16/12/2025
SON DEL BALCÓN: LA MUSICA QUE RESISTE.
Hay pueblos que
nacen con nombres destinados
a la poesía. Manaure Balcón Turístico del Cesar,
es uno de ellos. Un lugar suspendido entre el sol y la tierra, donde
el viento parece caminar con instrumentos invisibles. Allí empezó
la historia de un trío que, sin proponérselo, terminó cantándole a su
tierra y a los caminos vecinos: Son
del Balcón.
Hace veintiún años, cuando el
mundo todavía tenía tiempo para
detenerse a escuchar un acorde,
Reneiro Jácome decidió fundar un
grupo que llevara en su nombre no
un capricho, sino un homenaje. Un
balcón no es un sitio: es una mirada. Y Son del Balcón nació precisamente para eso, para mirar la música desde lo alto y devolvérsela a su
gente como quien regala una brisa
fresca en medio del calor interminable del Cesar.
Desde entonces, el trío ha sido
una casa abierta, con músicos que
entran como quien llega por un
tinto y se van cuando el destino
les hace un gesto. Por allí pasaron
Saturnino Calderón, Saúl Rodríguez, Melquiades Berrio, Antonio
Becerra, Wilfran Martínez, Rafael
Calderón, Sergio Benítez, y ahora
Darwin Arroyo comparte la ruta.
Cada uno dejó su sombra en la
pared, su risa en las parrandas, su
pulso en una cuerda que aún parece
vibrar sola.
Pero hubo una época que quedó
en un mundo apresurado, donde las modas duran lo que tarda un
suspiro en enfriarse, SON DEL BALCON sigue tocando como si lo hiciera para una sola persona sentada
en una silla de mimbre. Y eso es lo
que los vuelve eternos: la fidelidad
a lo simple, a lo honesto, a lo que
no necesita explicarse.
Quizá algún día, cuando los
años pesen más que las guitarras,
en Manaure soplará una brisa que
traiga de vuelta sus voces. Y la gente dirá que es el trío afinando desde el balcón del tiempo, para que a
este Cesar no se le olvide que hay
músicas que no se escuchan para
entretenerse, sino para vivir tatuada en la memoria de las veredas, los pueblos y las carreteras del
Cesar: la que unió a Reneiro Jácome, Melquiades Berrio y Saúl Rodríguez
durante más de catorce años. Ese
trío recorrió el departamento como
si el tiempo no existiera: donde una
ranchera apagaba las p***s, boleros
que curaban heridas antiguas, baladas para los desencuentros y algún
son cubano para espantar la tristeza. El repertorio de Son del Balcón
no es una lista: es un mapa afectivo
del Caribe. Cada canción es un modo
de recordar que las personas, igual
que los pueblos, están hechas de
mezclas. Pero el corazón del grupo,
su zona sagrada, siempre ha sido el
vallenato clásico, ese que se canta
despacio, con verdad, y que todavía
es capaz de detener un buen silencio.
Y entre todas esas canciones que
cargan en el estuche, hay canciones
que parecen hechas a la medida de
su historia. Cuando interpretan “Morenita Manaurera”, de Juan Manuel
Muegues, el pueblo entero siente
que la melodía vuelve a casa, como
una hija que regresa al balcón donde
aprendió a respirar. Con temas como
“Almas Felices”, de Alfonso Cotes
Maya, el trío logra ese prodigio extraño de reunir en una misma cuerda
a los que ríen y a los que recuerdan,
como si cada verso fuera un abrazo
que atraviesa patios, calles polvorientas y amaneceres del Cesar. Y
cuando se atreven con “Nostalgia
de Poncho”, la música adquiere ese
peso dulce y doloroso de las cosas
que uno no quiere soltar: es entonces
cuando Son del Balcón no solo toca,
sino que abre el corazón del público
como quien descorre una cortina vieja para que entre la luz.
El trío ha recorrido buena parte
del Cesar y sus alrededores, como si
llevaran en la espalda el mismo balcón de Manaure desde el cual nacieron. Van por ahí, colgando su sonido en las plazas, en las esquinas, en
las terrazas, en los patios donde el
tiempo pasa más lento y la gente aún sabe repetir nombres con gratitud. En un mundo apresurado, donde las modas duran lo que tarda un
suspiro en enfriarse, Son del Balcón sigue tocando como si lo hiciera para una sola persona sentada
en una silla de mimbre. Y eso es lo
que los vuelve eternos: la fidelidad
a lo simple, a lo honesto, a lo que
no necesita explicarse.
Quizá algún día, cuando los años pesen más que las guitarras, en Manaure soplará una brisa que traiga de vuelta sus voces. Y la gente dirá que es el trío afinando desde el balcón del tiempo, para que a este Cesar no se le olvide que hay músicas que no se escuchan para
entretenerse, sino para vivir.
By: Bayron Araujo Campo