03/01/2026
Hoy Filadelfia pierde a uno de sus grandes guardianes,
y yo pierdo a mi mejor amigo.
Fue un hombre serio, amable y genuino.
Un naturalista de vocación profunda, entregado a la conservación de la fauna, la flora y las especies endémicas de esta tierra.
Nadie conocía Filadelfia y sus alrededores como él: su historia, sus caminos, su vida silvestre y sus silencios.
Su conocimiento —técnico y riguroso— siempre estuvo acompañado de humildad, energía y voluntad.
Escucharlo era aprender; caminar con él era entender que la naturaleza no se posee, se cuida y se comparte.
Fue también artesano, trabajando las maderas propias de su tierra con respeto y paciencia, como quien honra lo que ama.
Representaba unión, amor por la naturaleza y la convicción de que la verdadera riqueza no está en tener, sino en compartir y encontrar valor en lo simple.
Pero, sobre todo, fue un amigo inmenso.
Un hombre de pocos, no de multitudes, que me abrió la puerta de su mundo y me enseñó el valor de la amistad desinteresada y genuina, la fuerza serena y el amor profundo por vivir.
Su amistad me hizo sentir afortunado y transformó mi manera de mirar y habitar esta tierra.
De algún modo, esta página también nace por él.
Por su amor, por su forma de entender la vida y la naturaleza, y por todo lo que sembró en mí.
Por eso no puedo dejar de decirlo: lo que aquí se comparte lleva su influencia.
Aún no concibo su partida.
Su ida fue abrupta y me deja el corazón partido.
Por eso no puedo decir adiós.
Elijo mantenerlo vivo en cada persona que lo conoció, en cada camino recorrido, en cada árbol, en cada ave y en cada historia que siga contándose de Filadelfia.
Hoy aprovecho este espacio para decirlo con claridad:
Gracias por tanto, hermano.
Tu legado vive aquí Mando.
J.A.C.S.