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Nuestra página presenta una columna de opinión centrada en el progreso social sostenible y próspera para descubrir diferentes puntos de vista sobre cómo contribuir al progreso social a través de la construcción.

L´ Opinión. Yo aqui sentado y todo tan Paraco. Refelxión. Uf... En Colombia vivimos un momento que parecía no posible ve...
29/07/2025

L´ Opinión.

Yo aqui sentado y todo tan Paraco.

Refelxión.

Uf... En Colombia vivimos un momento que parecía no posible ver cómo la justicia alcanza, aunque tarde, a quienes han representado el poder más alto. La reciente audiencia del señor ex presidente y el fallo que lo señala como responsable de dos delitos no solo marca un hito jurídico; también es un llamado profundo a la reflexión como sociedad. Nos hace preguntarnos ¿qué estamos dispuestos a hacer por lo que consideramos correcto?

Y es que eso de lo “correcto” en este país tiene muchos matices. A veces, lo correcto es hacer silencio para no meterse en problemas. Otras, lo correcto es aguantar por miedo, por costumbre, por desesperanza. Pero muchas veces, como ahora, lo correcto es hablar, es enfrentar, es insistir, aunque nos digan locos, tercos o peligrosos. Porque hacer lo correcto no siempre tiene aplausos; de hecho, suele tener consecuencias, críticas, y hasta enemigos. Pero también, con el tiempo, tiene dignidad.

La audiencia no solo fue un acto judicial, fue también un acto simbólico. Por primera vez, las víctimas del Estado vieron que sí hay posibilidad de verdad y justicia, incluso contra quienes alguna vez parecían intocables. Por primera vez en mucho tiempo, se rompió ese mito de que la ley solo cae sobre los de ruana. Este momento abre una grieta en esa estructura dura del miedo y la impunidad, una grieta por donde puede entrar la luz.

Claro, como en todo, hay quienes siguen justificando lo injustificable. Quienes no ven delitos, sino estrategias políticas. Quienes creen que apoyar a alguien es cerrar los ojos frente a sus errores, en lugar de pedirle cuentas. Pero el verdadero respaldo el sano, el honesto no es a la persona, es al principio. A la verdad, a la justicia, al bien común. Lo demás es idolatría.

Este fallo no es el final de nada. Es apenas un paso, pero uno grande, firme, con sentido. Un paso que nos recuerda que en Colombia sí se pueden hacer las cosas bien, sin violencia, sin venganza, con apego a la ley y al respeto por la vida. Es una señal de que estamos en tiempos de cambio, donde empieza a crecer una conciencia colectiva que busca sanar y cambiar de sistema, que quiere dejar de vivir sobre las heridas sin curarlas.

Esa transformación va más allá de lo jurídico. Es social, es cultural, es espiritual. Es ver cómo se siembra la esperanza en la gente que defiende el agua, el bosque, la palabra, la comunidad. Ahora bien, hacer justicia no significa abrir la puerta al odio. También es importante y urgente que como sociedad no caigamos en el matoneo. No se trata de humillar a quien ha sido señalado, ni de iniciar una nueva guerra de insultos.

No podemos construir un país nuevo repitiendo las lógicas del odio que tanto daño nos han hecho. El señor Uribe pasará a la historia con las decisiones judiciales que lo acompañen, como ejemplo de lo que no debe repetirse, y eso basta. Que el peso de la justicia sea el que hable, no el rencor colectivo. Que el respeto, incluso hacia quien ha causado daño, sea la base de esta nueva etapa que queremos como país.

Sí, la lucha aún continúa. No hay que bajar la guardia. Pero esta vez, al menos, ya no caminamos a oscuras. Esta vez, hay faros encendidos por la verdad. Y eso, ya es una victoria.

AAmérica Radio RedSSan Juan de PastoCCOP16 ColombiaGGustavo Bolivar MorenoLLa BaseEEscuela Superior de Administración Pública - ESAPSSAN JUAN DE PASTOGGustavo PetroMMaría José PizarroLLevy RincónWWallyAAlejo VergelFFrancisco Javier Vera Manzanares

L´ Opinión 4 de 24 Lo justo nomas.Alguna vez se han preguntado quién está al otro lado cuando usted sale un domingo a co...
14/05/2025

L´ Opinión

4 de 24

Lo justo nomas.

