20/04/2026
En los rincones del municipio de Uribia, en el departamento de La Guajira, un territorio que aprendió a resistir en silencio, se tejió la historia de un hombre que no gobernó en tiempos fáciles, sino en medio de la incertidumbre más grande de una generación. Su nombre era Bonifacio Enrique Palmar, exalcalde del municipio durante el periodo 2020–2023, y su liderazgo, aunque cuestionado por muchos, fue una prueba constante de perseverancia.
Corría el año 2020 cuando asumió la responsabilidad de guiar a su gente. Lo que nadie imaginaba era que, apenas comenzando su mandato, el mundo se detendría. Las calles se vaciaron, las puertas se cerraron y el miedo se convirtió en un visitante permanente. La pandemia del COVID-19 no solo puso a prueba los sistemas de salud, sino también el carácter de quienes tenían la responsabilidad de dirigir.
Durante dos largos años, Uribia vivió bajo el peso del encierro. No hubo plazas llenas, ni proyectos visibles, ni celebraciones colectivas. Gobernar, en ese tiempo, no significaba inaugurar obras, sino sostener la esperanza. Bonifacio luchó desde donde podía, con recursos limitados y decisiones difíciles, tratando de mantener a su gente en pie, aun cuando él mismo fue víctima del COVID-19, enfrentando en carne propia la enfermedad que azotaba al mundo.
Como si la pandemia no fuera suficiente, en ese mismo periodo el municipio también enfrentó una gran inundación que afectó de manera significativa a la población. Las aguas no solo golpearon viviendas, sino también la tranquilidad de muchas familias. Aun así, Bonifacio Enrique Palmar atendió ese llamado, llegando a distintos corregimientos y, de manera especial, al casco central de Uribia, acompañando a su gente en medio de la adversidad, gestionando ayudas y buscando respuestas en un momento en el que todo parecía cuesta arriba.
Muchos, desde la distancia o desde la comodidad del juicio fácil, comenzaron a decir que no había hecho nada. Pero lo que no siempre se ve, también cuenta. Porque en medio de ese tiempo detenido, él sembró ideas, estructuró proyectos y creyó en algo más fuerte que la crítica: el futuro.
Cuando finalmente la vida empezó a retomarse, solo quedaban dos años de su mandato. Dos años para intentar recuperar el tiempo perdido, para gestionar, para avanzar, para dejar encaminado lo que algún día florecería. Y así lo hizo. No con grandes espectáculos, sino con trabajo silencioso, con planes que quizás no vería culminar, pero que otros podrían continuar.
Entre sus decisiones más valiosas estuvo apostar por los jóvenes. Vio en ellos la fuerza de un nuevo comienzo, les dio oportunidades, les abrió puertas y confió en sus capacidades cuando muchos aún dudaban. Hoy, esos mismos jóvenes ocupan espacios en la administración, siendo parte activa de las transformaciones que él alguna vez soñó.
Sin embargo, la historia también guarda sus contradicciones. Porque algunos de aquellos en quienes creyó, hoy le han dado la espalda. Y así, su legado camina entre el reconocimiento de unos y el olvido de otros.
Pero más allá de los cargos, Bonifacio Enrique Palmar sigue siendo ese líder social humilde, con el corazón en la mano, cercano a su gente, apoyando siempre a sus comunidades y, especialmente, a su pueblo Wayuu, que lo reconoce no solo por lo que hizo en el gobierno, sino por lo que sigue haciendo fuera de él.
Porque hay algo que el tiempo siempre se encarga de revelar: la verdad detrás de los procesos. Y en esa verdad queda escrito que gobernar en medio de una pandemia no es ausencia de logros, sino una lucha constante por sostener la vida, la dignidad y la esperanza.
Bonifacio Enrique Palmar no fue el alcalde de los años fáciles. Fue el líder de los años difíciles. Y en eso, aunque muchos no lo comprendan todavía, también hay grandeza.