12/05/2025
Reflexión en el Día de la Madre
Para mis Hermanos en la Luz
Hoy, que el calendario profano detiene su paso para honrar a las madres, me permito elevar también una palabra fraternal hacia ustedes, mis Hermanos, con el ánimo sereno y el corazón encendido de gratitud.
Celebremos primero a las madres de nuestras familias: esas mujeres que, con fortaleza callada y amor irrestricto, han sido abrigo, impulso y sostén en nuestras vidas. A ellas, que en el silencio del deber diario han forjado sin vanagloria generaciones enteras, les debemos la delicada arquitectura de nuestros afectos y la primera enseñanza de lo que significa servir sin esperar reconocimiento. Que este día sea, al menos, un instante de justo homenaje.
Pero en este mismo plano simbólico que habitamos, no podemos dejar de mirar hacia nuestra otra madre: la Logia, matriz espiritual de nuestra transformación interior. Ella nos recibió cuando aún éramos toscos bloques de piedra. Nos acogió con paciencia, nos instruyó sin exigir, y nos templó sin quebrarnos.
La madre Logia no nos dio la vida física, pero nos ofreció una segunda oportunidad: la de nacer de nuevo al sendero de la razón, la virtud y la fraternidad. Nos enseñó a mirar más allá del velo de las apariencias, a discernir entre el ruido y el símbolo, entre el ego y la verdad. Nos enseñó, sobre todo, a ser Hombres en el sentido más alto del término.
A esa madre simbólica le debemos lealtad, trabajo constante, respeto profundo. No espera de nosotros palabras, sino coherencia. No quiere homenajes, sino obras. Su recompensa no es la alabanza, sino vernos elevarnos, grado tras grado, hasta convertirnos en pilares vivos de la sociedad profana.
Hoy, entonces, es día de gratitud doble. Que nuestras acciones —dentro y fuera del Templo— sean dignas de las mujeres que nos dieron la vida… y de la Institución que nos dio sentido.
Feliz Día de la Madre, en todas sus formas.
(Anónimo)