Alguna vez se han preguntado quién está al otro lado cuando usted sale un domingo a comer, va a un centro comercial, toma un bus o se enferma y necesita atención urgente. Lo que para algunos es descanso, para otros es rutina. Mientras muchos disfrutan de un día libre, miles de colombianos y colombianas trabajan incansablemente, dejando atrás a sus familias, aplazando sus propios sueños, por un salario que muchas veces ni siquiera compensa el sacrificio.

Hoy, el país se enfrenta a una decisión histórica. ¿Está de acuerdo con que se pague con un recargo del 100% por el trabajo los días de descanso dominical o festivo? Y, por supuesto, hay quienes ya están diciendo que eso es una “guachafita”, que no hay plata, que se viene el apocalipsis económico si se aprueba. Pero lo que en realidad está ocurriendo es que se está tocando un privilegio que por años ha beneficiado a unos pocos a costa del tiempo, el cuerpo y el alma de muchos.

El trabajo en domingos y festivos ha sido históricamente invisibilizado, romantizado o minimizado. Así es la vida, nos dicen. Pero no, no tiene por qué ser así. Porque cuando una madre deja a sus hijos para irse a atender una panadería a las 6:00 a. m; o cuando un joven se sube a un bus urbano para hacer doble turno un festivo, no está haciendo un sacrificio heroico. Está trabajando. Y todo trabajo debe ser justamente remunerado.

La verdadera pregunta es ¿Acaso no merece esa persona el doble de reconocimiento por dar un día que debería ser suyo? ¿No es justo que ese tiempo, que no se repite, tenga un valor real, y no solo simbólico?

No se trata de destruir la economía, ni de poner a temblar a las empresas, como algunos pretenden hacernos creer. Se trata de equilibrar una balanza que siempre ha estado inclinada. Porque por cada persona que trabaja un domingo sin recargo, hay una injusticia que se acumula. Y, por si fuera poco, se perpetúa un modelo que normaliza que quienes menos tienen sean también los que más sacrifican.

Colombia ha sido por décadas una tierra fértil para la desigualdad. Se nos acostumbró a que pedir justicia era pedir demasiado. A que solo unos pocos disfrutan del descanso mientras otros lo sostienen en silencio. Pero hoy, con esta consulta, tenemos la posibilidad de romper ese ciclo. De empezar a construir una sociedad que pone a las personas en el centro, que no le teme a la equidad.

Decir SÍ es decir que creemos en un país más justo. Porque si hay algo que este país necesita no es más discursos vacíos, sino gestos concretos de justicia. Y pagar el 100 % extra por un domingo trabajado es un gesto mínimo, pero poderoso.

Francisco Javier Vera Manzanares Gustavo Petro Levy Rincón Canal Red La Base Actualidad RT América Radio Cofradía Para El Cambio COPEC María José Pizarro
Alejo Vergel Estrato Medio Noticias
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L´ Opinión 3 de 24 Juera..Dicen por ahí que el tiempo es oro. Pero durante 23 años casi me edad, no solo fue oro, fue or...
29/04/2025

L´ Opinión

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Juera..

Dicen por ahí que el tiempo es oro. Pero durante 23 años casi me edad, no solo fue oro, fue oro, platino y hasta esmeraldas... para otros, claro. Mientras nuestros padres y familiares trabajaban, soñaban y remendaban los sueldos con paciencia de artesano, alguien más disfrutaba la verdadera fiesta, la de los beneficios laborales que poco a poco fueron quitando, como quien pela una cebolla para terminar llorando.

Ahora resulta que no solo trabajamos como M******, sino que también tenemos que ponerle el ponqué y las velitas a la guachafita de quienes durante más de dos décadas vieron como números en una hoja de Excel. Sí, amiga/o, en estos 23 años han birlado así, con disimulo cerca de 21 millones de pesos por trabajador. Sin bromas. Veintiún millones que, si los hubiesen tenido en el bolsillo, muchos ya tendrían casa propia, moto nueva o, mínimo, el viajecito a Santa Marta sin pagar a cuotas.

