11/09/2026
Doce años dentro de esa casa y amaneció durmiendo en el andén.
Yo vivo al frente y lo conocí desde cachorro. Era el perrito de la señora, uno color crema que ya tiene el hocico blanco y camina despacito, con las patas de atrás medio flojas.
Empezó a orinarse adentro. Al principio de vez en cuando, después casi todos los días. Le pusieron periódico, lo regañaron, lo dejaron un tiempo en el patio de ropas.
Y una mañana ya estaba afuera, echado contra el portón, sin nada. Ni un costal, ni un plato.
Lloviznó esa noche. Yo lo vi desde mi ventana metido debajo del carro del vecino, temblando, y no aguanté más.
Le puse un cojín viejo en mi puerta y una ponchera con agua. Se demoró dos días en subirse al cojín; se quedaba sentadito al lado, mirándolo, como pidiendo permiso.
Ahora come conmigo, duerme adentro y hasta le compré un tapete de esos de baño para que no se resbale.
Pero todas las tardes, sin falta, cruza la calle.
Se sienta en la mitad del andén de enfrente, mirando ese portón cerrado, con las orejas paradas. Se queda un rato largo. A veces media hora.
Yo lo llamo y él voltea, mueve la colita, y se devuelve conmigo sin hacer escándalo. Come, se acuesta, se duerme.
Y al otro día vuelve a cruzar.
Uno cree que un perrito viejo no entiende, que se le olvidan las cosas. Ese lleva doce años queriendo a alguien y no sabe cómo dejar de hacerlo. 😢
Yo ya no lo llamo tan rápido. Lo dejo que se siente el tiempo que necesite y me quedo en la puerta, esperándolo.