13/10/2026
El mito de los túneles secretos del Centro Histórico de Quito
Por: Susana Freire Garcia
Este es uno de los temas que siempre llama la atención, a la hora de hablar sobre la "historia secreta" de la ciudad. Lamentablemente y en más de una ocasión, pesa más la leyenda, la fantasía e inclusive el morbo, antes que verdades sustentadas en fuentes documentales, que nos permitan discernir la verdad del mero invento. Es por ello que nos complace compartir el texto titulado: El mito de los túneles secretos del Centro Histórico de Quito, de autoría del arquitecto Alfonso Ortiz Crespo, quien con la solvencia académica, que le caracteriza, brinda una serie de aportes, que brindan luces para el debate y el estudio en torno al tema propuesto.
"El imaginario urbano de las ciudades coloniales en Hispanoamérica comparte un mito muy extendido: la existencia de pasadizos subterráneos y túneles secretos que conectaban los conventos de varones con los monasterios de monjas de clausura.
Desde una perspectiva sociológica e historiográfica, este relato constituye un síntoma cultural de las tensiones políticas del siglo XIX. Durante el auge de las reformas liberales, la literatura de folletín y la prensa laica utilizaron el morbo popular como herramientas de propaganda para restar legitimidad e influencia a la Iglesia católica. De este modo, la reinterpretación malintencionada de antiguas obras civiles, como estructuras de cimentación, acueductos o criptas sirvió para sembrar en la memoria colectiva la sospecha de una doble moral clerical.
Sin embargo, al confrontar la leyenda con el rigor documental, la geología del terreno y las realidades logísticas de la época, la fantasía se desmorona por su propia inviabilidad.
El mito y la ciencia en Iberoamérica
Para dimensionar el caso de Quito, debe entenderse que no se trata de una leyenda aislada, sino de un fenómeno transcontinental que se replica de forma idéntica en las principales capitales coloniales españolas y también en Brasil. En ciudades como Lima, Guadalajara, Ciudad de México o Santiago de Chile, la tradición oral siempre ha asegurado que las catedrales, las sedes de la Inquisición y los conventos femeninos estaban interconectados para facilitar supuestos “encuentros clandestinos”.
Sin embargo, a diferencia de Quito, donde el subsuelo del Centro Histórico apenas ha sido explorado y carece de estudios arqueológicos sistemáticos, otras latitudes sí han sometido el mito al rigor de la ciencia moderna, arrojando luz sobre su verdadero sentido original:
Puebla (México): el caso más emblemático ocurrió en 2014 con el hallazgo del hoy turístico Pasaje Histórico 5 de Mayo. Las excavaciones científicas comprobaron que la red subterránea que la leyenda atribuía a romances clericales era en realidad un complejo sistema civil de antiguos acueductos, viaductos para ríos entubados y drenajes pluviales entre los siglos XVI y XVIII.
San Luis y Córdoba (Argentina): investigaciones geofísicas demostraron que las llamadas “anomalías de túneles” correspondían a acequias, criptas de entierro olvidadas y canales de riego agrícola diseñados por los jesuitas.
Lima (Perú): las intervenciones arqueológicas bajo los grandes conventos, como el de San Francisco, evidenciaron que los supuestos pasadizos de escape eran estructuras de ventilación, bodegas de almacenamiento o complejas redes de catacumbas destinadas exclusivamente a osarios públicos, antes de la creación de los cementerios civiles extramuros.
El patrón es claro: en toda América, la ciencia ha demostrado que los túneles existieron, pero como obras de infraestructura funeraria, sanitaria o hidráulica.
El intrincado laberinto de las quebradas
Al analizar el escenario de Quito a la luz de estos paralelos, la imposibilidad física de los pasajes de encuentros se acentúa debido a su topografía. El Quito colonial se asentaba sobre un terreno profundamente accidentado, roto por un laberinto de enormes zanjas naturales: las quebradas. Antes de ser progresivamente canalizadas sus aguas y abovedadas para rellenarlas, estas grandes depresiones actuaban como verdaderos tajos que dividían los barrios y los complejos religiosos.
Si se hubiese querido construir un túnel entre el convento de Santo Domingo y el de Santa Catalina, por ejemplo, la ingeniería colonial habría tenido que realizar un milagro imposible: excavar por debajo de la temible quebrada de Sanguña (conocida en ese tramo como de Manosalvas). Cavar un túnel allí implicaba descender a profundidades extremas para pasar por debajo del lecho lodoso de la quebrada, arriesgándose a inundaciones inmediatas por filtración de las aguas.
Pretender que en los siglos XVII o XVIII se contaba con la tecnología para perforar túneles que salvaran de manera subacuática o subterránea semejantes abismos topográficos es ignorar la realidad de la ingeniería de la época. Cualquier intento de excavación habría terminado en un colapso estructural inmediato debido a la inestabilidad de los taludes de estas cuencas.
Imposibilidad técnica y el secreto imposible
A la barrera de las quebradas se suma el desafío del suelo. Construir en el subsuelo de Quito requiere perforar cangagua, un suelo compacto de origen volcánico sumamente duro, difícil de labrar sin maquinaria moderna. Esto, además, habría demandado una infraestructura inmensa y costosa.
