17/06/2026
El servicio es la nota clave de la búsqueda, y el súper ser humano es sobre todo un ser humano que sirve. El objeto de la auto-vigilancia y el autodesarrollo no es la propia ganancia egoísta; al contrario, es el de desaparecer como yo separado y ayudar a otros seres humanos para que logren eso mismo. De este modo se soluciona en pensamientos, motivos y acciones la aparente paradoja del egoísmo y la constante vigilancia sobre sí mismo.
Puesto que el ideal es libertarse de la prisión de la propia personalidad, debe tenerse a la vista continuamente el estado de unidad con la Vida en todo.
El pensamiento es algo así como el agricultor que lleva a la madurez la semilla de la esencia en el ser humano y también su instrumento. La mente es al mismo tiempo fuente de limitación y medio de liberación.
Por otro lado, la mente es el asiento de aquel poder por medio del cual se reconoce primeramente la unidad y luego se realiza, por lo tanto, la mente, como agente de unión con el Todo, debe vivir, perfeccionarse y llegar a una completa fructificación.
La mente es también el instrumento por medio del cual se ejerce la presión para el crecimiento acelerado y para llegar a su culminación.
Así pues, las primeras horas del día deben emplearse en la cultura y uso de la mente. Lo ideal es situarse en un lugar silencioso, el
cuerpo en perfecto reposo, con la espina dorsal recta, se enfoca
primero la atención en el “Yo Superior” que está dentro del aspecto abstracto de la mente.
Al principio, ese “Yo Superior”, se visualiza de forma aceptable según el temperamento de cada uno. Podéis concebirlo como una luz que se esparce en el área exterior alrededor del cuerpo físico y mucho más allá. La fuente de esa luz está en el centro corazón que brillará con mayor intensidad; en este centro hay conciencia y toda la esfera radiante está dotada de intelecto; se trata de intelecto en esencia que se manifiesta como una luz de muchos matices.
La atención se dirige continuamente a esta esfera que es el vehículo de conciencia divina en el ser humano, de modo que gradualmente y por esfuerzo ininterrumpido, el centro de percepción se transfiere poco a poco del cerebro al “Yo Superior”. La barrera entre ellos consiste en el tejido físico del cerebro y el cráneo y las substancias etéricas, emocionales y mentales de que están compuestos estos principios del ser humano.
Estas barreras se sobrepasan mediante un esfuerzo diario para elevar la conciencia a través de ellos, y más allá y por encima del cerebro, sensaciones y pensamientos, hasta llegar a percibir el Ser Superior Inmortal.
Hay un camino a lo largo del cual puede así moverse la conciencia, y es el puente por el cual transitó la conciencia en el estado prenatal cuando accedió al renacimiento. Este camino se cierra parcialmente después del nacimiento, como se cierra completamente la fontanela frontal, que es su puerta de entrada física desde abajo.
Por medio de la introspección diaria sobre el “Yo Superior” con el propósito de percibirlo, ese camino puede volverse a abrir, siendo el pensamiento la fuerza que lo reabre, por lo tanto, día tras día, y preferiblemente varias veces al día, podéis dirigir el poder de vuestro pensamiento hacia ese canal para que se vuelva a abrir, solo con la mediación de vuestra voluntad.
Al mismo tiempo desde arriba, el Ser interno, de donde procede el impulso para intentar esta búsqueda, dirigirá su poder y su luz por medio de la mente y la emoción hacia el cerebro físico. De esta manera desde abajo y desde arriba, estos dos centros del conocimiento humano, el físico y el mental superior, poco a poco se acercan el uno al otro impelidos por el pensamiento que aspira y la avivada voluntad para conseguir la propia iluminación y el dominio de sí mismos.
Más allá del “Yo Superior” que renace, profundamente dentro del Centro y Fuente de luz, está “aquello” de donde proceden el Centro y La Luz. Es la chispa de la llama única; el verdadero centro de la individualidad y la existencia del ser humano; el “Yo esencial”. La esencia es al yo superior, lo que ese Yo es al ser humano físico y mortal, por lo tanto, el aspirante debe pasar mucho más allá y más arriba del Ego renaciente, hasta la raíz de la identidad del ser humano, que es en verdad un punto ígneo, una chispa de la Divinidad, de la Divina Llama.
