08/10/2023
La incomodidad es el regalo más hermoso que tenemos y aún así tendemos a evadirla. Nos disgusta habitarla. Es algo a lo que le huímos todo el tiempo. La forma en que vivimos es un reflejo de nuestra búsqueda. El camino corto, el menor esfuerzo. ¿Y por qué la vida siempre nos pone ante ella? Parece regla universal, la tendencia al caos, a lo incómodo. ¿Es nuestra naturaleza elegir el camino aparentemente fácil? ¿Por qué nos cuesta tanto atravesar el dolor, enfrentarnos al aburrimiento, poner límites, decir que no, decir te quiero, decir lo siento, responder un saludo, sonreír? ¿Cuándo la sonrisa se vuelve incómoda? Cuando es más fácil al desconocido, mirarle rayado a sonreírle. Culpamos al mundo de nuestra desgracia, de nuestra miseria. Escribo esto mientras me siento incómoda, en la chiva a mi casa. Y agradezco, que aunque lo que escribo no es del todo perfecto en su redacción me permite dar paso a la reflexión.
La incomodidad es un regalo, habitarla es un lujo. Es un espacio sagrado al cual accedes cuando aceptas. La aceptación es la llave. Sin embargo, no es sino la entrada. Posiblemente no puedas permanecer dentro por mucho tiempo. Posiblemente te permitas y al segundo salgas corriendo. Lo hermoso es que la incomodidad parece tener consciencia y te persigue. Puedes alejarte de ella, pero eso la hará más amplia. Permanecer en ella requiere algo más. Y es la experiencia, entre más la habitas, más tiempo le dedicas, más pequeña se hace. Llega un día en que sí recuerdas, lo que era incómodo ya no lo es. Se desvanece.