15/08/2026
¡NO HAY SOBERBIA GOBERNANTE BASTANTE ALTA PARA ESTAR POR ENCIMA DE LA VIDA HUMANA!
Mi alma observo con dolor indescriptible: En él estaba escrita la tragedia de la familia Saavedra Caicedo, ocurrida en el barrio Cuarto de Legua. Una historia que no era solamente un recuento de escombros y muerte, sino un salmo de la fragilidad humana. Porque hay dolores que, cuando caen sobre el techo de una casa, dejan de pertenecer a una sola estirpe para instalarse, silenciosos y solemnes, en el corazón de la humanidad entera.
La tierra —esa madre arcillosa que suele sostener nuestros pasos con la paciencia con que una mujer arrulla a su hijo— soltó de pronto sus brazos. En un solo temblor de sus entrañas profundas, la casa de Jairo Hernán Saavedra, de Blanca Victoria Caicedo y de sus tres hijas trillizas de veintitrés años, se vino abajo aplastada por el peso ciego y mineral del concreto.
Luego vino el silencio. Un silencio denso, hecho de polvo suspendido en el aire y de nombres amados que llamaban desde la penumbra sin que nadie pudiera ya responder. Allí se apagaron las vidas de Jairo y de Blanca, y con ellos la juventud florida de Sofía e Isabella. Cuatro almas tomadas de golpe por la fuerza violenta de un planeta que, por un segundo terrible, pareció olvidar su propia mansedumbre.
Pero entre la ferocidad de la piedra y el derrumbe, ocurrió una pequeña misericordia.
Un marco de madera rústica resistió la embestida del abismo. Y bajo esa defensa humilde, como si la vida misma hubiera excavado una rendija para no dejarse apagar por la sombra, permaneció latiendo Ana María, la única sobreviviente de la estirpe.
Qué misterio indescifrable el del destino: a veces una casa entera de hormigón se desmorona y un simple pedazo de madera permanece firme; a veces la muerte parece ganarlo todo y, sin embargo, una respiración humilde continúa desafiando a las ruinas.
Quizá por eso este dolor nos habla desde un plano mucho más profundo que el de las noticias cotidianas. Nos recuerda con voz de trueno que somos frágiles; que nuestras paredes, nuestros techos y nuestras vanas seguridades de cemento pueden quebrarse en el pestañeo de un instante. Que ningún ser humano está tan lejano de la desgracia como para saberse a salvo de ella.
Y nos enseña, además, la ley suprema del espíritu: cuando la tierra nos quita el suelo, lo único que nos queda es sostenernos los unos a los otros. Porque hay derrumbes que ninguna grúa ni máquina puede levantar. Hay heridas invisibles que jamás logrará cerrar el cemento. Y hay huérfanos del alma que solo pueden ser cobijados por la calidez de otros corazones.
La tragedia no debe empequeñecer nuestro espíritu; debe elevarnos hasta la fraternidad. Que el lamento de la familia Saavedra Caicedo no cruce por nuestras vidas como un titular efímero, dejando apenas un temblor pasajero en la memoria. Que nos enseñe a contemplar al que sufre, a extender la mano firme antes de que el abatido la pida, y a comprender que la existencia de un ser humano jamás se agota en sí misma.
Hoy Ana María camina entre nosotros, llevando en la mirada el eco de los que partieron. Que nadie la deje sola con semejante peso. Que alrededor de su duelo se levante una arquitectura distinta: no de ladrillos ni de estructuras frías, sino un templo tejido de manos extendidas, de ternura incondicional, de compañía constante y de esperanza intacta.
Porque cuando la tierra quiebra nuestros cimientos terrenales, la única forma de volver a levantarnos es recordar la lección divina: la vida de uno nos pertenece a todos, y ningún dolor sobre la tierra fue hecho para ser llevado en soledad.
Las dos leyes del orden divino
Al margen de la historia, como una verdad escrita antes que el hombre aprendiera a nombrar las cosas, el manuscrito revelaba la perfecta y terrible armonía de la Creación.
Había en ella dos leyes, distintas y, sin embargo, unidas por una misma mano.
La primera era la Ley de la Naturaleza.
La tierra no conoce el rencor.
El mar no guarda memoria de nuestras culpas.
La montaña no se levanta para castigarnos.
Todo cuanto vive y se mueve bajo el cielo obedece a una ley antigua, exacta, impersonal. Las entrañas de la tierra se estremecen por las fuerzas que las habitan; las placas tectónicas se buscan, se empujan y se apartan con la lentitud de los siglos. La piedra cae porque la gravedad la llama. El río desciende porque la tierra le abre camino. La semilla rompe su silencio porque en ella duerme, obediente, el mandato de la vida.
