01/06/2026
“Yanayacu: el pacto urbano empieza en sus riberas" por Arq. Mgtr. Carlos Ulises Gonzáles : Hay espacios en la ciudad que, aunque siempre han estado ahí, terminan volviéndose invisibles. No porque carezcan de valor, sino porque dejamos de mirarlos con atención. Son bordes, vacíos, franjas de transición que la rutina urbana convierte en paisaje sin sentido. En Latacunga, uno de esos espacios es el río Yanayacu.
No hablamos solamente de un curso de agua. Hablamos de un tramo de ciudad que hoy existe sin un rol claro dentro de la estructura urbana. Está presente, pero no integrado. Se lo cruza, se lo bordea, se lo tolera, pero no se lo entiende como parte de un sistema que podría aportar orden, paisaje, conexión y calidad de vida.
En el tramo que conecta el sector del antiguo camal con el parque Martha Roldós, el Yanayacu aparece como una franja ambigua. No termina de ser espacio público, tampoco infraestructura urbana consolidada, y mucho menos un corredor ambiental asumido como tal. Es, en muchos sentidos, un espacio pendiente.
Y precisamente ahí radica su importancia.
Hace poco, en una conversación, el Arq. Eduardo Meythaler Quevedo, una de las voces activas de la arquitectura en Cotopaxi y vinculado a los orígenes del Colegio de Arquitectos de la provincia, planteaba una idea tan sencilla como necesaria: mirar el Yanayacu desde sus riberas. La reflexión tiene fondo. Porque cuando una ciudad vuelve a mirar sus ríos, en realidad empieza a revisar su propia relación con el territorio.
Mirar las riberas significa comprender que no son suelos sobrantes ni franjas residuales. Son espacios de transición ecológica, paisajística y urbana. Son lugares que, si se entienden bien, pueden articular sectores, proteger el entorno natural y ofrecer a la ciudad una nueva continuidad.
Por eso, el Yanayacu debe ser pensado como un cuerpo verde. No como una imagen poética, sino como una categoría urbana concreta. Un cuerpo verde es un corredor en el que el agua, la vegetación y el espacio público funcionan de manera integrada. Es una estructura viva que conecta naturaleza y ciudad.
En este caso, además, el punto de partida no es menor. El antiguo camal, al ser de propiedad municipal, representa una oportunidad directa para activar una intervención pública con visión urbana. No se trata de empezar desde cero, sino de reconocer que ya existe una base territorial y administrativa desde la cual podría impulsarse una transformación real.
Pero esa transformación no puede depender únicamente de una obra puntual. Debe traducirse en política pública.
Ese es el punto más importante. Si el Yanayacu va a convertirse en un eje urbano, paisajístico y ambiental, la ciudad necesita asumirlo como decisión institucional. No basta con limpiar un tramo o colocar mobiliario. Se requiere una política pública que defina protección de riberas, recuperación de retiros, conectividad peatonal, tratamiento paisajístico y articulación con el sistema de espacios públicos.
La propuesta es clara.
Primero, recuperar y respetar los retiros de ribera, no como una carga normativa, sino como una condición mínima para ordenar la ciudad. Segundo, consolidar un corredor peatonal y paisajístico transversal, desde el antiguo camal hasta el parque Martha Roldós, con proyección hacia el sector del aeropuerto. Tercero, integrar este corredor a la planificación urbana como parte de una red de espacio público y conectividad ecológica.
Esa visión no solo mejoraría un borde. Podría conectar sectores hoy fragmentados, reforzar la relación de la ciudadanía con sus espacios verdes y devolverle a Latacunga una lectura más coherente de su geografía urbana.
Durante años, la ciudad ha crecido muchas veces desde decisiones individuales, lote por lote, sin una visión de conjunto. En ese proceso, los bordes naturales han perdido valor y han sido tratados como restos del territorio. El resultado es una ciudad con espacios valiosos, pero desconectados entre sí.
Por eso, hablar del Yanayacu es también hablar del bien común. Es entender que el pacto urbano no empieza en grandes discursos, sino en decisiones concretas sobre aquello que compartimos.
Porque al final, una ciudad no se transforma solo cuando edifica más. Se transforma cuando aprende a reconocer el valor de lo que ya tiene.