19/10/2023
HISTORIAS DE MUSEO
MÁS CUENTO QUE CALLEJA
En nuestra exposala —cómo no— damos cabida a una serie completa de los cuentos de Calleja, presidida por una cajita de lata primorosa para albergarlos y mantenerlos a salvo, como si fuera un tesoro hallado en una mansión abandonada con efluvios del XIX. En fin, no deja de ser una ilusión, pero os cuento para justificarme:
Don Saturnino Calleja fue un burgalés natural de Quintanadueñas. Escritor, pedagogo, investigador, editor… Y dueño de la editorial Calleja. Dedicó su vida a procurar la alfabetización de España, a la vista de que en dicho siglo solo un 25% de la población presumía de dominar las disciplinas de leer y escribir. Con sus publicaciones cambió el rumbo de la didáctica tradicional, podrido ya por la propia acción descomponedora de la materia, haciendo más atractivos los textos a base de ilustraciones y portadas magníficas, tanto para niños como para docentes. Así Calleja se convertía en el líder de los maestros españoles y dignificaba la profesión al fundar la revista La Ilustración de España, con todo su ideario vertido en el Magisterio, corriendo el año de 1884, amén de la creación de otras organizaciones.
Además de enciclopedias, atlas, medicina, ciencia… Don Saturnino publicó unos cuentecitos tamaño cromo, muy atractivos a los ojos del niño, y los hizo llegar con muy reducidos márgenes de ganancia, a las escuelas más oscuras y perdidas de los barrancos españoles. Y allí los niños conocieron a los Grimm y a Andersen. A veces —me cuentan— tuvo Don Saturnino que poner dinero encima. Para abaratar el coste, después de pagar a escritores como fuera un joven Juan Ramón Jiménez, entre otros, él mismo, de su mano, escribió lotes de cuentos. Tantos que se quedó el dicho “tener más cuento que Calleja” en la despensa de nuestro idioma y dejó de herencia aquellos finales que a pie de cuna contaban las madres a sus hijos, diciendo “… y fueron felices y comieron perdices”.
Don Saturnino pasó a ser un sepulcro injustamente olvidado, como tantos quijotes que fueron en esta España. Aparte Quintanadueñas, ¿habrá algún colegio que lleve su nombre? No sé por qué existe tanto maestro obseso por el homenaje de quien no hizo nada por la escuela y echar el polvo encima de los que se desvivieron por ella. Y es que hasta el santo de Calasanz no pinta ya nada. A mí, como maestro, me indigna. No me queda otra que empinar una cerveza y brindar por Calleja. Aquí hay materia para un libro, pero no soy de extenderme.