Para alcanzar ese más alto y más profundo Ser, el verdadero Ser del ser humano microscópico, debe realizar un mayor esfuerzo. Habiendo percibido parcialmente el Yo Superior, y profundizando cada vez más su realización con la práctica diaria, la conciencia ensaya un vuelo más largo, una transferencia mucho más importante.
Con este fin debe ofrecerse todo el ser para convertirse en vehículo dócil del “Yo Esencial”. Día tras día y aun hora tras hora, se invoca deliberadamente ingreso de esencia en el Yo Superior y por medio de éste en la vida del ser humano mortal, usando la imagen del fuego, como en la etapa anterior se usó la de la luz. La esencia es como un ser de fuego, una concentración de algo semejante a una chispa ígnea, de la Divina Voluntad, una renacimiento de la omnipotente Voluntad del Espíritu, del fuego energético con que fue construido el Universo, dentro del cual fue concebido, y por el cual es sustentado al lograr la propia percepción de la conciencia Esencial, se entra en contacto con poderes deíficos.
Un flamígero poder de voluntad, desciende en irresistible torrente sobre y por medio del “Yo Superior” hasta llegar al ser humano mortal y terrenal dotándolo de enorme poder sobre la Tierra. Así, metafóricamente hablando, la Esencia desciende en conciencia desde el más elevado cielo a la tierra, como en una carroza de fuego, y así también en lo sucesivo el ser humano asciende en la misma carroza de fuego hacia el más elevado estado de conciencia espiritual.
A partir de ese punto, los yoes personal y egóico son reabsorbidos en ese Centro Esencial e Inteligente de Fuego Divino del cual hace ya largas edades que emergieron.
Mientras se efectúa este ascenso, se hacen exploraciones de aquellas regiones en las cuales se ha penetrado, se consiguen realizaciones más profundas de estados tras estados de exaltada conciencia y expansiones, con la práctica diaria de la iluminación, la exaltación y el fortalecimiento propios de la introspección.
Ahora bien, para tener un éxito completo, el ejercicio del pensamiento debe acompañarse meticulosamente de la práctica en las obras, que deben ser perfectas y rectas. Las costumbres de la vida deben expresar continuamente, y cada vez mejor, tanto las ardientes aspiraciones del ser humano interno, como los frutos de las victorias conseguidas.
La práctica en esas obras debe acompañar a la práctica con el pensamiento; de no hacerse así, podéis caer fácilmente en el resbaladizo mundo de la hipocresía.
Constantemente, por lo tanto, y a pesar de vuestras muchas caídas, vuestra vida se hará más espiritual, más idealista, más considerada y más humana y esto continuará hasta que ocurra una verdadera transformación, un proceso que culmine en vuestra verdadera transfiguración, en la completa semejanza de vuestra esencia inmortal y radiante: el Ser de Luz.
Pasado algún tiempo ese Ser de Luz, a su vez, se transformará en la verdadera semejanza del Ser de Fuego, y entonces os convertiréis en súper seres humanos.
Esta experiencia viene a todos los que ardientemente aspiran a ella, a los que quieren prepararse y planear sabiamente su búsqueda, fundando sus esperanzas en la fortaleza interna, en un carácter estable y en un Amor invencible e inextinguible a todos sus prójimos y a toda criatura viviente, porque lo semejante atrae lo semejante hacia el predestinado lugar de cita.
De ese modo, reconoceréis el significado, el mensaje y la causa de cada experiencia y profundizaréis en la comprensión de las misteriosas leyes de la vida, observando con una claridad meridiana las etapas del camino, las pruebas y dificultades, y la manera de superarlas. También miraréis hacia vuestro interior y descubriréis cuales son vuestras fuerzas y debilidades, llegaréis a conoceros a vosotros mismos; a comprender vuestro pasado y prever la tendencia hacia vuestro futuro y vuestra meta.
Dr Angel Luis Fernández