20/03/2026
💜| El teléfono vibra a las diez de la noche. Palabras amontonadas en WhatsApp diciendo un todo que abraza. "Estoy aquí, hermana, te respondo". La foto de perfil es pequeña, borrosa por la compresión, pero se adivinan los colores intensos detrás de Mireidy Ramírez Trimiño. Ella está en Guantánamo, en la punta más oriental de Cuba, donde la isla se estira queriendo tocar Haití con la punta de los dedos. Yo, en La Habana, a mil kilómetros y un huso de distancia. Entre nosotras, la geografía y la crisis. Y también lo que nos une: esa manía de creer que la educación es un acto de ternura, que enseñar es también aprender a sostener.
La entrevista —si puede llamarse así— ocurre en diferido. En fragmentos. En audios que se escuchan mientras se friega o se hace la vida. En mensajes de texto que llegan cuando al fin hay datos, cuando la luz vuelve (o no) después de horas de apagón. Hay algo íntimo en esta forma de conversar. Las pausas, los silencios forzados por la tecnología, también forman parte de lo que Mireidy quiere decir.
Primer audio. La voz sale clara, pausada, con ese acento del oriente que alarga las vocales queriendo estirar el tiempo.
—Los desafíos —dice, y se toma un respiro—. Nos desafía la creciente oleada migratoria, que refuerza el cuidado de las personas adultas mayores, niños y niñas sobre los cuerpos y los tiempos de las mujeres.
Escucho el audio en un pedazo de mi casa, el balcón, el sol cayendo a pedazos, y pienso en lo que no dice pero sabemos: que los que se fueron son hijos, hijas, hermanos. Que el vacío que dejan no es solo demográfico, es afectivo, es práctico. Que las mujeres se quedan sosteniendo doble: la ausencia de los que emigraron y la presencia de los que no pudieron irse. El cuidado, esa palabra que suena a ternura, se revela aquí como lo que también es: una carga que recae, siempre, sobre los mismos cuerpos.
—La crisis económica, que encarece la vida cotidiana —continúa—, lo que da paso al acompañamiento de los largos cortes de energía, que afectan la salud física y mental.
Me detengo en esa palabra: acompañamiento. No dice «sufrir» los apagones. Dice acompañarlos. Como si la oscuridad fuera una persona más en la casa, un familiar incómodo al que hay que atender, velar, soportar. Las mujeres acompañando las horas sin luz, buscando agua, estirando la comida, calmando a los niños que no pueden dormir con el calor. La salud física y mental, dice, como si fueran una sola cosa. Y lo son...
Días después, otro audio. Este llega de madrugada. Mireidy ha tenido luz y ha podido cargar el teléfono.
—Las ideas machistas naturalizadas, con énfasis en las propias mujeres —dice—. Naturalizadas, formas machistas en la pareja, así como concepciones arraigadas de discriminación.
Hay algo que me conmueve en que hable de esto desde allí, desde Guantánamo, donde el machismo tiene raíces de árbol, profundas, retorcidas. Me conmueve que diga «con énfasis en las propias mujeres». Porque lo sabemos, porque lo vivimos: las más duras con nosotras somos nosotras. Las que repiten que hay que aguantar, que así es la vida, que para eso se nació mujer. Mireidy no acusa: nombra. Y nombrar, en este oficio de educar, es el primer paso para desnaturalizar.
—Identificar, problematizar, reflexionar sobre el ejercicio del poder y la dominación.
Lo dice como quien enumera tareas domésticas. Como si identificar, problematizar y reflexionar fueran tan necesarios como barrer o cocinar. Y quizá lo son. Quizá esa es la revolución que ella propone: hacer del pensamiento crítico una labor cotidiana, una más entre las muchas que ocupan las manos de las mujeres.
Le pregunto por el poder popular. Por cómo se construye desde abajo en medio de asedios, guerras, crisis. Me responde con un texto largo, escrito con cuidado, donde cada palabra parece haber sido pesada antes de ser enviada.
—Mediante el diálogo y la participación activa, consciente y comprometida de la sociedad desde los diferentes contextos, como ejes para el desarrollo territorial.
Diálogo. Participación consciente. Desarrollo territorial. Son palabras que en otros contextos podrían sonar a discurso aprendido. Pero en la voz de Mireidy, en la forma en que las escribe, adquieren densidad. Porque ella las practica. Porque sé —porque lo hemos hablado en otros momentos— que su vida es eso: ir casa por casa, escuchar, convocar, tejer.
