14/01/2026
La Navidad ya pasó. Quedaron las luces guardadas, el arbolito desarmado y ese silencio raro que queda cuando se acaba diciembre. En la sala todavía flota el recuerdo de las risas, las comidas largas y las conversaciones eternas. Entre ellas, una que se me quedó sonando más que los villancicos.
Mi familiar (antipetrista convencida) lo dijo varias veces en esos días:
'Esto está jodido. Vivimos en una dictadura'
Lo decía mirando atrás, hablando del país, pero también del año que se iba. Curioso, porque esa Navidad se vivió bien. Hubo mesa llena, regalos, brindis, tranquilidad. Nadie escondido, nadie perseguido, nadie susurrando por miedo. Una dictadura bastante extraña, pensé, que permite celebrar sin sobresaltos.
Ahora, ya en enero, la escena es otra. La misma familiar está en modo planeación de año nuevo. Libreta en mano, cuentas claras, sueños por organizar. Habla de viajes, de metas, de mejoras para la casa. Se pregunta cómo hacer rendir mejor el dinero, qué proyectos arrancar y cuáles dejar ir. Vida normal. Futuro en construcción.
Su esposo, por su parte, sigue con su empresa privada. Planea inversiones, revisa números, piensa en crecer. Nadie lo ha llamado a decirle que el Estado se quedará con su negocio. Nadie le ha puesto un comisario en la oficina. Nadie le ha prohibido trabajar. Otra rareza de esta supuesta dictadura.
Y mientras todo eso pasa, la palabra sigue ahí, flotando como un eco aprendido: DICTADURA. Se dice con fuerza, pero sin consecuencias. Se repite en la mesa, en el chat familiar, en redes sociales, en cadenas de WhatsApp. Se lanza al aire con total libertad.
Ahí es donde uno entiende que el problema no es la realidad, sino el relato.
Porque las dictaduras reales no permiten despedir el año en paz ni planear el siguiente con esperanza. No dejan criticar al gobierno en voz alta, ni protestar, ni burlarse del presidente, ni tener medios privados atacándolo a diario. No hay empresas privadas funcionando con normalidad ni ciudadanos opinando sin miedo.
Pero en Colombia sí pasa todo eso. Y pasa incluso entre quienes dicen que no pasa.
La derecha lo sabe y juega a eso: a instalar miedo en medio de la normalidad, a repetir palabras grandes para ocultar verdades simples. Si no gobiernan ellos, entonces es caos. Si no mandan los de siempre, entonces es dictadura.
Y así, mientras el país sigue andando (con problemas, sí, pero andando), muchos viven convencidos de que todo está perdido, aunque sigan celebrando la Navidad, planeando el año nuevo y ejerciendo libertades que en una dictadura ni siquiera existirían.
Tal vez el problema no es que vivamos en una dictadura.
Tal vez el problema es que nos enseñaron a llamar dictadura a todo lo que no entendemos o no nos gusta.