01/04/2026
Hemos interiorizado la idea de que todas las cosas bellas de la vida se pagan. Se paga la escuela, el aprendizaje, la salud, la diversión, la comida, el aprendizaje de idiomas y, obviamente, los viajes, permanecer en el espacio público, entretenerse, el amor y la amistad. Todo tiene un precio.
Y esta dimensión, que no es solo económica, sino de compra y, por tanto, de acompañamiento, entra en nuestro estilo de vida y se convierte en una forma mentis (mentalidad). Nos hemos acostumbrado a la idea de que la ciudad es algo que se paga. Es un club para grandes inversores.
Es algo que podemos o no permitirnos. Y, según nuestra capacidad de explotación, somos incluidos o excluidos de la ciudad. Bueno, queda muy poco de la inspiración que construyó la idea de igualdad desde los siglos XVIII y XIX.
Esa idea de que todos somos ciudadanos con los mismos derechos, pero no solo derechos legislativos, sino derechos que se traducen en tiempo, amistad y relaciones en el espacio. Es decir, que se convierten en prácticas cotidianas. Ir al parque, tener una piscina pública cerca de casa, tener acceso al mar si vivimos en una ciudad costera y no tener que pagar por entrar en la playa, poder bañarse en la ciudad donde vivimos, tener baños públicos.