—Fortalecer prácticas políticas desde una perspectiva intergeneracional, plurinacional y desde las disidencias.
Aquí la voz se le anima. Habla de las abuelas y de los jóvenes, de los que vinieron de otros países a vivir en Cuba, de las disidencias sexuales que en el oriente profundo todavía batallan por existir. Todo eso, dice, tiene que estar. Todo eso es el pueblo. No el pueblo abstracto de los discursos, sino el pueblo concreto, diverso, incómodo a veces.
—Tejer redes para construir estrategias y desmercantilizar la vida.
Desmercantilizar la vida. Me quedo con esa frase días enteros. Le doy vueltas mientras «hago lo cotidiano», mientras espero, mientras cuento el dinero que no alcanza. Desmercantilizar la vida es, pienso, devolverle valor a lo que no se compra ni se vende: el cuidado, la conversación, la memoria. Es lo que Mireidy hace cada día sin llamarlo así.
—Generar pensamiento crítico desde las prácticas para construir procesos de identidad, solidaridad, de sentidos de comunidad.
Ahí está el núcleo. El pensamiento crítico no es un ejercicio intelectual: es una práctica. Se construye haciendo. Se construye en comunidad. Se construye, sobre todo, cuando todo parece empujar al individualismo, a la supervivencia solitaria.
..
Le pregunto por lo personal. Por cómo hace para ser militante, educadora, mujer, sin desmoronarse.
La respuesta llega rápido, como si ya la tuviera pensada.
—Con el amor y la colaboración de la familia, con compromiso, motivación, esperanzando siempre, con renovadas visiones sobre la vida cotidiana.
Esperanzar. Ese verbo que no existe en los diccionarios pero que nos inventamos las que necesitamos creer que el futuro puede ser distinto. Me gusta que ponga el amor y la colaboración de la familia primero. Que no finja que lo hace sola. Que reconozca la red que la sostiene para que ella pueda sostener a otras. Las renovadas visiones sobre la vida cotidiana: ahí está su genio. En no aceptar que la vida es esto que nos toca, sino en imaginarla constantemente de nuevo, distinta, posible.
Última pregunta. La que guardaba para el final: qué es para ti la ternura revolucionaria.
El audio tarda en llegar. Horas. Pienso que se fue la luz, que perdió el teléfono, que algo ha pasado. Pero cuando llega, entiendo la demora. Porque lo que dice no es una respuesta improvisada. Es una declaración. Un manifiesto. Una forma de resumir una vida entera.
—Ser feminista, acompañar desde lo sentipensante, ser coherente, generar aprendizajes de prácticas para aportar en la vida de otras personas y la del territorio.
Lo escucho varias veces. Cada vez encuentro algo nuevo. Lo sentipensante, esa mezcla de sentimiento y pensamiento que los académicos le robaron a los pescadores colombianos y que Mireidy usa como si siempre hubiera sido suyo. La coherencia, esa palabra tan difícil, tan incómoda, tan necesaria. Tan freiriana. Generar aprendizajes de prácticas: aprender haciendo, enseñar haciendo, todo junto, todo revuelto, todo vivo.
Y al final, el territorio. Ese pedazo de Cuba en Guantánamo donde Mireidy vive y trabaja y ama y esperanza. Ese territorio que es también ella, que la ha hecho como es, y al que ella, cada día, le devuelve algo. Mireidy que todos nombran como Mirita.
..
El teléfono se queda en silencio. La conversación termina sin despedidas formales. Así son estas cosas: un audio, otro, y luego el mutis. Afuera, en La Habana, empieza el atardecer. Me pregunto cómo será la luz en Guantánamo ahora, si el guayacán seguirá floreciendo amarillo en medio de la sequía. Me pregunto si Mireidy estará viendo esa misma luz, si estará pensando en lo que dijo, si estará ya en otra cosa, en otra conversación, en otra ternura.
Lo que sé, lo que me llevo de estos días de conversaciones, pausas y esperas, es esto: que hay mujeres que son territorio. Que Mireidy Ramírez Trimiño es una de ellas. Y que la ternura —la suya, la nuestra, la que intentamos construir las que creemos en esto— no es un sentimiento blando. Es una práctica. Una decisión. Una forma de estar en el mundo que se parece mucho a la revolución.
✒️🎨 Yuliet Teresa-Intensa