07/09/2026
❇️ Una reflexión de la Asociación de Empresarios Cubanos en América — AECA, en ocasión del Labor Day 2026
Hoy, primer lunes de septiembre, Estados Unidos celebra Labor Day.
Para millones de personas es un día de descanso. Las oficinas cierran, muchas familias se reúnen, algunos aprovechan el último gran fin de semana del verano y otros, sencillamente, agradecen tener un día en el que no es necesario mirar el reloj para llegar al trabajo.
Pero pocas veces nos detenemos a pensar en algo extraordinario:
Hubo un tiempo en que trabajar ocho horas al día parecía una aspiración casi imposible.
Aquello que hoy consideramos normal no nació por casualidad. Tampoco fue el resultado de una sola ley, una sola huelga, un solo presidente ni una sola organización.
Fue una conquista que tomó décadas.
Cuando el trabajo ocupaba casi toda la vida
Durante buena parte del siglo XIX, en pleno desarrollo industrial de los Estados Unidos, jornadas de diez, doce e incluso más horas eran comunes para muchos trabajadores.
Hombres, mujeres y niños pasaban gran parte de sus vidas dentro de fábricas, talleres, minas y ferrocarriles.
La industrialización estaba transformando a Estados Unidos en una potencia económica, pero al mismo tiempo comenzó a surgir una pregunta inevitable:
¿Cuánto de la vida de una persona debe pertenecer al trabajo y cuánto debe pertenecerle a ella misma?
Ya en 1866, el National Labor Union impulsaba la idea de establecer una jornada laboral de ocho horas. El movimiento no consiguió inmediatamente su objetivo, pero ayudó a colocar el tema en la conciencia nacional. (Library of Congress)
La consigna que terminaría representando aquella aspiración era sencilla:
Ocho horas para trabajar.
Ocho horas para descansar.
Ocho horas para vivir.
Detrás de esas palabras existía una idea mucho más profunda: trabajar debía ser parte de la vida, no consumirla por completo.
Chicago, 1886
Veinte años después, la demanda de las ocho horas había crecido enormemente.
El 1.º de mayo de 1886 trabajadores de diferentes ciudades estadounidenses comenzaron movilizaciones reclamando la jornada de ocho horas. Chicago se convirtió en uno de los centros principales de aquel movimiento. (Research Guides)
Los acontecimientos terminarían trágicamente.
Después de enfrentamientos entre trabajadores y policías cerca de la fábrica McCormick, se convocó una concentración en Haymarket Square para el 4 de mayo.
La reunión comenzó pacíficamente.
Cuando la policía intentó dispersar a quienes todavía permanecían allí, alguien lanzó una bomba.
Murieron policías y civiles y muchas personas resultaron heridas.
Nunca se determinó de manera concluyente quién lanzó aquella bomba. Sin embargo, ocho hombres relacionados con el movimiento anarquista fueron procesados y condenados. Cuatro fueron ejecutados, uno murió en prisión antes de la ejecución y los tres restantes terminarían siendo indultados años después por el gobernador de Illinois, John Peter Altgeld. (Research Guides)
Chicago se convirtió desde entonces en una referencia mundial de la lucha obrera.
Y miles de kilómetros más lejos, un cubano observaba aquellos acontecimientos con extraordinaria atención.
Su nombre era José Martí.
Martí mira a Chicago
Desde Nueva York, Martí seguía profundamente la vida de los Estados Unidos.
No observaba este país superficialmente.
Admiraba su energía, su capacidad productiva, sus instituciones y su espíritu emprendedor, pero al mismo tiempo estudiaba sus contradicciones sociales.
Después de las ejecuciones de Chicago escribió una de sus grandes crónicas norteamericanas:
“Un drama terrible”.
La escribió en Nueva York el 13 de noviembre de 1887. La crónica aparecería posteriormente en La Nación de Buenos Aires. (Blog del Viejo Topo)
Lo extraordinario del texto de Martí es que no mira aquellos acontecimientos desde una cómoda simplicidad.
No convierte automáticamente a unos en santos y a otros en demonios.
Analiza la violencia, las tensiones sociales, el miedo, las ideas radicales y, especialmente, el proceso judicial.
Y termina profundamente preocupado por algo que debería preocupar a cualquier sociedad libre:
que el deseo de castigar pueda terminar sustituyendo a la obligación de hacer justicia.
Martí entendía que detrás del conflicto existía algo más grande que aquellos ocho hombres.
Existía una sociedad tratando de encontrar un equilibrio entre capital y trabajo, entre productividad y dignidad, entre crecimiento económico y justicia social.
Casi 140 años después, seguimos enfrentando versiones diferentes de la misma pregunta.
Labor Day y los Mártires de Chicago no son exactamente la misma historia
Existe aquí una distinción histórica importante.
El Labor Day estadounidense no nació directamente de los acontecimientos de Chicago.
El primer Labor Day se celebró en Nueva York el 5 de septiembre de 1882, cuatro años antes de Haymarket. Con el tiempo diferentes estados comenzaron a reconocerlo y el 28 de junio de 1894 se convirtió oficialmente en feriado nacional, celebrado el primer lunes de septiembre. (U.S. Department of Labor)
Los sucesos de Chicago, por su parte, quedaron vinculados internacionalmente al 1.º de Mayo, Día Internacional de los Trabajadores. (Research Guides)
Son historias diferentes.
Pero pertenecen a una misma época y a una misma gran transformación:
la búsqueda de una relación más justa entre el tiempo de trabajo y la vida humana.
