando salmonetes con esas manos suyas, rojas de frío, todas agrietadas por la sal y el hielo de la caja. Me dio el cambio de los jureles y la moneda de dos euros se quedó suspendida entre sus dedos y los míos. Se quedó allí quieta, girando un poco, como si no supiera hacia dónde caer. Nos quedamos las dos mirándola. La moneda dando vueltas. Sus manos hechas una pena. Mis dedos manchados de la lejía de haber limpiado el baño esta mañana. Y pensé que, en medio de todo aquel absurdo, las manos de la Encarni eran lo más real que había visto. Mucho más que la moneda, que la sábana y que el cielo haciendo trampas. Eran manos que dolían, manos de verdad. —Esto es el cambio climático, que nos va a volver locos a todos —dijo ella, agarrando la moneda y metiéndola a la fuerza en el cajón. —O que la tierra se ha cansado de sujetarnos tanto, Encarni —le contesté por decir algo. Me envolvió el pescado en papel de estraza, que ya iba soltando ese agua con sangre que tanto asco me da, y me volví para casa. Por el camino vi las moscas. Todas quietas, en fila, suspendidas a un palmo del suelo. Sin zumbar. Aquello sí que me dio mala gana. Me entró una tiritona por la espalda que no era del frío.
Llegué a casa, dejé los jureles en la encimera y, de pronto… ¡Pum! Un golpe seco. La sábana se desplomó encima del limonero. Los zapatos de mi marido, que se habían quedado pegados al techo del porche, bajaron de golpe. Una maceta de geranios se hizo añicos contra el suelo. Y a mí me dio un tirón en el riñón que me dejó doblada, soltando un taco de los que hacen época. Así. Sin avisar. Como vuelve siempre la realidad: de golpe y rompiendo algo. Ahora estoy aquí limpiando el pescado. Tengo un corte en el dedo que me escuece con la sal y la sábana se ha manchado de óxido con el enganche del árbol, así que me toca frotar otra vez. Manda huevos. Dicen los que saben que si la gravedad, que si los milagros, que si la magia del Mediterráneo… Tonterías. Aquí lo único que hay es que la ropa se ensucia, que la espalda duele y que el hijo de la Paqui sigue ahí fuera con la moto verde dando por s**o. Mañana será otro día. Volveré a tender, volveré a barrer y el mar seguirá ahí al fondo, haciendo ruido, como si no hubiera pasado nada. Aunque te digo una cosa… tengo la sartén al fuego y el aceite está ya echando humo. Pero juraría por mis mu***os que en la superficie están saliendo unos dibujos muy raros. Como remolinos. Como si debajo del aceite hubiera agua profunda. Y como si algo, muy abajo, estuviera empezando a despertar. Pero bueno, será el hambre, que me hace ver visiones. Como se me queme el pescado, ya puede venir el fin del mundo, que la que va a liar un espectáculo soy yo.