14/05/2025
La situación de los migrantes haitianos en República Dominicana exige una mirada más humana y menos estigmatizante.
Se repite una y otra vez el término “migrante haitiano”, como si se tratara de una categoría sin rostro, sin historia, sin dignidad. Se generaliza, se etiqueta, y se olvida la parte esencial: su humanidad.
Muchos haitianos cruzan ríos, vallas, arriesgan sus vidas. No vienen a hacer daño, vienen a trabajar. A sostener a sus familias. A buscar oportunidades donde no las hay.
Sí, hay quienes hacen el mal —como en todos los pueblos—, pero eso no justifica condenar a toda una comunidad. Existen otros migrantes en el país, haciendo el bien y el mal, y no se les señala con la misma dureza. ¿Por qué entonces solo se hace ruido con el haitiano?
Porque hay algo más profundo. Una fobia disfrazada de preocupación. Un rechazo que se normaliza. Un odio que se justifica.
Y mientras tanto, detrás del ruido, hay silencios estratégicos. ¿Qué está tapando el Estado dominicano con este discurso insistente? ¿Por qué tanto énfasis? ¿A quién beneficia? Tal vez a intereses más grandes —como los de ciertas mineras— que desvían la atención de los verdaderos conflictos sociales y medioambientales, como en Cotuí.
No se trata solo de un presidente. Se trata de un Estado que, en sus distintas jerarquías, guarda silencio. Y cuando calla frente al sufrimiento humano, también es responsable.
Una mujer haitiana muere dando a luz, y los comentarios son fríos, inhumanos: “Que se vayan.”
¿A dónde? ¿Por qué tanto desprecio?
No se trata de justificar lo mal hecho.
Se trata de defender lo esencial: la dignidad humana.