12/08/2026
Colombia, en plena emergencia, está rechazando precisamente eso: personal internacional de rescate.
China, México y El Salvador ofrecieron rescatistas. Bukele, aliado ideológico del nuevo presidente, lo dijo sin rodeos: Colombia solo quiere insumos, no gente. Sheinbaum tiene un contingente listo y espera una solicitud formal que no llega. El embajador chino pide un interlocutor y se encuentra con el silencio o la dilación. Mientras tanto, en Cali, Pereira y otras ciudades, equipos locales escarban entre escombros y el reloj de las 72 horas críticas sigue corriendo.
¿Qué mensaje se envía a las familias que todavía esperan noticias de un hijo, un padre o un vecino atrapado? Que el gobierno prefiere que las capacidades nacionales —por muy meritorias que sean— se desborden antes de aceptar ayuda especializada. Que la soberanía se mide en rechazar manos extranjeras aunque esas manos puedan sacar a alguien vivo. Que el recién estrenado gobierno, sin empalme completo y con nombramientos pendientes en la propia UNGRD, decide que “ya estamos desplegados” mientras los números de desaparecidos y mu***os siguen subiendo.
Esto no es fortaleza. Es una mezcla peligrosa de orgullo, desconfianza y desorden institucional. En desastres de esta magnitud, la regla histórica y humanitaria es clara: se acepta toda ayuda técnica disponible en las primeras horas. Los equipos USAR internacionales, los binomios caninos, los especialistas en estructuras colapsadas no llegan a “invadir”; llegan a complementar. Rechazarlos cuando aún hay gente bajo los escombros no es autonomía: es una apuesta con vidas ajenas.