20/10/2025
"La noche había caído sobre Murcia, y el aire tibio de primavera traía olor a azahar y vino. En el Café Cantante de Polo Medina, las lámparas de aceite temblaban sobre las mesas, y el murmullo de las conversaciones se mezclaba con el rasgueo lejano de una guitarra que afinaba en la penumbra.
Los parroquianos llenaban el local: labradores de manos curtidas, señoritos del barrio del Carmen, algún militar de permiso y un par de mozos con aire de estudiantes. En las copas, el vino de Jumilla corría generoso, y las risas crecían conforme avanzaba la noche.
De pronto, el guitarrista —un joven moreno, de mirada encendida— se levantó y rasgueó un acorde que sonó como un aviso.
El silencio se hizo.
Entraron entonces ellos: una parejica de bailaores alicionaicos, conocidos en el barrio por su gracia y compás. El silencio fue total. El guitarrista sonrió apenas, miró al público y dijo con voz clara: ¡Señores, se va a bailar el bolero!".