Más allá de la ingeniería, surge una contradicción lógica insalvable respecto a la mano de obra: ¿quiénes habrían construido estas monumentalidades ocultas? Una obra de tal envergadura habría requerido decenas de peones indígenas o esclavos. Introducir cuadrillas de obreros al subsuelo conventual, extrayendo toneladas de tierra a la vista de las autoridades conventuales, habría hecho imposible mantener el secreto. El rumor de la excavación se habría esparcido de inmediato por la villa, destruyendo la supuesta naturaleza clandestina del proyecto.
Los problemas prácticos continúan en el interior de los supuestos pasajes. Mantener pasadizos subterráneos transitables en la época colonial planteaba desafíos físicos insuperables. ¿Cómo se ventilaban? Sin chimeneas ni ductos de aire hacia la superficie —que habrían sido visibles para todo el mundo en las calles públicas—, el oxígeno se habría agotado rápidamente, acumulando gases tóxicos letales. ¿Cómo se iluminaban? El uso de antorchas o lámparas de aceite en un espacio cerrado y sin circulación de aire habría provocado la asfixia inmediata de cualquiera que intentara cruzarlos.
Por otra parte, la hipótesis delictiva carece de lógica espacial y logística al examinar los escenarios de los supuestos encuentros clandestinos. Si estos se daban dentro del túnel, las condiciones subterráneas de extrema humedad, frío y falta de espacio hacían inviable cualquier permanencia en el lugar. Si, por el contrario, los encuentros ocurrían fuera de él, dentro del cenobio visitado —como en la celda de la amada—, se ignora por completo la densa demografía del convento colonial: en estos recintos coexistían cientos de mujeres, entre religiosas, educandas, sirvientas y esclavas, un entorno saturado de testigos donde los chismes e infidencias circulaban de manera inevitable. Finalmente, si el destino final se ubicaba en el exterior, la ruptura de la clausura al salir a la superficie habría provocado una exposición pública inmediata, anulando toda posibilidad de mantener el secreto.
La psicología de la fe vs. el comportamiento disoluto
Es crucial comprender también el sentido religioso y el contexto de la época. La mayoría de las monjas de clausura consagraban voluntariamente su virginidad a Dios. Para ellas, el recato femenino y el aislamiento del mundo eran una elección de vida fundamental; no habrían estado dispuestas a entregar el tesoro de su fe en pasadizos oscuros.
Finalmente, la lógica del comportamiento disoluto echa por tierra la necesidad de los túneles. Aquellos religiosos que decidían romper sus votos no requerían gastar fortunas ni arriesgar la vida excavando el subsuelo; les resultaba más sencillo y directo buscar los servicios de una meretriz o mantener relaciones extramuros.
El propio presidente Gabriel García Moreno, en sus esfuerzos por imponer una estricta disciplina y frenar el amancebamiento en los conventos de Quito, identificó con claridad el verdadero problema. El mandatario reclamaba que el mecanismo de seducción no eran los pasadizos secretos, sino el confesionario. Eran mujeres indefensas o esposas traicionadas quienes, buscando alivio espiritual, terminaban siendo manipuladas por la enorme autoridad moral de sus confesores, volviéndose presas fáciles de clérigos dominados por sus pasiones.
El fin del mito
En definitiva, el mito de los túneles conventuales no resiste un análisis crítico integral al ser confrontado con la realidad física del terreno, las dificultades técnicas de su construcción y la rigurosidad de la evidencia histórica. El verdadero canal de la transgresión religiosa nunca estuvo excavado en la cangagua ni oculto en la oscuridad de laberintos subterráneos; por el contrario, se encontraba a la vista de todos, amparado por el poder institucional y la manipulación psicológica dentro del confesionario. El impacto de esta realidad fue tan profundo en la sociedad local que dejó una huella permanente en el habla quiteña de inicios del siglo XX a través de la frase “hijo de cura”. En el contexto ecuatoriano, esta locución familiar se consolidó como una expresión de reclamo e indignación frente a la exclusión; se utiliza tradicionalmente para interpelar a otros cuando alguien es invisibilizado o ignorado en un grupo. El origen del modismo se asienta en el antiguo estigma social y el desamparo legal que sufrían los hijos nacidos de un sacrilegio, quienes quedaban al margen de los derechos y el reconocimiento público. En su momento, el propio presidente Gabriel García Moreno denunció con severidad estas transgresiones y persiguió activamente su corrección, al identificar en los clérigos disolutos el principal foco de degradación moral y el peor contraejemplo para el orden social y la regeneración católica que pretendía implantar en la nación. Al desmitificar estas estructuras, la historiografía no solo limpia el subsuelo de Quito de fantasías infundadas, sino que abre la puerta a que futuras investigaciones arqueológicas cuenten con el rigor técnico y científico que ya se aplica en el resto del continente, rescatando la verdadera complejidad urbana y arquitectónica de nuestro pasado".
FUENTE: REVISTA MUNDO DINERS N.º 532, septiembre de 2026.