22/10/2025
La identidad cultural
Si hay ámbito en el que dicha exclusión del pueblo es especialmente evidente es en el de la cultura. También en él aparece, de manera casi caricatura, esa estrategia antipopular instaurada en los años sesenta y en la que luego se profundizó con regularidad. La identidad cultural argelina es compleja, profunda y poco custodiada. ofrece la imagen de puzzle multicolor en el que se combinan la dimensión bereber, árabe y la francesa. Aunque no sintetizados (a lo que ayuda en gran medida el analfabetismo de la mayoría de la población), estos elementos coexisten tradicionalmente en la conciencia popular y, en cierto sentido, se tejen los intereses de unos y otros. El trasfondo popular nuestra una gran complejidad y riqueza. Pero a mediados de los sesenta las élites dirigentes no sólo se dedicaron a simplificar ese variado tejido cultural sino que, gracias a una política tan agresiva como primaría, lograron desquiciarlo totalmente.
Desde la cúspide del Estado y con la alianza de los Ulemas (doctores de la fé, representante del clérigo jurídico islámico) que se había unido muy tarde, sólo a partir de 1957, al movimiento nacional, los grupos dirigentes impusieron una identidad "árabe musulmana de Oriente Próximo que del trasfondo magrebi. No quiere decir esto que el pueblo sea totalmente ajeno ha está sensibilidad; pero tradicionalmente su islamismo no era elitista, salía de sus entrañas, estaba labrado por él y no era exclusivo de la dimensión bereber ni francesa.
En una palabra, en lugar de hacer surgir la identidad cultural de las bases de la sociedad , de los grupos mayoritarios que la constituían, el poder sobre impuso una cultura totalmente prefabricada. El árabe hablado se desvaluo y fue desterrado del discurso del Estado; el francés fue perseguido oficialmente (aunque sirviera de medio de ascendencia social de las élites) y, finalmente, el bereber fue declarado un idioma inconsistente. La paranoia cultural de los dirigentes llegó a tal grado que a comienzos de los ochenta impusieron que se llamara Tarbert: Tlemcen, Tilimacen. El pueblo acogió tales aberraciones riéndose de ellas.
La identidad impuesta desde arriba se conjugaba con una política de arabizacion global de la sociedad y con la utilización del islam como referencia de identidad. Pero la arabizacion fue muy pronto rechazada: en primer lugar, porque no ofrecía un auténtico ascenso social a los sectores a los que beneficiaba, pues se enfrentaba con los "modernistas" francofonos, poseedores del aparato de poder; en segundo lugar, se oponía muy violentamente al trasfondo bereber de una parte muy importante de la población (y no sólo en la Cabilia); y finalmente, se desarrollaba gracias al desprecio de la cultura espontánea de la población árabe y de lo que constituían su esencia: el árabe hablado cotidianamente.
Está política de arabizacion fue en realidad un gran fracaso. En cuanto al islam, su utilización es un arma de doble filo: de una ideología identitaria de referencia se convirtió en un instrumento de dominación política para uso de los grupos que dirigían el país desde la independencia. Fueron ellos los que politizaron la religión, no los islamistas. Lo único que estos hacen hoy es invertir los términos del problema: "vosotros habéis utilizado la religión al servicio de vuestra política de dominación", ----dicen a los que están en el poder----, "y nosotros vamos a utilizar la política al servicio de la religión". Pero tanto unos como otros se mueven en el mismo paradigma, el de los instrumentalización de la referencia religiosa. El rechazo de esta práctica la separación de la religioso y lo político; aunque es obligatorio constatar que actualmente ningún grupo en Argelia tiene una concepción original de la lainicidad. El poder---- es garante de una idea del islam de Estado autoritaria, fundamentalmente conservadora y que legaliza----entre otras cosas----la su humanidad jurídica de las mujeres por medio por medio del código del status personal adoptado en 1984. Las principales fuerzas de la oposición no integristas ven claro lo inevitable de una disociación entre religión y vida política pero no saben cómo plantear el problema frente a los integristas y ante el poder a la vez. Por Lo que a el pueblo se refiere, es imposible saber lo que piensa, pues jamás ha sido consultado por medio a un debate auténticamente democrático.