27/06/2026
ESCUCHA, PIENSA, ORA
_*¿Dónde está Dios cuando ocurre un terremoto? *_
Una respuesta bíblica al dolor y la tragedia de Venezuela.
Las imágenes del reciente terremoto en Venezuela han conmovido a millones de personas. Familias que lo perdieron todo, edificios reducidos a escombros, personas desaparecidas y comunidades enteras enfrentando el dolor y la incertidumbre. En medio de una tragedia como esta, surge una de las preguntas más difíciles que el ser humano puede hacer:
¿Dónde está Dios cuando la tierra tiembla?
Es una pregunta legítima. No nace únicamente de la incredulidad, sino muchas veces de un corazón quebrantado que busca comprender el sufrimiento. La Biblia no ignora esta realidad; al contrario, ofrece respuestas que traen esperanza aun cuando las lágrimas siguen cayendo.
Dios no ha perdido el control
Cuando ocurre un desastre natural, puede parecer que todo está fuera de control. Sin embargo, la Escritura nos recuerda que Dios continúa reinando sobre toda su creación. «Jehová estableció en los cielos su trono, y su reino domina sobre todos.» (Salmo 103:19)
Nada sorprende a Dios. Ningún terremoto ocurre porque Él haya dejado de gobernar el universo. Aunque nosotros no comprendamos todas sus obras ni sus propósitos, podemos descansar en que el Señor sigue sentado en su trono.
Esta verdad no elimina nuestro dolor, pero sí nos libra de pensar que el mundo ha quedado abandonado al caos.
Vivimos en una creación afectada por el pecado
Muchas personas preguntan: «¿Por qué existen los terremotos?»
La Biblia enseña que el mundo que Dios creó era «bueno en gran manera» (Génesis 1:31). Sin embargo, el pecado de Adán trajo consecuencias que alcanzaron no solo a la humanidad, sino también a toda la creación.
Romanos 8:22 dice: «Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora.»
Vivimos en un mundo quebrantado. Enfermedades, muerte, guerras y desastres naturales son parte de una creación que espera el día de su completa restauración cuando Cristo regrese. Esto no significa que cada terremoto sea un castigo directo por un pecado específico. Más bien, es una evidencia de que habitamos un mundo marcado por las consecuencias de la caída.
No debemos apresurarnos a decir que un terremoto es un juicio específico de Dios
Cada vez que ocurre una tragedia, aparecen voces asegurando que Dios está castigando a una nación o a un grupo de personas.
Sin embargo, Jesús mismo corrigió esa forma de pensar. Hablando de una tragedia en la que una torre cayó sobre dieciocho personas, dijo: «¿Pensáis que aquellos dieciocho sobre los cuales cayó la torre en Siloé, y los mató, eran más culpables que todos los hombres que habitan en Jerusalén? Os digo: No; antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente.» (Lucas 13:4–5)
Jesús no negó la realidad del juicio divino, pero tampoco permitió que las personas concluyeran que las víctimas eran peores pecadores que los demás.
Las tragedias deben movernos a la humildad, al arrepentimiento y a reconocer la fragilidad de nuestra vida, no a emitir juicios apresurados sobre quienes sufren.
Dios está cerca de los que sufren
Quizá la verdad más consoladora de la Biblia es que Dios no permanece distante del dolor humano. El salmista escribió: «Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón; y salva a los contritos de espíritu.» (Salmo 34:18)
Nuestro Dios no observa el sufrimiento desde lejos. Él conoce cada lágrima, escucha cada oración y ve cada familia que hoy llora la pérdida de un ser querido.
Más aún, Jesucristo experimentó el sufrimiento en carne propia. Fue rechazado, golpeado, traicionado y crucificado. Él sabe lo que significa el dolor. Isaías lo describe como: «Varón de dolores, experimentado en quebranto.» (Isaías 53:3)
Por eso podemos acercarnos a Él con confianza. No tenemos un Salvador indiferente, sino uno que comprende perfectamente nuestro sufrimiento.
¿Qué debe hacer la iglesia en momentos como este?
Las tragedias no son momentos para especular, sino para amar. La iglesia está llamada a reflejar el carácter de Cristo mediante acciones concretas.
Debemos orar por quienes han perdido familiares, hogares y medios de vida. Debemos ayudar en la medida de nuestras posibilidades, apoyar los esfuerzos de asistencia y consolar a los afligidos con la esperanza del evangelio. El apóstol Pablo escribió: «Gozaos con los que se gozan; llorad con los que lloran.» (Romanos 12:15)
Llorar con quienes sufren también es una forma de glorificar a Dios.
Cuando la tierra tiembla, nuestra esperanza permanece firme
Los terremotos nos recuerdan una verdad que muchas veces olvidamos: nada en esta vida es permanente.
Edificios pueden derrumbarse.
Las riquezas pueden desaparecer.
Los planes pueden cambiar en cuestión de segundos.
Pero hay algo que nunca cambia: Dios.
El Salmo 46 fue escrito precisamente con esta esperanza: «Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. Por tanto, no tendremos, aunque la tierra sea removida...(Salmo46:1-2)
Qué apropiadas son estas palabras cuando literalmente la tierra se estremece.
El creyente no pone su confianza en la estabilidad del suelo que pisa, sino en la fidelidad del Dios que sostiene el universo.
Oremos por Venezuela
En estos momentos, miles de personas necesitan consuelo, esperanza y ayuda.
Oremos para que Dios fortalezca a las familias que han perdido seres queridos.
Oremos por los heridos.
Oremos por los equipos de rescate, médicos y voluntarios que trabajan incansablemente.
Oremos para que las iglesias sean instrumentos de amor y esperanza.
Y oremos para que, aun en medio del dolor, muchas personas vuelvan sus ojos a Cristo, quien ofrece una esperanza que ningún terremoto puede destruir. Porque cuando todo parece derrumbarse, Dios sigue siendo nuestro refugio seguro.