Pero no. Aquí se sigue ese modelo productivo nauseabundo, trabajando festivos sin paga doble, aguantando sueldos ajustados mientras los de los clubs brindan con whisky importado por nuestra eterna paciencia. Y cuando uno pregunta por el futuro, ellos responden que la economía debe ser flexible, como si nuestra vida fuera un chicle que pueden estirar y estirar sin que se rompa.

Ahora hay un intento por devolvernos lo justo, ese pedacito nomas, que han robado en cámara lenta, salen a gritar que el país se va a acabar. ¿Que cómo se nos ocurre querer que nos paguen el festivo, el extra, el sudor? ¡Válgame Dios! Qué desfachatez la nuestra. Cómo se les ocurre pensar que el trabajo merece respeto, que nuestra vida merece bienestar.

Queridos lectores, no nos dejemos enredar más. La verdadera "guachafita" ha sido seguir trabajando bajo reglas que solo benefician a unos pocos mientras millones apenas sobreviven. Hoy la oportunidad no es de pelear contra los cambios, sino de abrazarlos con ganas, sabiendo que justicia social también significa que cada hora trabajada cuente, que cada esfuerzo se retribuya, que cada sueño de una vida mejor tenga un piso real sobre el cual construirse.

Porque no se trata solo de dinero. Se trata de dignidad. De volver a sentir que nuestro trabajo es valioso, que nuestro tiempo es sagrado, que no nacimos para enriquecer a otros mientras nuestras propias vidas se desgastan.

Así que la próxima vez que le digan que pedir lo justo es una guachafita, reconozca mejor el valor de su trabajo, asi se empieza a construir su libertad.

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L´ Opinión. Fondo.El éxito se mide por la cantidad de horas que se pasa trabajando, proponer una jornada laboral de 4 a ...
26/04/2025

L´ Opinión.

Fondo.

El éxito se mide por la cantidad de horas que se pasa trabajando, proponer una jornada laboral de 4 a 6 horas parece una locura. Pero tal vez lo verdaderamente loco ha sido normalizar jornadas extenuantes que nos dejan sin tiempo para nosotros mismos, para nuestras familias, para el amor, la naturaleza, la vida.

Durante décadas, nos enseñaron que trabajar hasta el agotamiento era signo de responsabilidad, de progreso, de sacrificio necesario. Pero, lo que se sacrifica realmente es, las comidas familiares, las tardes de juego con nuestros hijos, los atardeceres que no vimos porque nos encontraba la noche en ocupaciones. Asi que, hoy más que una discusión técnica, reducir la jornada laboral debe ser una conversación ética y social. No se trata solo de productividad o competitividad las cuales de hecho no disminuirían, según múltiples estudios gringos y asiáticos. sino de poner al centro lo que verdaderamente importa, la vida con sentido.

Porque un país no se construye solo desde las oficinas o los campos de producción, sino desde los hogares llenos de afecto, desde los parques donde se escucha la risa, desde las ollas comunitarias donde se comparte el pan y la palabra. Una jornada más corta no empobrece a la nación; la enriquece de otras maneras. Da tiempo al padre que quiere aprender a cocinar con sus hijos, a la madre que quiere emprender sin dejar de cuidar, al joven que quiere estudiar, bailar, amar. Le da espacio al abuelo que desea contar su historia antes de que el tiempo se la lleve. Le da dignidad al trabajador que ya no verá su vida pasar desde el transporte público.

Y no, no se trata de un romanticismo ingenuo. Se trata de entender que el bienestar social no puede seguir dependiendo del sacrificio extremo de las mayorías. Que la riqueza de un país también debe medirse en calidad de vida, salud emocional, tiempo libre, vínculos fuertes y ciudadanos felices. Se dirá que el país no aguanta este cambio, que no es el momento. Pero tal vez lo que no aguantamos más es vivir sin vivir. Ya toca devolverle al trabajo su lugar; un medio para sostener la vida, no el fin de esta.

