09/06/2026
La paternidad
Erase una vez un padre de tres hijos maravillosos, al que le preguntaron sobre su
secreto. Él, apurado, se fue al baño, pues ese tipo de indagación pone de los nervios a
cualquier individuo que se precie de honestidad. Allí, el espejo, mostrando una maléfica
hipocresía, no abrió la boca. El caballero acudió a la memoria de su conciencia, pero esta parecía una galera en plena y furiosa galerna, lo que no facilitó discernimiento alguno.
Aquella noche, tras comprobar que todo estaba asegurado e incluso recordó tomar las pastillas recetadas por su médico, tomó su lugar en el lecho. Su esposa dormía como un angelito, cosa inusual en la mayoría de las casadas con militancia de años. Le dió un beso en la mejilla, de esos que no despiertan a nadie, y la contempló mientras su corazón parecía esponjarse.
Era tan genial como siempre, con más años sin duda, con más canas también, pero se
había comprometido a darle su juventud y lo siguiente, y en esa actitud perseveraba.
¿Cómo poder hablar de paternidad, sin involucrar a la maternidad en esa aventura que
vivirás toda la vida compartiendo todo lo humano, lo espiritual y lo civil? Recordó sus tiempos de amistad, su enganche en un noviazgo a distancia, con cartas día sí, día también, con el que se pasó años dando que hacer a los carteros, que casi se sabían de corrido, nombres y apellidos de los enamorados. También el aroma de la oficialidad del proyecto, el paso definitivo por la vicaría, y los primeros años que, a base de sumar, se aglomeraban para mayor honra y gloria de Dios, y sombrerazo del par de interfectos.
La paternidad era, entre otras cosas, un objetivo claro y declarado que a nadie debía sorprender. Un amor limpio y transparente, era y es, el mejor maestro e hilo conductor. El paso de los años que, con sus pequeños dramas, acostumbran a causar problemáticas traumáticas, dejaron cicatrices pero ninguna mortal de necesidad. La oración en familia, el testimonio coherente de ambos dos, en el que compartir con los hijos los dichos con los hechos, sin exigir nada que no estuvieran dispuestos a afrontar, una formula decente y diría que adecuada.
Acabada esta parábola, cuento, meditación en voz baja, o propuesta indecente y, por si no entienden gran cosa de lo expresado, intentaré resumir. La paternidad es objetivo fundamental de la unión de hombre y mujer. Desde el punto de vista cristiano, un mandato, al que muchos no hacen caso.
La paternidad es la mayoría de edad de muchos que, a partir de ahí, comienzan a enderezar pensamientos y comportamientos.
La paternidad es un don y no un castigo, para todo aquel que sea capaz de soportar la presión de una sociedad, en la que la comodidad y el capricho figuran como un paradigma del progresismo desilustrado.
La paternidad es un esfuerzo que una vez se inicia, no termina nunca, y se perpetúa con abuelazgo.
La paternidad es aprender a amar, respetar y considerar a su “costilla” en base a una admiración creciente.
La paternidad es un bien que debería ser considerado como social, para garantía de la continuidad de la especie, y la posibilidad de que los antepasados sean recordados.
La paternidad es resultado de una actitud responsable, en la que la maternidad, honra a su compañero de viaje con su favor.
La buena paternidad es aceptar que algo inesperado, se convierta en maravilloso. Una mujer es capaz de, a base de amor y mano izquierda, conseguir que un niño grande se convierta en hombre. Los hijos hacen después el resto. Evidentemente es una opinión procedente de una vivencia personal, de la que podríamos disertar hasta la extenuación. ¡Pero ahí queda eso! Cada uno en su sitio y Dios en el de todos.
Por Emilio Piñeiro - Escritor invitado
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