03/06/2026
| Santa Lucía parece uno de esos sitios que el mapa recuerda apenas por cortesía. Un pueblo perdido en la geografía de Pinar del Río, un punto remoto donde la vida puede parecer condenada a repetirse igual a sí misma: las mismas calles, los mismos rumores, las mismas formas de decir cómo debe ser una mujer, cómo debe amar, cómo debe quedarse quieta. Hay personas que aprenden pronto a desobedecer el paisaje. Glendy Hernández Arozarena aprendió muy rápido.
No llegó al feminismo como quien entra a una habitación iluminada y entiende de golpe. Llegó como llegan muchas mujeres: recogiendo pedazos, haciendo preguntas, mirando todas las rasgaduras. Primero estuvo su madre, una mujer que sembró algo parecido a una pedagogía de la rebeldía en un territorio pequeño donde la diferencia suele pagarse cara.
“Mi madre fue decisiva”, dice Glendy. “Me educó desde valores como la gratitud, el respeto, pero también desde una rebeldía que rompía esquemas”. Habla de ella sin grandilocuencia, pero con esa claridad con que se habla de las primeras intemperies y de los primeros refugios.
Después vino Safo, la red de mujeres lesbianas y bisexuales de Pinar del Río. Y ahí algo empezó a moverse. Como una epifanía, como un incendio lento. Encontró mujeres que habían aprendido a resistir múltiples violencias sin renunciar al derecho más elemental y más castigado: amar.
“Mujeres valientes”, dice. “Mujeres que han defendido su derecho a amar, un derecho que tendría que ser universal e inalienable”.
La palabra derecho no le sale fría. Le sale cargada de biografía. Y luego estuvo el primer taller de género, el Encuentro Clara Rodés in Memoriam, en el Centro Martin Luther King Jr. La mística de esos encuentros —dice— la envolvió. Ahí escuchó por primera vez palabras que parecían venir a nombrar cosas que ya existían dentro de ella pero no tenían idioma: patriarcado, dominación, feminismos populares, colectividad.
Entendió algo esencial: que ninguna lucha se sostiene sola. Que la transformación empieza en lugares pequeños y feroces: la casa, el barrio, la comunidad, esa patria diminuta donde se aprende primero a resistir.
Glendy habla de los vínculos como quien habla de un oficio difícil. Construir relaciones basadas en el cuidado, la justicia y el respeto mutuo —dice— exige algo más que buenas intenciones: exige articulación. Estar con otros y otras. Sostenerse en colectivo.
Por eso nombra la Red de Educación Popular Ambiental de Pinar del Río como un espacio fundamental. No solo por el trabajo, sino por la posibilidad de compartir horizonte.
“Pertenecer a un grupo, formar, sensibilizar, construir juntas… eso ya es un paso para no desgastarnos”, dice. Hay una frase que aprendió en espacios con otras mujeres y que repite como un principio de supervivencia: "solas llegamos más rápido, pero juntas llegamos más lejos". No parece una consigna en su boca. Parece una forma de respirar.
Para ella no basta con militar causas hacia afuera. Hay que mirar qué ocurre dentro: cómo nos tratamos, desde dónde amamos, qué poder reproducimos incluso mientras denunciamos otros poderes. “No soy feminista o activista solo en los talleres”, comenta. “Es un modo de vida”.
La frase podría sonar solemne en otra voz. En la suya parece más bien un trabajo cotidiano: corregirse, revisarse, desmontarse.
Hay algo profundamente incómodo en esa idea. Y profundamente honesto. No basta con cambiar el mundo si no cambia también la manera en que habitamos a los otros. Cuando habla de ternura, Glendy no habla de suavidad. Habla de resistencia.
Dice algo que deja un eco incómodo: mientras las derechas saben con precisión qué quieren y cómo arrebatarlo, muchos movimientos progresistas se fragmentan, luchan aislados, defienden trincheras separadas: feministas por un lado, ambientalistas por otro, movimientos LGBTIQ+ por otro más. Y en esa fragmentación —expresa— aparece el cansancio.
“A veces dan ganas de renunciar”. No lo dice como una rendición, sino como quien admite el peso de la fatiga. Duele cuando quien debería ser aliado minimiza tu lucha, no la comprende o la desprecia. Porque las violencias no siempre llegan desde afuera: a veces nacen dentro de los mismos espacios que prometían refugio.
Entonces, ¿qué sostiene?
La respuesta llega sin vacilar: “Nos salva la ternura”. Pero no una ternura ingenua. No una postal. La ternura como ética. Como herramienta política. Como músculo para seguir.
“Nos salvan los afectos, nos sostiene la empatía”, dice. “Nos devuelven la condición humana para entender y, si no entendemos, respetar”.
Hay algo radical en esa afirmación: defender la sensibilidad en tiempos entrenados para el desgaste.
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Desde la educación popular, Glendy cree que no se trata de llevar conocimiento como quien reparte verdades desde arriba. Se trata de escuchar el latido de cada comunidad. Entender qué sueñan, qué saben, qué necesitan, qué heridas arrastran, qué fuerza tienen.
“Acompañar a una comunidad es ayudarla a encontrar su propio latir”, dice.
Hay una diferencia enorme entre enseñar y acompañar, insiste. Una diferencia ética. No se trata de llevar luz: se trata de reconocer la luz que ya existe.
La comunicación popular ocupa otro territorio esencial en su vida. Le apasiona y le preocupa. Porque si antes la disputa ocurría en la calle, ahora también ocurre en las pantallas.
Fortalecer medios comunitarios implica aprender a ocupar los espacios digitales sin perder el alma de lo colectivo. “Hay que combinar lo presencial y lo virtual sin abandonar el proceso comunitario”. Habla de medios gestados por y para la comunidad como quien habla de una tarea pendiente, una deuda urgente.
Su lucha sigue ahí.
La Cuba de hoy, atravesada por crisis múltiples, empuja a veces hacia la crudeza del sálvese quien pueda. La supervivencia estrecha los márgenes, erosiona vínculos, multiplica cansancios. Pero Glendy insiste en mirar otra cosa: los lugares donde todavía ocurre el milagro mínimo de la comunidad.
“Hay ejemplos concretos de cómo nos salvamos juntos”, dice. No romantiza la precariedad. La nombra. Pero también nombra los puentes.
Habla de recuperar el trabajo de base, de fortalecer articulaciones, de tender conversaciones intergeneracionales con juventudes que miran el país desde otros cansancios y otras preguntas.
Y vuelve, inevitablemente, al cuidado.
Porque no puede hablarse de justicia sin mirar quién sostiene la vida cotidiana: quién cocina, limpia, acompaña, cura, escucha. Mujeres, casi siempre.
Ahí también hay una deuda.
Entonces aparece la esperanza. No como consigna. Como decisión.
“Creo que el principal desafío es mantenerla”, dice.
Mantener la esperanza cuando el país parece deshilacharse. Mantenerla cuando agotarse sería más fácil. Mantenerla protegiendo una llama mínima del viento. Y, quizá por eso, al final, la frase que queda suspendida tiene el peso de una pequeña declaración política:
“Son necesarias la terquedad y la ternura para poder llegar más lejos”. Terquedad y ternura. Dos palabras pequeñas para una tarea enorme.
✒️ Yuliet Teresa