Porque Colombia no necesita más cuerpos rendidos, necesita más mentes despiertas, más corazones presentes. Necesita comunidades que sueñen, creen, se abracen. Y para eso, hace falta tiempo. Evitemos días que se escapan entre correos, jefes, afanes y facturas. No más vidas que se pierden por vivir trabajando. Hablemos de justicia, pero también de amor por el tiempo compartido, por la tierra cultivada con paciencia, por la crianza acompañada, por el arte que nos rescata, por los pueblos que se sueñan libres y felices.

Agradecezcamos nuestro tiempo y el de los demas. Las luchas solamente deben ser internas.

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L´Opinión. 1 de 24¿Como así que el día dure máximo 8 horas y encima entre las 6:00 a. m. y las 6:00 p. m? ¡No, no, no! ¡...
24/04/2025

L´Opinión.

1 de 24

¿Como así que el día dure máximo 8 horas y encima entre las 6:00 a. m. y las 6:00 p. m? ¡No, no, no! ¡Esto ya es el colmo! ¿Dónde queda la libertad de explotar... digo, de trabajar hasta que el cuerpo aguante? ¿Y qué vamos a hacer con toda esa noble tradición de jefes que mandan correos a las 10 de la noche? ¿Acaso quieren destruir la cultura empresarial nacional?
Nos encontramos frente a un atentado directo contra nuestra identidad laboral, la del que echa rulo sin ver la hora, la del que presume no tener vida personal porque el éxito no espera, y la del que considera vacaciones una amenaza comunista.

Porque, claro, eso de que las personas tengan tiempo libre es peligrosísimo. Imagínese usted, ciudadanos descansados, felices, leyendo, criando a sus hijos, soñando con otra vida que no sea la de rendir informes eternos en reuniones que pudieron ser un correo. Se llena el país de gente pensante. Y ahí sí, se acaba la obediencia silenciosa.

Ellos dicen que esta medida humaniza el trabajo, mejora la salud mental, incrementa la productividad, y no sé cuántas herejías más. ¿Dónde está el sacrificio, el dolor, la entrega ciega que exige todo trabajo honesto? ¿Dónde queda el glorioso café recalentado a las 3 de la mañana frente al Excel?

El país no se hizo con gente descansada. Se hizo con trasnochadores y estresados. Gente que nunca supo lo que era cenar con la familia, pero sí lo que era una junta eterna donde se habló de todo, menos del verdadero problema.

Así que no vengan ahora con que 8 horas de trabajo son suficientes. Que eso es moderno. Que eso es justo. Que eso es europeo. No señor. Aquí somos de otra estirpe, la del trabajador que no pide, no duerme, y ni sueña… porque ni tiempo tiene. Pero quizás solo quizás ha llegado el momento de aceptar que un país no se construye con zombis productivos, sino con ciudadanos vivos.

Y si eso significa trabajar menos para vivir más, entonces bienvenida sea la jornada justa. Porque un país donde se respeta el tiempo de cada persona... es un país que empieza a amarse a sí mismo. Hoy, que se plantean estas nuevas reglas del juego, no faltan los gritos de populismo, destrucción del país, odio al empresario. Pero resulta que no se trata de odiar a nadie. Se trata de amar al trabajador. De entender que el progreso no se mide solo en cifras macroeconómicas, sino en la calidad de vida de quienes mueven el país todos los días. Se trata de que podamos vivir, no solo sobrevivir.

Tal vez no estemos acostumbrados a estas ideas. Tal vez incluso duelan, como todo lo que cambia. Pero este país no necesita más mártires laborales. Necesita gente viva, feliz y justa.

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L´Opinión.Mentirosos......Dicen que el amor duele, pero en Colombia, lo que realmente duele es cuando ese amor se atreve...
23/04/2025

L´Opinión.

Mentirosos......