Las ocho horas no llegaron de un día para otro
Tampoco sería correcto pensar que después de Chicago Estados Unidos adoptó inmediatamente la jornada de ocho horas.
El cambio continuó desarrollándose durante décadas.
En 1936, la legislación federal comenzó a exigir jornadas de ocho horas y semanas de 40 horas para determinados contratos de suministro del gobierno.
Dos años después, en 1938, el presidente Franklin D. Roosevelt firmó la histórica Fair Labor Standards Act, que estableció estándares federales sobre salarios, horas máximas de trabajo y trabajo infantil para los trabajadores cubiertos por la ley.
La legislación comenzó con una semana máxima de 44 horas y evolucionó posteriormente hacia el estándar de 40 horas. (U.S. Department of Labor)
Es decir:
La jornada laboral que hoy millones de estadounidenses consideran normal es el resultado de generaciones de debates, protestas, negociaciones, empresarios, trabajadores, legisladores, jueces y reformas sociales.
La historia rara vez pertenece exclusivamente a un solo grupo.
El empresario y el trabajador no tienen que ser enemigos
Desde AECA creemos que esta reflexión resulta particularmente importante.
Somos una organización de empresarios.
Defendemos la iniciativa privada.
Creemos profundamente en la empresa, en la inversión, en la creación de riqueza y en la libertad de emprender.
Pero precisamente por eso debemos entender algo esencial:
no existen grandes empresas sin trabajadores.
De la misma manera que tampoco existen empleos sostenibles sin empresas capaces de producir, competir, invertir y obtener beneficios.
Presentar permanentemente al empresario y al trabajador como enemigos es una visión demasiado pobre de la sociedad.
Uno aporta capital.
Otro aporta trabajo.
Uno arriesga.
Otro produce.
Uno crea una oportunidad.
Otro ayuda a convertirla en realidad.
Cuando ambos prosperan, prospera la sociedad.
Cuando uno intenta destruir al otro, tarde o temprano ambos terminan perdiendo.
La verdadera economía de mercado necesita empresarios exitosos, pero también necesita trabajadores capaces de vivir con dignidad.
Porque una empresa puede medir su producción en dólares, toneladas, ventas o utilidades.
Pero una sociedad debe medir su progreso también de otra manera:
por la calidad de vida de las personas que la construyen.
Lo que realmente celebramos hoy
Quizás por eso Labor Day debería significar algo más que un día libre.
Debería ser un momento para reconocer a quienes construyeron carreteras, levantaron edificios, sembraron campos, manejaron camiones, trabajaron en puertos, atendieron hospitales, fabricaron productos, crearon empresas y participaron de millones de maneras diferentes en la construcción de los Estados Unidos.
También debería ser un día para reconocer al pequeño empresario que abrió un negocio sin saber si tendría clientes al día siguiente.
Al inmigrante que llegó sin hablar inglés y comenzó trabajando desde abajo.
Al hombre que manejó durante décadas un camión.
A la mujer que trabajó dos empleos para sostener a sus hijos.
Al comerciante que arriesgó sus ahorros para abrir una tienda.
Al trabajador que cada mañana llegó puntualmente a hacer su labor.
Y al empresario que creó empleos para cientos de familias.
Todos forman parte de la misma historia.
Una lección que Martí todavía puede enseñarnos
Cuando José Martí observó aquel “drama terrible” de Chicago no estaba simplemente escribiendo sobre una huelga.
Estaba escribiendo sobre seres humanos.
Sobre justicia.
Sobre poder.
Sobre desesperación.
Sobre los peligros del extremismo.
Y sobre la responsabilidad que tiene una sociedad de escuchar sus conflictos antes de que esos conflictos terminen hablando mediante la violencia.
Esa puede ser quizás la mayor enseñanza para nuestro tiempo.
No necesitamos estar de acuerdo en todo para escucharnos.
No necesitamos destruir al empresario para defender al trabajador.
Ni necesitamos ignorar al trabajador para defender la empresa.
Podemos construir sociedades donde producir riqueza y vivir con dignidad no sean objetivos contrarios.
Ese debería ser precisamente el propósito del progreso.
Han pasado casi 140 años desde que Martí escribió sobre aquellos hombres de Chicago.
Las fábricas cambiaron.
Las máquinas cambiaron.
La tecnología cambió.
La manera de trabajar está cambiando nuevamente ante nuestros propios ojos.
Pero la pregunta permanece:
¿Para qué sirve el progreso si el ser humano no progresa con él?
Hoy disfrutamos como normal algo por lo que generaciones anteriores tuvieron que luchar, debatir y negociar.
Tal vez dentro de cien años nuestros descendientes miren también algunas de nuestras discusiones actuales y se sorprendan de las cosas que nosotros todavía no habíamos sido capaces de resolver.
Así funciona la historia.
Cada generación recibe derechos, instituciones y oportunidades construidos por quienes vinieron antes.
Y cada generación tiene también la obligación de dejar algo mejor a quienes vendrán después.
Por eso este Labor Day no debería ser solamente un día para descansar del trabajo.
Debería ser también un día para honrar el trabajo, respetar a quien lo realiza, agradecer a quien crea la oportunidad de realizarlo y recordar que detrás de muchos derechos que hoy damos por sentados hubo hombres y mujeres que alguna vez soñaron con algo que parecía imposible.
La jornada de ocho horas fue uno de esos sueños.
Hoy es parte de nuestra vida cotidiana.
No olvidemos cómo llegamos hasta aquí.
Asociación de Empresarios Cubanos en América — AECA
Labor Day — 7 de septiembre de 2026