11/07/2026
En algunas ciudades no son solo las autoridades, sino los propios vecinos quienes levantan los adoquines de su calle para devolverle la tierra al suelo. Le llaman despavimentación ciudadana, y es un gesto pequeño frente a un problema enorme.
El problema, en pocas palabras: cubrimos la ciudad de cemento y entonces la lluvia ya no se filtra. En vez de entrar al subsuelo, escurre por las calles, satura el drenaje y provoca inundaciones. Al mismo tiempo, el acuífero —de donde sale la mayor parte de nuestra agua— deja de recargarse.
En la Ciudad de México esto se ve de forma dramática: extraemos del subsuelo mucha más agua de la que se repone, el terreno se compacta y la ciudad se hunde. En las zonas más afectadas del oriente, el suelo baja hasta 40 centímetros en un solo año y agrieta calles, casas y tuberías.
Y el suelo no es un simple piso: más de la mitad de las especies del planeta viven en él. Una vez sellado bajo el concreto, esas funciones se pierden casi para siempre.
La buena noticia es que el gesto está al alcance de una cuadra. Detectar una franja de asfalto que no sirve de nada —un cajete de árbol ahogado en cemento, una orilla, un rincón pavimentado—, levantar la loseta y devolverle la tierra a la lluvia y a las plantas. El suelo vuelve a absorber agua, una raíz respira, un cuadro de flores reemplaza al gris.
No es una idea abstracta. En los Países Bajos hay colectivos que organizan jornadas para levantar losetas, incluso como concurso amistoso entre barrios. En México, ciudades como la CDMX empujan la infiltración con programas como la "Acupuntura Hídrica" y sus pozos para llevar el agua de lluvia al subsuelo.
Un punto importante: el espacio público es del municipio o de la alcaldía. No soy abogado, así que para actuar conviene empezar por ahí, de la mano de las autoridades. Pero la idea de fondo es simple y poderosa: no todo lo que está cubierto tiene que seguir así.