Dicen que el amor duele, pero en Colombia, lo que realmente duele es cuando ese amor se atreve a cambiar las reglas del juego. Hoy, la prensa nacional ese viejo amor que juró informarnos, protegernos del engaño y servir de puente entre la verdad y la ciudadanía se encostró en la mentira, como quien se acuesta en una cama vieja y cómoda, aunque huela a moho. Porque más que informar, algunos medios prefieren dramatizar, exagerar, tergiversar y, claro, defender intereses que no están en ninguna portada.

¿Y por qué tanto escándalo contra un gobierno progresista, el primero en la historia moderna del país? Porque se atrevió a hacer lo impensable, mirar a los ojos a los que nunca fueron mirados, proponer cambios en estructuras que llevaban siglos inmutables, y tocar bolsillos que siempre fueron considerados intocables. Y eso, claro, es un acto de amor... pero no del que gusta a las élites.

Porque cuando se ama al pueblo, se desestabilizan los privilegios. Por eso lo tildan de populista, de incendiario, de peligro para la democracia. Como si democracia fuera solo ir a votar, pero no cuestionar quién realmente gobierna. Porque, seamos sinceros, el poder en Colombia sigue en las mismas manos que escriben los titulares, editan las noticias y deciden qué escándalo vale tres días de cubrimiento y cuál se tapa con un meme.

Entonces no, no es que la prensa “informativa” odie a este gobierno porque lo haga todo mal. Lo odia porque lo hace diferente. Porque en lugar de poner a los de siempre a dictar las reglas, está abriendo el micrófono a los que nunca tuvieron voz. Y eso en una relación donde solo uno ha hablado durante siglos se siente como una traición.

Hoy Colombia está despertando. Algunos apenas se frotan los ojos. Otros ya caminan con paso firme y aunque no todo lo que se hace es perfecto ¿algún amor lo es?, hay algo que empieza a verse claro, el verdadero enemigo no es quien propone un cambio, sino quien lleva años simulando que nada necesita cambiar.

La prensa puede enamorarnos con titulares, pero el amor verdadero se demuestra con honestidad. Y si eso incomoda a los poderosos, pues que se incomoden. Porque amar al pueblo no debería ser un escándalo, sino la norma.

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L´Opinión.Tons.Colombia, hay palabras que incomodan más que una verdad en hora pico como la justicia social, reforma, ig...
21/04/2025

L´Opinión.

Tons.

Colombia, hay palabras que incomodan más que una verdad en hora pico como la justicia social, reforma, igualdad. Pero ninguna parece provocar tanto sudor frío en los pasillos del poder como “consulta popular”. Porque nada atemoriza más a los que siempre han mandado, que el pueblo comience a decidir.

Estamos ante un momento histórico. No es solo una oportunidad, es una ruptura con siglos de administración vertical, donde la salud, el trabajo y hasta el aire que respiramos han estado bajo el control de unas pocas manos, hábiles para acumularlo todo, pero menos responsabilidad social. Hoy, por primera vez en mucho tiempo, se plantea la osadía de preguntarles a los colombianos qué país quieren construir. Y claro, eso ha desatado una tormenta… no de ideas, sino de miedos.

Y es que, seamos honestos ¿qué pueden tener en común la reforma a la salud, la laboral o la pensional? Muy sencillo, todas buscan que los derechos no sean un privilegio, que no se tenga que rogar por atención médica, ni elegir entre trabajar dignamente o comer. Pero también comparten algo más, todas han sido atacadas con furia y descaro por los medios hegemónicos, esos mismos que en su línea editorial defienden a la "gente de bien" que no pagan prestaciones, pero jamás entrevistan a la señora del hospital que lleva 6 meses sin sueldo.

La narrativa dominante se aferra a una lógica curiosa, si los poderosos pierden privilegios, entonces el país está en peligro. Y con esa premisa han transformado el debate en una película de terror. Nos advierten que si se aprueban estas reformas el sistema colapsará, como si el sistema actual fuera digno de admiración y no un desastre sostenido por la costumbre.

