Corazón de Perro Ec. "codepecua"

Corazón de Perro Ec. "codepecua" Somos ''Corazón de Perro'' organización para la protección y bienestar animal. Corazón de Perro Ec.

nace de la fusión de dos agrupaciones de rescatistas independientes de la ciudad de Quito, que han venido luchando por la protección y bienestar animal desde hace más de 10 años. Nuestra labor principal es el rescate directo de animales de compañía que estén expuestos a situaciones de riesgo como abandono, maltrato, enfermedad, etc. ; de acuerdo al protocolo de rescate establecido, precautelando l

a integridad del rescatista y del animal, ofreciéndoles en primera instancia atención veterinaria adecuada así como tratamientos que permitan la consecución de un estado óptimo de salud, la rehabilitación psicosocial que garantice un animal equilibrado el cual no presente dificultades de adaptación durante un posterior proceso de adopción. De acuerdo a los estándares y protocolos establecidos por nuestra agrupación, se cumple además un riguroso proceso de selección del futuro hogar que garantice que el adoptante cumpla con las necesidades del rescatado bajo las reglas del bienestar y respeto animal. Integrantes: Betty Vega, Estefania Cespedes, Lourdes Murgueytio Gallardo(Lula)

02/07/2026

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10/06/2026

Golden Paws ec & Betty Vega de Corazón de Perro Ec. "codepecua"

31/05/2026

A los cuatro hijos del señor D., de 89 años, que firmaron la venta de la casa de campo al día siguiente de su ingreso en una residencia, sin siquiera avisarme, quiero decirles esto.
Encre los esperó nueve días detrás de la puerta del cobertizo del jardín.
No nueve horas.
Nueve días.
Y lo sé perfectamente, porque durante los últimos siete veranos fui yo quien bajaba a cambiarle el agua cuando su padre ya no podía arrodillarse, y Encre reconocía el sonido de mi vieja camioneta antes incluso de que yo abriera el portón.
Soy jardinero paisajista desde hace veinte años. Podaba los rosales del señor D. el primer sábado de cada mes, incluso cuando ya solo caminaba con bastón y ese viejo chaleco azul sobre los hombros.
Siempre me esperaba junto a la entrada.
Encre, en cambio, se quedaba unos metros más atrás.
Nunca encima de nadie. Nunca pidiendo atención. Solo allí, quieto, con las orejas bajas y la cola moviéndose despacio, como si no quisiera interrumpir la conversación de los humanos.
El señor D. solía decirme:
—Él vigila que no me caiga.
Y era verdad.
Ese perro conocía el sonido de los pasos cansados, los silencios demasiado largos y los movimientos que el cuerpo ya no conseguía terminar. Cuando su dueño ya no podía agacharse, Encre empujaba el plato con el hocico hasta el borde del escalón, esperando que alguien entendiera.
Yo entendía.
La primera vez que vi aquella vieja cantimplora de aluminio colgada junto a las tijeras de podar, me hizo sonreír. Todavía llevaba medio borrado el logo del club de petanca del pueblo. El señor D. la usaba para todo. Con ella llenaba lentamente el plato de agua de Encre, como si incluso ese pequeño gesto le costara esfuerzo.
El domingo pasado todavía estaba medio llena.
Medio llena.
Cuando llegué esta mañana, la casa estaba vacía.
Ya no estaba el sillón junto a la ventana.
Ya no sonaba la radio bajita en la cocina.
Ya no estaba esa voz que siempre me decía:
—¿Se toma un café conmigo?
Solo había un cartel de inmobiliaria pegado en el vidrio.
Y detrás del cobertizo… un ruido.
Un rasguño débil.
Ni siquiera era un ladrido.
Encre ya no llamaba realmente a nadie.
Abrí la puerta y allí estaba, exactamente en el lugar donde antes guardaban el tractor cortacésped. Acostado sobre el cemento húmedo, con el pelaje pegado al cuerpo, los ojos enrojecidos y el hocico apoyado entre las patas, como si intentara ocupar el menor espacio posible.
Nueve días.
Lo dije en voz alta, pero eso no cambió nada.
Nueve días esperando pasos que nunca volvieron.
Nueve días escuchando autos pasar sin detenerse.
Nueve días creyendo quizá que su humano regresaría con el bastón, el aliento corto y la mano temblorosa sobre su cabeza.
No corrió hacia mí.
Solo levantó la mirada.
Y eso fue lo que más me destrozó.
No había reproche en sus ojos.
Ni siquiera la rabia que yo sentía subiéndome por la garganta.
Solo ese cansancio silencioso que tienen los perros que han esperado demasiado tiempo.
Me arrodillé en el barro y extendí la mano. Encre la olfateó durante varios segundos, como si comprobara si yo todavía pertenecía a ese viejo mundo donde su dueño seguía existiendo dentro de la casa.
Después rozó mis dedos con la punta del hocico.
Un acuerdo diminuto.
Fui a buscar la cantimplora. Estaba fría, abollada y casi vacía. Vertí el resto del agua en su plato. Bebió lentamente, sin levantar la cabeza, y el sonido de su lengua contra el metal me pareció inmenso en aquel jardín vacío.
Cuando llegó el agente inmobiliario para enseñar la propiedad, yo ya había puesto una manta en la parte trasera de mi camioneta.
Encre no quiso subir enseguida.
Miró la casa.
La ventana.
El portón.
El cobertizo.
Y entonces tomó la cantimplora entre los dientes.
No el juguete.
No la correa.
La cantimplora.
No intenté quitársela.
Lo ayudé a subir así, despacio, como se carga algo que todavía tiene un corazón latiendo dentro.
Durante el camino permaneció unos minutos de pie, temblando, con el hocico pegado a la ventana trasera. Después se acostó sobre mi vieja chaqueta de trabajo, la que huele a tierra mojada, gasolina de cortasetos y hojas de rosal.
En casa no comió de inmediato.
Primero recorrió la cocina.
Olfateó la parte baja de las puertas.
Buscó una ausencia.
Entonces dejé la cantimplora junto a su nueva cama.
Y solo ahí, finalmente, Encre se acostó.
Puso una pata encima de ella, como hacen algunos perros cuando intentan proteger lo único que les queda mientras los humanos ya vendieron la casa, firmaron los papeles y siguieron adelante.
Esta noche, por primera vez, está durmiendo.
No profundamente. No todavía.
Pero su respiración ya no se rompe con cada ruido.
No sé cuánto entiende el señor D. allá donde está ahora, lejos de su jardín y lejos de su perro.
Pero sí sé algo:
Encre jamás dejó de serle fiel.
Ni cuando la casa quedó vacía.
Ni cuando nadie volvió.
Ni siquiera después de nueve días.
Hay seres que nunca deberían ser tratados como muebles olvidados en una venta.
Algunos perros no piden mucho: un plato de agua, una voz conocida, una mano que cumpla su promesa.
Y a veces, empezar a reparar el daño consiste simplemente en abrir una puerta que otros decidieron dejar cerrada.

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