No hay ira en ello.
No hay castigo.
Hay ley.
Y acaso una de las mayores tristezas del hombre sea querer poner rostro humano a las fuerzas que no tienen rostro, llamando venganza a lo que es movimiento, y castigo a lo que es consecuencia de una Creación que sigue su curso.
La segunda era la Ley de la Libertad.
Y ésta era todavía más temible y más hermosa.
Porque el Creador, al hacer al hombre, no puso una cuerda invisible en su mano. No lo dejó caminando como criatura de barro que sólo sabe obedecer. Le entregó la facultad más peligrosa y más divina: la de elegir.
Y Dios quiso tanto esa libertad que aceptó el riesgo de nuestra caída.
Prefirió el corazón humano, capaz de equivocarse, antes que un mundo perfecto poblado de criaturas sin alma. Prefirió nuestras manos temblorosas a las manos de las marionetas. Prefirió que pudiéramos decirle que no, antes que escuchar para siempre un sí nacido de la obediencia ciega.
Por eso el amor de Dios no siempre nos libra del dolor.
A veces nos deja atravesarlo.
No porque nos haya abandonado, sino porque no quiso arrebatarnos aquello que nos hace verdaderamente humanos: la libertad.
Y así, bajo el mismo cielo, viven estas dos leyes: la naturaleza que cumple su curso sin odio y el hombre que camina con la posibilidad de escoger.
La tierra puede estremecerse.
El cuerpo puede quebrarse.
La vida puede herirnos con su antigua ley.
Pero dentro del hombre queda todavía una pequeña lámpara que ninguna tormenta puede encender ni apagar por él: su libertad.
Tal vez allí, en ese misterio, resida la terrible y perfecta armonía de la Creación.
Dios hizo un mundo que obedece sus leyes.
Y dentro de él hizo una criatura a la que concedió el milagro —y el peligro— de ser libre.
Y entonces, si un profeta se levantara hoy entre las ruinas, no hablaría con la voz de los partidos ni con el lenguaje de los palacios. Hablaría con la voz antigua de la tierra, esa voz que no se inclina ante coronas ni teme a los poderosos.
Y diría:
¡Ay de ti, gobernante que pusiste tu soberbia por encima del auxilio!
¡Ay de ti si, mientras las madres clamaban debajo de la piedra y los padres buscaban con las manos desnudas el rostro de sus hijos, mediste la ayuda por el color de una bandera!
¿Acaso el dolor pregunta de qué nación viene la mano que lo rescata?
¿Acaso el niño sepultado pregunta si quien viene por él piensa como la derecha, como la izquierda, como el norte o como el sur?
¡No!
Cuando un pueblo agoniza, toda mano que llega es una mano de Dios.
Y si México ofreció sus rescatistas, y si China ofreció su ayuda, y si esa ayuda pudo haber servido para arrancar con mayor prontitud a un ser humano de la oscuridad, entonces ninguna soberbia política tenía derecho a interponerse entre los vivos y la esperanza.
Porque el gobernante no recibe el sufrimiento del pueblo como propiedad suya.
Lo administra. Lo custodia. Le debe cuentas.
Y si por razones políticas, por orgullo o por enemistades ideológicas se rechazó una ayuda que podía salvar vidas, que esa decisión pese sobre la conciencia de quien la tomó.
No serán los discursos los que juzguen.
Serán las casas vacías.
Serán las sillas donde nadie volverá a sentarse.
Serán las madres que esperaron una voz bajo los escombros y recibieron solamente silencio.
Y entonces el profeta alzaría el dedo hacia el palacio y pronunciaría la sentencia:
¡No hay soberbia bastante alta para estar por encima de la vida humana!
¡No hay ideología bastante sagrada para justificar que un pueblo muera solo cuando otras manos podían ayudarlo!
Y si alguna vez la historia pregunta quién estuvo a la altura de la tragedia y quién no, que nadie pretenda esconderse detrás de las banderas.
Porque ante la muerte, el poder pasa; pero la responsabilidad permanece.
Y ésta será la palabra final:
Quien pudo abrir la puerta al auxilio y la cerró por orgullo, tendrá que responder algún día no ante sus partidarios, ni ante sus enemigos, sino ante la memoria de los que esperaban ser rescatados.
Mauricio Humberto Roa Bernal (Guatecano de Pura Cepa)
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