Mientras tanto, a quienes apoyan estos cambios se les llama populistas, incendiarios, ignorantes. Porque para ciertos sectores, la democracia solo es válida cuando se ajusta a sus intereses. De lo contrario, es polarización, crisis institucional o la peor de todas “Castrochavismo”. Palabras que repiten con tanto fervor que uno pensaría que en vez de defender privilegios están luchando contra dragones comunistas.

Pero la realidad es más sencilla, el país no se arregla en cuatro años, y nadie sensato lo espera. Lo que sí podemos esperar y exigir es que este sea un periodo de transición, de aprendizaje colectivo, donde se reconozca que los verdaderos expertos en la vida de un pueblo son quienes la viven, no quienes la administran desde arriba.

Es momento de consultar. No porque no sepamos qué hacer, sino porque por fin nos hemos dado cuenta de que nunca nos preguntaron. Que nadie tema al pueblo que pregunta, que tiemblen los que no quieren responder.

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L´Opinión.Medios.En Colombia, parece que la libertad de expresión tiene un código de vestimenta, solo entra si viene bie...
14/04/2025

L´Opinión.

Medios.

En Colombia, parece que la libertad de expresión tiene un código de vestimenta, solo entra si viene bien peinada, con traje de etiqueta y si no incomoda a nadie que tenga poder. En esta tragicomedia nacional, donde la democracia a veces parece una promesa y no una realidad, la censura no llega disfrazada de dictadura; llega con micrófono, traje de analista y patrocinio empresarial.

Hoy más que nunca, la lucha ideológica ha sido desplazada del debate público al rincón oscuro del "rating". Mientras una gran parte del pueblo empezaba a despertar, a cuestionar, a asumir ¡por fin! su papel en los asuntos públicos, los grandes medios han decidido que ya fue suficiente. Que pensar es peligroso. Que organizarse es subversivo. Que informarse, por fuera del libreto aprobado, puede ser un acto revolucionario.

Así, la verdad ha dejado de ser un derecho para convertirse en un producto premium. Si quieres saber qué está pasando realmente en el país, debes rebuscar entre hilos de X, en portales alternativos, o confiar en ese primo intenso que no se cansa de enviar cadenas de WhatsApp. Porque en el horario estelar, lo que hay es cortina de humo, titulares diseñados para la distracción y una cobertura tan objetiva como un noticiero conducido por un accionista de la multinacional cuestionada.

Pero, ¿quiénes son los dueños de la verdad hoy? No es ningún secreto, son los mismos que se indignan por una protesta, pero celebran un consejo de administración donde se decide recortar derechos laborales. Son los que acusan de populismo a quien habla de redistribuir la riqueza, pero aplauden la evasión de impuestos como si fuera una jugada maestra de ajedrez financiero. Son los mismos que editan los discursos, pero nunca las injusticias.

Y claro, cuando la gente empieza a hablar, a organizarse, a protestar, llegan los adjetivos, radicales, agitadores, terroristas digitales o bodegas. Porque el poder, cuando se ve amenazado, no debate, etiqueta, criminaliza y censura. ¿Y los medios? Cómplices. Algunos por convicción, otros por conveniencia.

No todo está perdido. Mientras haya quienes escriban, hablen, filmen, se movilicen o pregunten habrá esperanza. Porque la soberanía no empieza ni termina en las urnas, también se ejerce en cada conversación.

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L´Opinión.Click.Hay personas que pasan por nuestra vida sin dejar huella, y otras que llegan para quedarse, incluso si y...
10/04/2025

L´Opinión.

Click.

Hay personas que pasan por nuestra vida sin dejar huella, y otras que llegan para quedarse, incluso si ya no están. Tú eres de esas presencias que no desaparecen, que no se olvidan, que no se reemplazan. Y aunque la vida insiste en seguir, hay días en los que todo me recuerda esos momentos.

No fue perfecto. Se Tuvo errores, silencios mal interpretados y distancias. Pero también hubo verdad. Hubo entrega, ternura, y momentos que no se pueden fingir. Éramos dos aprendiendo a amar, quizás desde la fragilidad, desde la duda, desde el profundo deseo de hacerlo bien.

