10/12/2025
Por: Wilton Salomón
A menudo, las luces del Festival de Farolitos nos deslumbran tanto que nos impiden ver lo que sostiene el espectáculo.
Es natural que la mirada se dirija hacia lo evidente; la gestión de la fundación Blanca Aurora Peñuela, los artistas que firman los diseños, los medios de comunicación que transmiten el evento, la administración municipal —eje necesario de control y seguridad— o el valioso voluntariado del maestro de ceremonias que anima la noche.
Vemos la bendición eclesiástica, escuchamos a los delegados y aplaudimos a los homenajeados.
Todos ellos son necesarios, sí, pero son solo la punta del iceberg; son quienes se visualizan el día de la fiesta.
Sin embargo, para que esa noche brille, existe una maquinaria humana inmensa, silenciosa y vital que merece salir del anonimato.
Hoy quiero invitar a la reflexión sobre esos verdaderos protagonistas los que no figuran en las placas ni en los discursos.
Todo comienza mucho antes, en la soledad de la planificación. Primero están las horas invisibles gastadas proyectando: el qué, el cómo, el cuándo y el para qué. Ese esbozo mental no surge del azar; alguien lo plasma en papel, lo estudia en una mesa técnica y traza la ruta cuando aún nadie aplaude.
Luego entra en escena el corazón educativo. Maestros de colegios y escuelas que sacrifican tiempo de su currículum para motivar y liderar, aportando incluso recursos propios para que sus estudiantes se sumen a la tradición.
Quizás los héroes más genuinos están dentro de las casas. Padres de familia —especialmente aquellos con niños pequeños— que invierten tiempo y dinero en botellas, escarcha, silicona y pinturas. Son ellos quienes caminan reciclando materiales con el único objetivo de construir un farol, para construir una ilusión junto a sus hijos.
Y están los niños. Ellos son el alma vibrante de los faroles. Sus diseños, aunque no tengan técnicas artísticas profesionales, desbordan originalidad y constituyen el grueso de lo que vemos en las calles. Irónicamente, son ellos quienes deberían estar en la tarima recibiendo la ovación, pues sin sus manos pequeñas, la noche sería oscura.
El festival también se sostiene gracias a una solidaridad discreta. Comerciantes que guardan cartón y botellas con la convicción de aportar un grano de arena; donantes que, del capital de su propio trabajo, regalan las velas sin esperar menciones; la persona que año tras año dona la arena, material esencial; o aquellos que entregan bonos para la premiación desde el absoluto anonimato.
No podemos olvidar a la comunidad campesina, que deja sus hogares y labores para acompañar la velada, ni a los niños que, nuevamente, cargan, arman y transportan los faroles hasta el punto exacto que dicta el artista. Y al final, cuando la música cesa, están las manos que recogen los residuos y limpian las calles por pura voluntad.
La realidad es que tenemos cientos de protagonistas en la sombra. Si faltara un solo eslabón de esta cadena humana, el festival simplemente no sería posible. Es momento de replantearnos hacia dónde dirigimos nuestra gratitud.
A veces, los créditos los buscamos quienes estamos ahí cuando todo ya está hecho, olvidando que la verdadera magia la pusieron otros.
Mil gracias a las instituciones políticas, eclesiásticas y comerciales QUE HACEN VIABLE el evento, pero un agradecimiento eterno A QUIENES LO HACEN POSIBLE sin esperar nada a cambio.