Hoy, desde la distancia, puedo ver con claridad que no se trata de no querernos, sino de no saber cómo sostener lo que habíamos creado. Como si estuviéramos armando una catedral con manos temblorosas. Como si el amor fuera suficiente cuando, a veces, no lo es. No porque no se sienta, sino porque hay heridas que arrastramos y que aprendemos a cargar demasiado tarde.

Aun así, guardo cariño. Solo me queda el eco de lo que fuimos, la nostalgia suave de los días en que todo parecía tener sentido. Porque cuando tú estabas, el mundo parecía ordenado, incluso en su caos. Tu risa, tus gestos, tu forma de ver la vida, todo eso me enseñó a mirar distinto, a sentir más profundo.

Intento llenar tu espacio con mil distracciones, con conversaciones, con rutinas que finjan la normalidad. Pero al final del día, cuando el ruido se apaga y la noche cae como un manto, tu recuerdo se sienta a mi lado, sereno, sin exigir nada. Y es entonces cuando entiendo que no te pienso con amargura, sino con amor. Un amor tranquilo, que ya no grita, pero que tampoco se ha ido.

No quiero que regreses por culpa, ni que te detengas por nostalgia. Solo quiero que vivas con plenitud, que rías sin miedo, que encuentres tu camino. Porque si alguna vez te amé entonces ese amor debe ser generoso. Debes dejarte volar. No escribiré cosas tristes, ni lanzaré promesas vacías. Solo diré que pensar en ti, en lo que fuimos, sigue siendo una forma de agradecer a la vida por haber coincidido. Y aunque muchas cosas no salían como esperábamos, me quedo con la certeza de que era real.

Y si algún día me recuerdas, aunque sea por un instante, hazlo con cariño. Porque más allá de todo lo que falló, hubo algo que fue verdadero. Y eso... eso no se borra.

Si se respira sin peso, si se camina con alegría… entonces vamos bien.

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L´Opinión.Ja.En estos días en que la historia parece escribirse a la velocidad de los algoritmos y los mercados, la Comu...
10/04/2025

L´Opinión.

Ja.

En estos días en que la historia parece escribirse a la velocidad de los algoritmos y los mercados, la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) vuelve a cobrar un sentido profundo y humano. El nuevo bloque de unidad que emerge desde el sur no es simplemente una jugada geopolítica para competir con potencias consolidadas, es un acto de amor colectivo, una decisión que nace del corazón de los pueblos y sus resistencias, un recordatorio de que los grandes cambios se gestan cuando dejamos de pensar solo en lo propio para comenzar a pensar en lo común.

La apuesta por la integración energética, con un enfoque en las energías renovables, no es solo una respuesta técnica a la crisis climática; es una declaración ética. Significa que los pueblos del sur no están condenados a repetir los errores de los modelos extractivistas, sino que pueden liderar una transición justa y sustentable desde sus propios saberes y territorios. Significa que el sol de alaska puedan juntarse con el viento de la Patagonia y la fuerza de los ríos amazónicos pueden alimentar un sueño colectivo, libre de dependencia.

Las conexiones férreas entre países, soñadas desde hace siglos, hoy se perfilan como arterias del reencuentro. No se trata solo de transporte de mercancías, sino de la posibilidad real de que nuestros pueblos se reconozcan, se visiten, se abracen. Una línea férrea que conecta Quito con Buenos Aires, La Paz con Bogotá o Caracas con Santiago, es también una línea que une memorias, culturas y resistencias.

La unidad económica, por su parte, va más allá de tratados y monedas comunes. Es una oportunidad para que dejemos de lado los proteccionismos ciegos y el fascismo disfrazado de nacionalismo, que solo nos aísla y empobrece. Es tiempo de mirarnos con ternura política, como diría Galeano, de entender que el desarrollo no es una carrera de competencia sino una danza de colaboración. Nuestra fuerza está en la diversidad, en el abrazo a la diferencia, en la certeza de que nadie se salva solo.

Un nuevo bloque de unidad no es solo un paso estratégico, es un gesto profundamente humano. Un continente que sabe que amar también es hacer política, y que el futuro se escribe con acentos del sur.

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